viernes 14 junio 2024

AMLO y su discurso de odio

por Pedro Arturo Aguirre

Andrés Manuel López Obrador y Morena se envilecen cada vez más. Las torvas acusaciones de “traición a la patria” endilgadas por el régimen de la 4T contra sus opositores son clara muestra de la estrategia populista de polarización y crispación social, la cual se refiere tanto al encono de las formas utilizadas en los intercambios políticos como a la distorsión de la agenda en torno a unos temas de carácter nacional sobre los que, habitualmente, ha existido algún tipo de consenso básico, para convertirlos en duros campos de batalla. Y cuando los políticos se polarizan y entran en conflicto, ello se traslada a la calle. Una de las principales causas de la radicalización de los ciudadanos es el encono extremo entre los políticos. Cuando los “representantes populares” se insultan, amenazan y descalifican, mandan a los ciudadanos el muy negativo mensaje de que no existen límites, las normas de convivencia civilizada dejan de tener vigencia y, por tanto, insultar a alguien o agredirlo porque por el hecho de pensar distinto está permitido.

Tanta crispación es anormal en las democracias. Desde luego, ello no quiere decir que en democracia no exista el conflicto, lo cual está inscrito en la naturaleza misma del sistema. Pero para obtener el poder o tratar de mantenerse en él no vale todo y, sobre todo, no vale la deslegitimación permanente y sistemática del adversario. La estrategia de la crispación propicia un desacuerdo perenne e irreducible entre los antagonistas políticos, las diferencias empiezan a dirimirse a base de anular la legitimidad del rival, al que se juzga espurio, inicuo, “traidor a la patria”, lo que, en última instancia, destruye la convivencia y el consenso democrático. Cuando las sociedades están muy polarizadas, todos sus integrantes se vuelven más dispuestos a tolerar el comportamiento antidemocrático de sus grupos políticos o partidos. Cuando la política está tan intoxicada llegamos a percibir la victoria de nuestros rivales partidistas como algo catastrófico, antipatriótico o indescriptible, y comenzamos a justificar el uso de medios extraordinarios, como la violencia, el fraude electoral y los golpes de Estado para evitarla.

No puede haber democracia sin tolerancia mutua o con la privación de la norma de aceptar la legitimidad de los adversarios. Esto significa que no importa cuánto estemos en desacuerdo con nuestros oponentes y, por mucho que nos disgusten, reconocemos en ellos a ciudadanos leales que aman al país como nosotros y tienen el mismo y legítimo derecho a gobernar. Pero esto sólo es válido para quienes tienen una concepción racional de cómo gobernar a una sociedad, En otras palabras, no debemos tratar a nuestros rivales como enemigos.

Cuartoscuro

Pero lo anterior no funciona en la irracionalidad populista, donde la estrategia de la crispación mediante la utilización del discurso de odio es esencial en el propósito de minar la vida institucional de un país. Ha estado presente en el ascenso al poder de personajes como Chávez, Orbán, Erdogan, Trump y, desde luego, AMLO: está en el meollo del manual populista y en el éxito de los autoritarismos de todo signo. Casi todas las rupturas democráticas más prominentes a lo largo de la historia (desde España y Alemania en la década de 1930, Chile en la de 1970, Turquía y Venezuela a principios del actual siglo y otros casos más recientes) se han producido en medio de una polarización extrema. Los rivales partidistas llegaron a verse unos a otros como una amenaza existencial de tal envergadura que optaron por subvertir la democracia en lugar de aceptar la victoria del otro lado, y la democracia requiere que los partidos sepan perder. Los políticos derrotados en las elecciones deben estar dispuestos a aceptar sus reveses y prepararse para volver a jugar en la elección siguiente. Sin esta norma de “digna derrota”, la democracia no es sostenible.

Bien conocida es la tendencia de López Obrador a rechazar cualquier resultado en las urnas que le sea desfavorable. Su movimiento se ha gestado desde el principio en la práctica de mantener la crispación y saber hábilmente no desgastarse con ella, en virtud de que sus contrapartes caen en la trampa de seguir atizando el fuego. Y cuando tienen éxito las estrategias polarizadoras cuesta mucho trabajo volver a la normalidad. Por eso muchos politólogos aconsejan confrontarlas asumiendo la actitud de no acrecentar la crispación, en no retroalimentarla, como única forma eficaz de desgastarla, tarea, desde luego, asaz difícil de cumplir. También ayudan los andamiajes institucionales, erigidos en muchas naciones para fungir como árbitro capaz de amonestar, deplorar o sancionar este tipo de actitudes. En México se supone que existe: es la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, la cual, antes de la llegada de la señora Piedra, supo deplorar los ambientes de crispación política y la utilización del discurso de odio. Esto es porque tales prácticas también representan violaciones a los derechos humanos por atentar contra la dignidad de las personas. Es ilegitimo utilizar retóricas dedicadas a la descalificación e incluso deshumanización del adversario. El discurso de odio cancela toda posibilidad de diálogo y propicia el fin de nuestro derecho a vivir sin miedo y con dignidad, dando lugar a la discriminación y a la marginación. Atenta contra nuestro derecho a ser diferentes y, al mismo tiempo, a ser iguales en derechos y libertades. Hoy en México un gobierno de sectarios irresponsables alienta la exclusión, el fanatismo y la violencia contra quienes piensan distinto. La historia, esa que tanto les “preocupa”, los juzgará severamente.

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