martes 21 mayo 2024

Algunas rolas de mi vida

por Jorge Manriquez Centeno

El Tote, como me dicen desde niño, quiere correr bajo la lluvia para hacer remolinos con sus recuerdos, quiere ser escritor y ha escrito sobre algunas obras literarias que han formado parte de su vida. Sabe que los libros que más le gustan son música y que el sol lo ilumina, siempre, de diferentes formas. 

El Tote está escuchando música a raudales para darle sentido a sus palabras y ha renacido como Ave Fénix.

Música en la carretera

Me gusta la música en la carretera

para hacer a un lado esas ramas 

que se entrecruzan en el horizonte.

Voy por una carretera larguísima. 

Acelero.

No hay retornos. 

Estoy sonriendo. 

Vamos sonriendo. 

Escuchamos algunas rolas. 

Hay buen ron y seguimos el camino. 

Hay risas, anécdotas, 

vamos entre desviaciones y curvas. 

Nos van impulsando y estás conmigo.

El sol se atraviesa,

pronto descenderá.

El último aliento puede sembrarse.

Sabes que lo único que recordarás 

es la música que estuvo perdiéndose entre tus ojos.

Escucho “Like a rolling stone” y acelero, 

acelero hasta que se entrevera con el horizonte. 

Voy en medio de la carretera para volver a respirar.

Todas las sombras tienen contenido 

cuando las lees y las recuerdas. 

Quiero volver a respirar sembrando tu nombre.

Tus recuerdos me impulsan 

como olas que encauzan los ríos.

La música recrea los instantes, 

que viven en todos los tiempos.

Fuimos a Comala y ya nadie habló de ti, 

Pedro Páramo, 

Pero hay aire y sol, hay nubes.

Hay esperanza para nosotros, contra nuestro pesar.

Por eso quiero estar Del otro lado de la puerta, 

sentarme en el muelle de Chetumal, 

viendo el increíble sol lleno de música.

La música está en todas partes. 

Se disuelve y vuelve a reunirse con cualquier click con que toquemos la memoria. Si escucho “Sailing”, estoy contigo en Monterrey, en Barrio Antiguo, tomando unos tragos y cantando; y si escucho a la Sonora Matancera o Los Panchos veo a mi tío Amador cantando su música, que también es “mi música”; y si oigo AC/DC, Yes y Emerson, Lake & Palmer recuerdo mis años de prepa y mi locura por el rock progresivo, días de chamarra de cuero con un águila en la espalda y pantalón de mezclilla deshilachado.

También hay melodías recordándote los malos momentos, como cuando tomas vodka sin consideración, te levantas de la silla para ir al baño y despiertas al día siguiente con un profundo dolor de cabeza, y con cascadas de negros cuestionamientos.

A veces grito y mi voz se pierde en algún recoveco de la memoria, pero escucho algunos ecos, como aquellas melodías de Pablo Milanés, que me llevan a esa “Peña”, en la Glorieta de los Insurgentes. Estoy tomando una cerveza oscura, frente a ti, y te doy un beso. Te veo tan distante por los años, pero cercana por la música.

Las melodías y los instantes de mi vida se van deshilvanando, pero se vuelven a interconectar cuando escucho alguna canción, como “Perfume de gardenias”. El tiempo se retrotrae y me deja en aquella vecindad de la Colonia Obrera, conocida como el 292,  que se localizaba en ese número de la Avenida Isabel la Católica, con recuerdos de mi niñez perdida porque están casi bloqueados por la sordidez del hambre y los pleitos entre los “teporochos” del “Escuadrón de la Muerte”, aunque también había “bellísimos destellos”, al lado de mis hermanas y mis hermanos.

Con “Disco Inferno”, “Born To Be Alive”, como me gustaba ir al “Joyce”, ahora Salón de Fiestas de la Colonia Jardín Balbuena que, por esos sábados de finales de los setenta, se convertía en nuestro “Studio 54”y me encantaba sentir ese ritmo disco y el ambiente de la pista, con sus cuadritos de colores fluyendo por inmensas bolas de cristal con pequeños vidrios, irradiando por todos lados sus lunas. Y a bailar hasta el cansancio…

(No pude seguirle los pasos a mucha gente valiosa y me arrepiento. No pude verte a los ojos y decirte: “Discúlpame.”) 

Las cumbias, engrandecidas por los altoparlantes y las grandes bocinas, me conducen al patio del 41, vecindad de la Magdalena Mixhuca, donde se celebraron innumerables pachangonas. Y las cumbias imponían su ritmo, y eran unos cumbiones sabrosos. Y bailábamos y cantábamos como locos, reíamos como locos, cuando jugábamos “botella”: la punta de vidrio nos daba cuerda para rato. Todavía hay un saxofón dándole aliento.

Y la Yayo está en el patio del 41

                                              canta como Gloria Gaynor   Roberta Flack,,,

                                               es                Gloria Gaynor   Roberta Flack…

                                               y con “Midnight Train to Georgia”, estoy haciendo los coros         

                                               y mis coros “suenan fatales”, pero estamos en su sueño.

Y recorro de nuevo el Mercado de Jamaica, y vuelvo a verte, Angélica, La fresera. Era una delicia sentir tu risa cayendo como cascada, precipitando mis diluvios, y verte en tu puesto de frutas, rozagante como el arcoíris: con los amarillos, verdes, rojos de las sandías, mangos, peras, duraznos, y tan oronda por la música entrecortada de cumbias para ofrecer descuentos a los marchantes.

Y estoy con Laura, en su casa de la Calle Martillo, y su padre está bebiendo tequila a lo cabrón, y canta a lo cabrón unos corridos de poca madre. 

Con el jazz y la música clásica, veo a mi abuelo Magdaleno tocando su clarinete, envolviendo la noche, y el pequeñísimo Tote, como me decían desde chamaco, está a gusto, porque al menos comió a sus horas y a sus anchas, y aún está observando al abuelo Magdaleno tocándole a la Luna. 

Al escuchar el Tri, parece que la vida ha sido como un sueño.

Con el swing bailo con mi madre, y nos vamos a los tangos, y es “Volver”, y sólo te daré unas vueltas, madre, porque se me está acabando la cuerda. El trompo en la mano está dejando de girar.

Trato de reanimarme con el antídoto de los recuerdos.

Y despiertas con dolor de cabeza por pagos, deudas, hipotecas vencidas, sin dinero en el bolsillo, pero la vida sigue, amigo. “¡Dios proveerá!”, dicen unos. “Lo que no te mata te hace más fuerte”, repite otro. Le comentó: “Sé que es complicado, pero la vida sigue, no te quedes atrás.” Pienso: “Está cabrón, claro que lo está. Pero como decía mi madre y mi hermana Adriana: debemos seguir adelante, siempre hacia adelante. ¡Y por favor, no estes de quejumbroso, échale ganas!” Por eso, en aquella ocasión bailé contigo “Zorba, el griego”, y esa melodía, ese baile, risas a borbotones, siempre estarán ahí, disponibles, para volverte a ver, a pesar de que te has marchado, carnalita.

“Viejos los cerros y todavía reverdecen”, grita mi hermana Lupe, y claro que sí, carnala, aunque ya no estés, reverdeces con esas melodías de Engelbert Humperdinck, que estás interpretando. Sólo tú puedes cantarlas de esa manera, más que te estoy recordando. Mientras, mi hermano Luis, el Torero, tararea “Cielo andaluz”, “El gato montés” y otras más. Y Polo está en la esquina de Cucurpe tocando unas rolas de rock, es una guitarra acústica que afino con este recuerdo.

Estoy con mi amigo Víctor escuchando “La Vie en Rose”, y melodías francesas de los ochenta, y le digo: “¡Qué chingonas rolas, amigo!”

En el YouTube oigo “Moving on” y “All I want” y son “rolones” mágicos, como el amor que arriba por cualquier calle o esquina. Cuando el agua vuelve a recorrer sus raíces algo está a punto de pasar. Igual y cierras los ojos y lloras hacia dentro para quebrar la desdicha. 

Me gusta la música de Amy Winehouse y de la banda inglesa The 1975, particularmente  Somebody Else”, y, vista con su inigualable video, me lleva a esos espacios donde, a veces, te refugias y quieres estar solo, con las ventanas y las puertas cerradas, abriendo la llave del agua. 

Claro que hay muchas otras rolas con especial significado para mí. “Where Is My Mind” y Bitter Sweet Symphony son melodías de alucine, pero desde hace muchos años “Comfortably Numb” “Forever Young” y “Wish you were here” son como discos rayados que giran sobre esa esquina por donde estoy dando vueltas, y cuando abro los ojos, en algún hotel de paso de Tlalpan, hay un silencio alcoholizado.

Quiero olvidarme de todo y sentir los brazos de mi madre, otra vez, y escuchar con ella algo de The Platters, tal vez, “The great pretender”, y quedarme ahí, con ella, hasta que alguien diga con insistencia: “Es hora de cerrar, la última y nos vamos.” Y sé que esa última canción que bailaremos será “The first, my last, my everything”, porque eres mi mundo, madre.

Bob Dylan, Rolling Stones, Pink Floyd, Doors, Who, Led Zeppelin, Kinks, Canned Heat, Cure, algunos blues, otras rolas, están en esos discos compactos, en esos USB, pero me gustan más los discos de vinilo de 33 o 45 revoluciones, donde el plato sigue girando…

Pedro Infante, Jorge Negrete, Javier Solís y José Alfredo Jiménez son los “Cuatro fantásticos”, como les decía mi padre, quien cantaba como ellos, y a quien cante como ellos se les debe perdonar todo, hasta beber de más.

Quiero seguir abrazando a mi esposa Elena y a mis hijas, y sembrar tulipanes como los que fuimos recogiendo en nuestro reciente viaje por Alemania. Leni hace la tarea con una mariposa en la frente, Adri lee conmigo Tarumba y Pedro Páramo, y las abrazo con estos cantos de vida. 

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