sábado 13 abril 2024

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por etcétera

Los funcionarios tienen responsabilidades por las que deben rendir cuentas. Eso tiene que ver con los resultados, pero también con los métodos y las formas que emplean para conseguirlos. Sólo pueden hacer lo que la ley les faculta expresamente, no deben obtener beneficios particulares aprovechándose de su posición, tienen que cumplir sus obligaciones legales y tratar a los ciudadanos sin distingo alguno.

Pero cuando el titular del Ejecutivo habla de “cuidar la investidura presidencial”, se refiere a algo distinto, a un pretendido valor inherente y simbólico del cargo, un peso moral de la primera magistratura y, en ese sentido, de la dignidad que conlleva. Es un concepto conservador en sentido clásico, pues da cuenta de cierto halo de superioridad del gobernante que lo diferencia y pone por encima del resto de los ciudadanos.

No es casual que fuera el discreto y convencional Adolfo Ruiz Cortines quien recurriera con frecuencia a dicha figura para deslindarse de los excesos del alemanismo y ser considerado un árbitro ajeno a negocios particulares y a los conflictos de la política partidaria. Algo que suena muy distinto en voz del actual Presidente, quien tiene por estrategia polarizar, no sólo con sus adversarios políticos, sino también con cualquiera que disienta o lo cuestione, sobre todo si es periodista.

Es complicado estar en el ring tirando golpes, por encima y por debajo del cinturón, y mantener intacta la sacrosanta “investidura”.

Cuando el presidente Andrés Manuel López Obrador anunció que no se reuniría con las víctimas que marcharon con Javier Sicilia y la familia LeBarón por, supuestamente, cuidarla, en realidad le importa otra cosa. Escuchar a quienes han sufrido por la violencia no denigra al mandatario, al contrario, es una labor consecuente con el cumplimiento de sus funciones y compromisos, además de que lo enaltece amplificar la voz de los sufrientes por un grave problema del país cuya solución pasa, en buena medida, por sus decisiones. Confunde investidura con imagen.

Lo que no quiso el Ejecutivo es tener un evento público de alto interés mediático en el que recordaran sus promesas incumplidas y la falta de resultados en un tema tan sentido y por parte de quienes, por lo que han vivido, tendrían la simpatía de gran parte de la audiencia. En realidad, está cuidando su popularidad.

El Presidente está en permanente campaña y si no tiene logros que presumir, al menos puede reafirmar la imagen de austero que se identifica con los humildes y quiere dar satisfacción a sus agravios, enfrentando a los que señala como perversos responsables y que, casualmente, representan las pocas resistencias que aún quedan para que concentre todo el poder.

Trato distinto, por supuesto, a los que en el pasado enfrentó, pero ya se le sumaron y siguen haciendo, con tranquilidad, lo que siempre han hecho.

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