miércoles 24 abril 2024

Andrés García

por Marco Levario Turcott

Tengo frente a mí una de esas revistas color sepia de principios de los años 60 del siglo XX. La revista se llama Venus. Registra el universo de las marquesinas y, sobre todo, resalta la belleza de bailarinas, cantantes y vedettes: entalladas en medias, vestidos tutu o faldas cortas de olanes e incluso bikinis.

La tapa de Venus contiene un cuadro exquisito de Yolanda Montes “Tongolele”. En la contraportada se halla Irán Eory recién llegada de España a nuestro país; está radiante con el pelo suelto a la altura de los hombros y las piernas enfundadas en mallas. Aún faltaban varios años para que partiera a Argentina a rodar la cinta “Muchacho” junto a Sandro. Eran los tiempos de una vida nocturna intensa en el Distrito Federal, entre centros de pomada como El Capri y otros tugurios como el Imperial. Los tiempos en que la desnudez o la semidesnudez dejó de ser proscrita para volverse algo común, razón por la cual podía verse en paños menores a actrices y cantantes como Elsa Aguirre o Silvia Pinal, auténticos símbolos del llamado Cine de Oro, además de las jovencitas María Sorté y Verónica Castro.

Al hojear las páginas interiores me detengo en el rostro del dominicano Andrés García, tendrá unos 22 o 23 años, no más. Muy atractivo y tan lleno de vida. La fotografia se está desdibujando por el paso de los años pero aún así mantiene la mueca divertida y segura de quien sabe que es guapo. Guapísimo. No sé si en ese tiempo aún era lanchero en Acapulco, Guerrero, la cima a donde debían llegar hombres y mujeres de éxito. Lo que sí sé es que el incipiente actor sería parte del anverso de “las hembras” para acuñar la moneda visual del boyante desarrollo económico del país, el teatro multicolor tan lleno de plumas, pieles y lentejuelas para signar el triunfo. También, claro está, el ambiente de fiesta y erotismo al que, como dioses del Olimpo, sólo unos cuantos tenían acceso mientras los demás se instalaban cómodamente sentados como el público que pagaría por el show. Lo digo en su sentido exacto: pagar el espejismo de una modernidad que, veinte años más tarde, se nos presentaría con una formidable crisis económica.

Desde luego, en estos momentos evoco también a Jorge Rivero y, luego, a Jaime Moreno; son parte de aquella constelación de adonis y ondinas, apolos y frinés. Moldes de alabastro que ocupaban teatros, salas de cine y la pantalla de cristal. Porque eso, además de todo, y acaso sobre todo, fue una apuesta cultural. Los nombres de Kora Castell o Eda Lorna suenan ajenos, decrépitos sino es que ya murieron en la memoria. No importa. Casi cualquiera de ellos remite a figuras calipigias expuestas en el baile, o a miradas misteriosas que se transforman en caminos de erotismo y lujuria. Son mujeres que deben ser lazadas por el macho. García, Rivero y Moreno son la nueva generación de machos que sustituyen a los charros porque estos, además de apuestos y aunque no canten al pie de la ventana de nadie, tienen vigor para complacer a las damas en celo. Serían también relevo del séptimo arte, el llamado cine de comedia erótica que ambientaría las noches del cabaret (algunas que ya se habían puesto en escena como “Las noches del Waikiki”) y, en particular, a las suripantas que no pertenecían a ese mundo de oropel y abrigos de mink. Tampoco eran amazonas liberadas o libertarias. No. Eran putas, porque sólo así podían darle gusto al cuerpo. Rameras abandonadas, viejas despechadas, hurgamanderas del placer. A eso me lleva la película Pedro Navaja, al humor involuntario de una prostituta decadente encarnada en Ana Luisa Peluffo porque la imagen da para mucho más que la vieja mujer fácil, nada más y nada menos estamos hablando de la primera mujer que se desnudó en el cine mexicano haciéndola de furcia y taloneada por Pedro Navaja, o sea, Andrés García, quien trabaja de padrote y huele a sexo así como los mecánicos se llenan de grasa, porque es su trabajo y así de lo dice a Rosa (Maribel Guardia), su mujer. Suya, escribo, de su propiedad. Rosa lo acepta porque a esos ojos subyugantes no se les puede decir que no.

Aquella especie de revista de comedia mexicana ya no existe pero seguro, en la actualidad, asistimos a otra tanda, como antes se decía, o puesta de escena. Lo cierto es que ese tipo de revistas ya no existen porque fueron espejo de una realidad que también cambió. Existe YouTube, eso sí, para recrear los fastuosos escenarios del mundo kitch de hace más de medio siglo, el baño de la princesa en una copa de Champagne, el split de una oriental de ensueño y las piernas del millón. Los entretelones capaces de conquistar a una beldad como Sasha Montenegro nada más con la sonrisa de Jorge Rivero, o la barba partida con la que Irma Serrano puede caer a los pies de Jaime Moreno. Ah, pero Andrés García no sólo fue el arquetipo del hombre hermoso sino además tan valiente como Chanoc o incluso años despúes el principe azul de Lucía Méndez en la telenovela “Tu o nadie”, en 1985, justamente cuando agonizaban las noches intensas en el país, en particular, en la ciudad de las quesadillas sin queso.

Andrés García cumplió con el rito. Vive en el puerto donde residen los consagrados de los años 60 y desde ahí narra que poseyó a decenas de mujeres. Ya no sabemos de él a través de revistas, el cine o la televisión sino, precisamente, por medio de Youtube y Tik Tok. El actor quedó varado en la arena de su reloj juvenil, en Acapulco, pero no en el uso de las redes sociales cuyos usuarios, como abejas al panal, son atraídos por un hombre decadente y senil que, aún en las postrimerías de la muerte, se alimenta de las miradas de los otros. Parece como si necesitara ser visto y escuchado, aunque ello implique suscitar lástima. No es ya, eso sí, la figura del macho que arremete contra cualquier cosa que le presenta la vida. Según ha dicho, padece cirrosis hepática y está próxima su muerte. Yo lo miro como ahora observo la página de mi revista Venus, como una hoja color sepia a punto de desintegrarse y volverse polvo.

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