lunes 27 mayo 2024

Recomendamos: Bette Davis, de triunfar en Hollywood a una vida signada por el maltrato y la tragedia

por etcétera

No contaba con los arbitrarios estándares estéticos que se pretendían para una celebridad de su época y se dudaba de sus recursos actorales. Sin embargo, a poco de iniciar su carrera, Bette Davis descolló y ascendió con celeridad los escalones del escalafón estelar. Tenía todo para perder, pero triunfó.

Hoy cumpliría 113 años la estrella de Hollywood y la mujer que sufrió todos los embates de ese amor de ribetes patológicos. Estallada en sus afectos, la actriz que se llevaba todo por delante en el set y cuyos personajes solían tener ribetes despóticos, en su vida personal padecía la sumisión, el abandono y el maltrato físico de varias de sus numerosas parejas. La malquerida más famosa cuyas desgracias personales solían generar la mofa de sus enemigas acérrimas. Más de una vez Joan Crawford le espetó que había nacido para vivir sola. Sin embargo, Davis se enamoró y forjó su vida personal a los tumbos, como pudo.

“Ven a dormir conmigo: no haremos el amor, él nos lo hará” (Julio Cortázar)

Anhelos

Ruth Elizabeth Davis nació en Massachusetts, el 5 de abril de 1908. En su infancia, su familia y amigos la llamaban Betty, apodo que ella detestaba. Solo tuvo una hermana, con quien compartió los momentos más oscuros de su infancia: la internación en un hospicio cuando sus padres se separaron. El recuerdo de aquellos tiempos atormentaba a la pequeña Betty, quien, en su desconsuelo, no solo no podía entender que sus progenitores no estuviesen juntos, sino que hubieran tenido la osadía de dejarlas en ese lugar de pasillos interminables, paredes grisáceas y un frío que calaba los huesos. Recién cuando Betty cumplió 12 años, su madre pudo rehacer su vida, trasladándose a Nueva York para trabajar como fotógrafa retratista y llevándose a sus hijas para vivir con ella. La nueva vida de la mujer no pudo apartarla del alcoholismo ante la mirada resignada de las adolescentes.

Los domingos, las hijas con su progenitora solían pasear por el centro neoyorquino. La escueta economía familiar hacía que la salida se convirtiese en un acontecimiento austero. A pesar de los cinturones ajustados, Betty se las ingeniaba para poder ver cine con sus amigas. Aquel era el pasatiempo preferido de su adolescencia. Ni bien se instaló en Nueva York, fue espectadora de Los cuatro jinetes del Apocalipsis y de Little Lord Fauntleroy, protagonizadas por Rodolfo Valentino y Mary Pickford. Aquellas experiencias iniciáticas le hicieron estallar la cabeza y despertar su vocación artística. Nunca hubo marcha atrás. Betty quería ser actriz, triunfar en esa ciudad que ahora la cobijaba y convertirse en la versión femenina del apuesto Valentino o en una estrella como la Pickford.

Más información: La Nación

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