domingo 19 mayo 2024

Ajustar las expectativas

por Pablo Majluf

Nada castigan más los dioses que la desmesura. Uno de los problemas de la política –particularmente la electoral, en su modalidad de show business– es que necesita vender desmesura para emocionar: la idea, por ejemplo, de que un señor solito puede corregir y salvar a esta tierra bárbara. El atrevido que hoy gobierna decía en campaña con una procacidad descarada –a cuenta de sus votantes y para infortunio del resto– que al minuto de tomar el poder dejaría de correr la sangre y se acabaría la corrupción. Es un misterio que el electorado se compre promesas tan inverosímiles, pero en tanto que lo hace, son redituables. Después hay que administrar la desilusión. Son ciclos anímicos muy parecidos a los de la droga y la subsiguiente resaca.

FOTO: ANDREA MURCIA / CUARTOSCURO.COM

El ciclo obradorista, de potentísimo narcótico a consecuente cruda, encierra importantes lecciones para el votante opositor de cara a las próximas elecciones. Uno no debe esperar que los políticos vendan nada menos que desmesura, pero es preciso poner la realidad en su justa dimensión: qué puede y qué no puede hacer la oposición si llega al poder.

Lo primero que hay que tener claro es que en la oposición hay una elevadísima proporción de trúhanes: son políticos mexicanos. Peor: no reconstruirán las ruinas obradoristas por buena onda; en la medida de lo posible aprovecharán la destrucción para ejercer el poder, pues no está en la naturaleza del poder autolimitarse. El votante opositor debe propiciar esos límites. Para ello, puede votar a políticos y partidos que –dentro de su propia ambición– tengan ideas más favorables a la libertad, al capitalismo, al medio ambiente, a la modernidad y a la democracia. 

FOTO: ROGELIO MORALES/CUARTOSCURO.COM

También hay que tener claro que nadie puede salvar a México. Debemos saber con toda certeza que el próximo sexenio –y tal vez los próximos dos o tres o más– habrá cientos de miles de muertos, desaparecidos, cuantiosos hurtos al erario, impunidad, mala educación, salud precaria, miseria, desigualdad e injusticia porque son problemas consustanciales a la lenta construcción de la civilización y de un Estado de derecho que, como dijo Gordon Brown, toma unos 500 años. Lo que sí puede haber son pequeños cambios estratégicos, algunas políticas públicas quirúrgicas –como el TLC o el ya destruido Seguro Popular– que traigan prosperidad paulatina. Como sea, lo importante es estar en la dirección correcta, evitar los retrocesos y que se profundice la destrucción. Este es el mandato que debe exigir el votante opositor.

Por último, la oposición no puede salvar a la colectividad si cada uno no tiene ganas de salvarse a sí mismo. Entiendo los límites y falacias del echaleganismo: como parte del avance civilizador tenemos que ir construyendo las instituciones y estructuras –educación, salud, pensiones, seguridad social– que brinden igualdad de oportunidades a los más desfavorecidos para que la cuna no sea destino. Pero mientras llegamos ahí y en tanto nos ciñe la adversidad, no queda más que sobreponerse. No vaya usted a ser como los obradoristas; no espere que lo venga a salvar el PRIAN. 

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