domingo 21 abril 2024

Recomendamos: Esta es la tragedia venezolana, por León Krauze

por etcétera

La ebullición de la larga crisis venezolana ha dado pie a un interesante debate diplomático sobre la disyuntiva de respaldar la presidencia interina de Juan Guaidó o el gobierno de Nicolás Maduro. Creo que la decisión correcta es reconocer a Guaidó para promover un proceso de negociación que necesariamente tendrá que comenzar con la salida de Nicolás Maduro, presidente gracias a una farsa que haría ruborizar al delincuente electoral más descarado, y culmine con una nueva elección en condiciones de libertad, igualdad y limpieza. Pero esa discusión es secundaria. En el fondo, lo apremiante es la situación por la que atraviesa el pueblo venezolano que es mucho más importante que su gobierno.

En los últimos días he leído a voces respetables defender la supervivencia política del régimen venezolano. Están en su derecho, ya sea por afinidad ideológica o mera terquedad. Lo que es injustificable es defender con el mismo ahínco los resultados de ese mismo régimen venezolano. Cualquiera que decida abogar por Maduro tendría que hacerlo mirando de frente las atroces consecuencias del proyecto chavista. Quizá vale la pena resumir lo que ocurre en Venezuela.

Nicolás Maduro ha gobernado Venezuela, el país con las reservas petroleras más grandes del mundo, por poco más de un lustro. Su inmensa corrupción, testarudez e impericia ha hundido al país en una espiral de hiperinflación, escasez crónica y pobreza. La inflación enloquecida que se vive en Venezuela solo puede compararse con la de Zaire en la época más abyecta del dictador Robert Mugabe. La otrora notable producción de crudo en Venezuela ha caído a su punto más bajo en más de tres décadas. Entre el 2013 y el 2017, la economía del país se redujo en 30%. El déficit venezolano es de casi 20% del PIB. Desde el 2014, más de dos millones y medio de venezolanos han huido de su país, el éxodo más significativo de la historia moderna de la región. Dentro de las fronteras venezolanas, la tragedia es dantesca. Los apagones y la escasez de alimentos y medicinas son males cotidianos. Han vuelto enfermedades que se creían erradicadas. Números aberrantes de niños han muerto de hambre. Caracas, que alguna vez fue una capital pujante, es una de las ciudad más peligrosas del mundo. Venezuela misma se ha vuelto un narco-estado. Incluso los grandes centros turísticos del país, célebres por su belleza, están disminuidos. En la costa venezolana han vuelto a aparecer… piratas. Mientras tanto, el régimen de Maduro se enriquece gracias a la protección de las fuerzas armadas, a las que ha entregado el control de buena parte de la operación del país para asegurar su propia supervivencia. Maduro y los suyos han secuestrado el poder Judicial y minado el Legislativo hasta el hartazgo.

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