lunes 04 marzo 2024

Natalia

por Mayra Murillo

Vivo en la Ciudad de México desde hace muchos años. Soy feliz allá, pero a pesar de ello, dos veces al año me entra una nostalgia tenaz por volver a mi tierra. El ruido intenso de las calles me aturde hasta quitarme el sueño. En las mañanas extraño el sol que baña al clima seco del lugar donde nací. Entonces tomo un par de maletas y me voy antes de que la añoranza me parta en dos el corazón. Me gusta llegar de madrugada haciendo ruido con la bocina para despertar a mis hermanas, desayunar el pan que siguen trayendo todas las mañanas desde la panadería de Don Juan. Me gusta visitar a los pocos amigos que se han quedado todavía por aquí. Luego me voy a Jerez, el pueblo de mi bisabuela Soledad, lugar mágico de su tan amado Zacatecas, la tierra que nos vio nacer a todos, y la tierra que espero me vea morir a mí. Despertar en la hacienda es el más dulce de los despertares. El olor del campo, el cantar de los pájaros, el desayuno de la tía Natalia alimenta el alma hasta del más malvado. Aquí no pasa el tiempo. Natalia se quedó detenida en la infancia de sus hijos, cuatro varones y una niña a los que espera cada día de su vida. Soy una más de sus hijas. La más rebelde. La que se escapó harta del “pueblo chico y el infierno grande”. Estoy convencida de que tiene tratos con el más allá, o de que me presiente. No importa la hora o la época del año, siempre tiene un plato preparado para mí.

A mi tía Natalia le da por platicar aun cuando ande sola por la casa, siempre que alguien le pregunta que con quién habla, cambia la conversación. Yo misma siento a veces que alguien anda a mi lado, oigo cerrarse puertas o sonar el piano. Pienso que es porque tengo tatuados los sonidos de mi infancia y no puedo sacar de mis sueños las cosas lindas que viví al cobijo de esta casa, antes siempre llena de familia.

A veinte kilómetros de Jerez está la Sierra de Cardos. No hay paisaje tan sencillo y tan hermoso como ese. Los huizaches que crecen en la ladera te cobijan con su sombra. Las rocas de formas caprichosas te llevan a otro mundo. Los encinos y árboles frutales en las veredas te hacen sentir vivo.

Aprendí a montar desde pequeña, una de las pocas cosas que me enseñó mi padre antes de irse una mañana de domingo. Su única herencia fue un alazán joven que murió el mismo día que me escapé. Ahora monto al Talibán. Se llama así porque es un terrorista. Lo trajo uno de mis primos de San Luis, se lo dio un hacendado que ya no sabía qué hacer con él. El Talibán es un espíritu libre, como yo. Es un caballo salvaje, que no está contento con el encierro.

Esta mañana me fui a la sierra en el Talibán. Apenas rayó el sol ya estábamos cabalgando. Al principio respingó, pero al rato se acostumbró. Llegamos a la ladera cuando el sol ya estaba en alto. Sentada sobre una roca recordé que aquí venía con mi prima. Esperancita era una niña de piel blanca y ojos claros que contrastaban con el cabello largo azabache, siempre trenzado en la nuca. Me acordé de que corríamos hasta cansarnos. Recordé como recogíamos chabacanos, membrillos y granadas. Nos trepábamos a los árboles, y soñábamos con el día de boda que ninguna de las dos tuvo.

Regresé a la hacienda poco antes del anochecer. Mi tía estaba en la cocina preparando el pastel de los trescientos que tanto me gusta. Es un panqué con un toque de limón que sale esponjado del horno de mi tía como de ningún otro. Antes de sentarme le aviso que voy a subir para quitarme las botas y la beso en la frente: huele a hogar.

Subí las escaleras a oscuras acompañada por la sombra que a veces siento tras de mí. Entré en la habitación iluminada por un delgado rayo de luna. En esta hacienda nunca hubo luz eléctrica, pues está muy lejos de la red, por eso prendemos velas por la noche y nos calentamos con el horno de la cocina o la chimenea. La luna riela sobre el pequeño estanque donde el ganado bebe y una dulce calma me envuelve. Empecé a desabrocharme las botas, que sigo usando con largas agujetas. Mi tía dice que éstas son de militar, que debería comprarme unas más lindas, de esas que tienen cierre y son más fáciles de quitar. Pero a mí me gustan estas, porque me recuerdan a mi abuelo. Iba a la mitad de la primera bota cuando se apagó la luz de la vela, tal como de un soplido. Suspiré frustrada buscando a tientas la caja de cerillos. De pronto la vela se encendió y mi prima Esperancita emergió de la luz, con la trenza muy bien hecha y el vestido verde esmeralda que le regalé.

– ¿Por qué usas ese vestido tan viejo?- le pregunté sonriendo.

– Porque me lo diste tú- me contestó, también sonriendo.

– En cuanto me quite estas botas te doy un abrazo- respondí yo, desesperada de tanto pelear con las agujetas.

– Ay, mi prima siempre tan atrabancada- me dijo, con ese acento que en ella parece tan gracioso.

Quiero tanto a Esperancita desde niña, con ese candor en la cara, y los dedos largos que lucen tanto cuando toca el piano.

– Con calma y amanece- me replicó con esa voz como de susurro triste.

Le pregunté cómo estaba, le  conté que en el campo me acordé de ella, de nuestros juegos infantiles, de mis primos, de la ilusión que teníamos por casarnos. Entonces, un piquete en el corazón

Imagen: Andrew Whitehead. Pixabay

detuvo mi respiración. La miré y sonrió.

-Tuve una buena vida- me dijo con la mirada triste.

Entonces un escalofrío me paralizó. La vela se apagó y un profundo silencio me ahogó el grito. Cuando pude respirar, no conseguí dilucidar si había sido un sueño, o si de verdad estuvo allí

Esperancita. Me puse a llorar en silencio, de la misma forma que lloré juntó a su tumba el día que la enterramos con el vestido de novia que nunca usó.

La herida se abrió al recordar la tarde en que el cacique del pueblo le arrebató la vida de un balazo. Mi prima rechazó su propuesta de matrimonio y se comprometió con el hombre del que estaba enamorada desde niña. El cacique pagó con su vida la de Esperancita, a manos de mi primo Toño. Ese hecho lo mantiene lejos de la hacienda y de su madre. De golpe vinieron a mi mente todos los recuerdos ya enterrados a lo largo de los años. La cabeza me dio vueltas en medio de la habitación oscura, el silencio y el llanto se interrumpieron por el llamado de mi tía preocupada porque la cena se estaba enfriando.

Ya voy, le respondí, mientras bajaba en medio de una profunda oscuridad. Al pie de la escalera escuché la voz bajita de mi adorada tía Natalia platicando con su hija. Así conocí el secreto. Me estremecí y me consolé al mismo tiempo que respondí a la sonrisa cómplice de mi tía, iluminada por la tenue luz de un cirio relumbrando en la cocina.

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