domingo 19 mayo 2024

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por etcétera

Era inevitable que Game of Thrones nos diera un capítulo como el que vimos el domingo pasado: la calma antes de la tormenta; una serie de reuniones y reencuentros que más bien tienen sabor a despedida. Muchos de estos momentos, entre personajes que quizás no vuelvan a compartir techo, fueron conmovedores y catárticos: la confrontación entre Jaime Lannister y la gente a la que le hizo daño; la escena en la que Lady Brienne es convertida en caballero; Jon Snow soltándole la sopa a Daenerys. La pluma del guionista Bryan Cogman es versátil, capaz de hacer reír y llorar en la misma secuencia. La historia se mueve lento, pero eso no me inquieta. Game of Thrones, raro en ella, ha empezado a empalagarme.

Salvo por el contenido clasificación C, los preparativos antes de la batalla me remitieron a lo que ocurre en The Return of the King y, sobre todo, antes de Helm’s Deep en The Two Towers: llegan aliados sorpresivos, niños que quieren poner su granito de arena y un montaje con una canción a capela de fondo le imprime lirismo a la guerra. Estas similitudes con The Lord of the Rings no son coincidencia. Desde que la serie rebasó a los libros, Game of Thrones cada vez se parece más a las películas de Peter Jackson, en las que la mayoría de los humanos son nobles y el mal está allá afuera, encarnado por criaturas que solo quieren ver al mundo arder. Una serie que mataba y maltrataba a nuestros personajes predilectos, ahora se dedica a reconfortarnos: salvo Cersei, todos pueden redimirse; la gente abyecta cambia de parecer; las amenazas globales tienen la capacidad de unir razas, bandos y religiones. Estamos a una escena de que los Lannister canten Kumbayá.

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