lunes 26 febrero 2024

Apuntes para entender a nuestra época

por Ricardo Becerra Laguna

Soy de los que cree que la reciente historia mexicana (la de los últimos 40 años) puede explicarse con el hilo de tres procesos de larga duración: un cambio demográfico, un cambio político y un cambio económico.  

Hablo del curso de las últimas dos generaciones, tiempo en el que ocurrió una infortunada coincidencia que explica en buena medida, el extendido malestar de nuestra época: mientras la población cambiaba para volverse predominantemente adulta (transición demográfica); mientras que la transición democrática (iniciada en 1977) cambiaba la configuración de la política y del Estado en México, por otra parte, una drástica transformación económica tuvo un desenlace incierto y decepcionante. Por un lado, cambio poblacional promisorio que nos traería un “bono demográfico” entre siglos, más gente productiva y menos gente dependiente; por otro, la transición política cosechaba un buen número de novedades democráticas, un espacio de libertades y vida pluralista como nunca antes vivimos. No obstante, el tercer proceso, el tránsito económico, nos engarzó a la globalización, modernizó regiones y sectores, sin que pudiera responder a las necesidades que planteaba la nueva sociedad y la dinámica demográfica del país. 

Contrario a lo ocurrido en los renacimientos democráticos de Europa y contrario a la instauración del parlamentarismo en el Japón tras la Segunda Guerra Mundial; contrario también a lo vivido por la transición española en los ochenta, en México, la vida democrática no estuvo acompañada de crecimiento, bienestar o de una expectativa de prosperidad. Al contrario: la ampliación de derechos y libertades efectivas creció en medio de una profunda incertidumbre económica, y ese doble hecho ha marcado a la sociedad, al sentido de nuestra democracia e incluso, de nuestra cultura, en lo que llevamos del siglo XXI.

No es posible hablar de años, ni siquiera de sexenios: hablamos de casi dos generaciones de mexicanos que buscaron su primer trabajo en los años ochenta (es mi caso) y que, a continuación, se introdujeron en una era de inestabilidad productiva con estancamiento a largo plazo. Se trata del progresivo deterioro de la capacidad de creación de empleo, de la baja en los salarios reales, de la cancelación de la movilidad social y de una distribución del ingreso estancada y fluctuante que es el sino de 40 años completos; los diez que siguieron a la implosión del “antiguo régimen” proteccionista y corporado, y los treinta subsecuentes, que fueron escenario de la llegada de un nuevo modelo cuyas consecuencias prácticas todavía no han sido seriamente evaluadas y por el contrario, han sido mantenidas en lo esencial, por cinco años de “austeridad” y populismo. 

El diagnóstico debe señalar las ideas y premisas equivocadas que dieron origen a esa política y modelo económico : 

1. Que los mercados se autorregulan y que, por tanto, la intervención estatal debe reducirse al mínimo posible.

2. Que la economía crece solo si las utilidades son suficientemente grandes, para después derramar sus beneficios al trabajo y al resto de la base social.

3. Que la condición que hará atractiva la inversión y las empresas en México son los bajo salarios.

4. Que el crecimiento necesita liberar a los flujos de capital y las inversiones mediante sucesivas rondas de reformas estructurales.

5. Que el gasto público debe mantenerse en rangos moderados, incluso mínimos, -sin expansión alguna- sea bajo la bandera de la “disciplina fiscal” o como ahora, de la “austeridad republicana”.

El saldo histórico de estas formulaciones no es el crecimiento, el desarrollo, el desarrollo humano y ni siquiera la estabilidad, pues desde hace cuarenta años hemos asistido a tres crisis portentosas que sistemáticamente han echado abajo los avances que, de todos modos, había logrado la economía nacional: la crisis del tequila 1994-95; la crisis financiera 2008 y, la no-respuesta a la crisis del Covid, en 2020. El resultado neto son crecimientos del PIB, que se sitúan en el 3.17 de los noventa, el 1.48 y el 2.7 por ciento en las dos primeras décadas del siglo XXI, respectivamente. Mientras tanto, en el quinquenio que va de 2019 al primer trimestre de 2023 el crecimiento acumulado es de 1.2 por ciento, lo que arroja un nuevo retroceso en el ingreso per cápita de los mexicanos: -3.0 por ciento.

Es verdad que en el camino se desplegó una modernización productiva e industrial de grandes proporciones (sobre todo en el norte del país); también fue posible construir instituciones fundamentales (como la autonomía del Banco de México) y es cierto que durante la mayor parte de estos años, la inflación interna ha sido controlada, pero todo eso ha sido completamente insuficiente para encontrar una senda de desarrollo e inclusión. Por el contrario: inestabilidad, lento crecimiento y alta desigualdad resumen ya toda esta etapa histórica de la economía y la sociedad mexicana, en una fatal coincidencia temporal con la llegada de nuestra democracia. 

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