miércoles 28 febrero 2024

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por etcétera

ANTES DE LAS Kardashians, de Beyoncé, de Cardi B o de la propia Jennifer Lopez, en el Caribe tuvimos a Iris Chacón. Conocida como la Vedette de América, esta artista de Puerto Rico vivía para ver cómo caían a su paso las quijadas al suelo de hombres, mujeres, gatos, perros, da igual, con sus espectáculos en los que siempre hubo escasez de tela y abundancia de carnes. La Chacón se convirtió en el epítome de la figura femenina caribeña: voluptuosa, sensual y sexual, con un caderamen capaz de tumbar edificios. De niña yo la veía en la televisión y la imitaba batiendo el nalgaje infantil a toda velocidad, del mismo modo en que años después lo haría cuando en mi boda bailé bomba con mis amigas boricuas, de Colombia y de Brasil.

Todos recuerdan en la isla un comercial de una marca de coolant (el refrigerante de automóviles) que hizo Iris Chacón en los ochenta, en el que blandiendo sus nalgas a la cámara nos recordaba a todos que ella tenía “tremendo coolant” y que “de coolant yo sí sé”. En unas fiestas recientes en San Juan, la capital de Puerto Rico, Iris, hoy una mujer de 69 años, se presentó en la tarima principal con sus medias de malla y ajuar de lentejuelas y demostró que sigue siendo una diva.

Figuras como ella son tan admirables como problemáticas. Su proyección ha abonado al estereotipo de la mujer caribeña y —visto desde el crisol estadounidense— latina como un ser hipersexual y cuya única lectura posible pertenece al universo de la animalidad. Es decir, se integran a la cultura únicamente como cuerpos, jamás como individuos complejos, reducidas a los confines de la carne. A su vez, mientras algunos les asignan la lectura de la mujer que se explota a sí misma a través del cuerpo, hay quienes las celebran como todo lo contrario. La mujer se apropia de su cuerpo y hace con él lo que le da la gana. En tiempos en que está tan de moda eso de andarnos “empoderando”, mujeres como la Chacón y la larga lista de figuras del espectáculo que han trabajado una estética similar —desde Tongolele hasta Sofía Vergara— plantean una serie de preguntas incómodas tanto para quienes las critican como para quienes las celebran.

¿Puede llamarse empoderamiento al uso de una estética que ha servido para la explotación de las mujeres? ¿Bailar, cantar y exponer la sensualidad libremente y por decisión no puede ser entonces un acto empoderado y rompedor? ¿A cuenta de qué existen jueces para definir lo que le otorga poder a una mujer o no?

Más información: http://bit.ly/3bPHOU7

 

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