miércoles 22 mayo 2024

Armas nucleares: la amenaza continúa

por María Cristina Rosas

 

Hace 76 años el mundo conoció, por primera vez, las devastadoras consecuencias de las armas nucleares. Estados Unidos, decidido a poner fin a la segunda guerra mundial dispuso su empleo contra Japón, a la sazón, miembro del Eje Berlín-Roma-Tokio. Así, un día como hoy, 6 de agosto, la primera bomba atómica fue arrojada sobre la ciudad de Hiroshima, en tanto el 9 de agosto se repitió el ataque en Nagasaki. Se estima que en Hiroshima murieron entre 50 mil y 100 mil personas ese día. En el caso de Nagasaki, por su topografía, el daño estuvo más focalizado, pero aun así perecieron entre 29 mil y 49 mil personas el día de la explosión. A la fecha existen discrepancias sobre las cifras de defunciones, pero quienes sobrevivieron y estuvieron expuestos a la radiación, conocidos como hibakusha, padecieron desde quemaduras hasta pérdida de cabello, cataratas, leucemia, diversos tipos de cáncer y efectos psicológicos por la vivencia y también por la estigmatización social, lo que pervive al día de hoy. La novela de Masuji Ibuse, Lluvia negra (Kuroi Ame) llevada al cine en 1989 por el realizador Shohei Imamura, recrea los efectos de la bomba lanzada sobre Hiroshima en los lugareños y cuenta la historia de Yasuko (Yoshiko Tanaka), una mujer cuyos tíos le buscan esposo. Ella, al igual que muchas personas, estuvo expuesta a la “lluvia negra”, esto es, la radiación generada por la bomba. Ysauko fue rechazada tres veces como posible esposa por temor a que estuviese enferma o pudiera transmitir algún mal a su cónyuge o descendencia. Aunque la realidad, es sabido, supera a la ficción.

A pesar de los horrores de las armas nucleares, a lo largo de 75 años no se pudo lograr su prohibición. Otras categorías de armas de destrucción en masa, como las biológicas y las químicas fueron motivo de sendos tratados de desarme, en 1972 y 1993, respectivamente. Ciertas categorías de armas convencionales como las minas anti-personal y las municiones en racimo, también dieron pie a tratados de desarme, en 1997 y 2008, respectivamente. La resistencia a acordar el desarme nuclear se mantuvo hasta el 24 de octubre del año 2020, en ocasión del 75° aniversario de la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

El Tratado para la Prohibición de las Armas Nucleares (TPAN), adoptado por la Asamblea General de la ONU en julio de 2017 por 122 países, debía contar con 50 ratificaciones para su puesta en marcha. El 24 de octubre de 2020, en el día de las Naciones Unidas, Honduras depositó el instrumento de ratificación respectivo, lo que allanó el camino para que este importante instrumento en materia de desarme entrara en vigor el pasado 22 de enero de 2021. A la fecha, el tratado ha sido ratificado por 55 naciones.

 * Cabezas nucleares desplegadas se refiere a cabezas colocadas en misiles o localizadas en bases con fuerzas operativas.

** Otras cabezas nucleares almacenadas, reservadas o cabezas retiradas que aguardan su desmantelamiento.

Fuente: SIPRI.

La trascendencia de este tratado es evidente. A pesar de que existe, desde el 1 de julio de 1968 el Tratado de No-Proliferación de Armas Nucleares (TNP) cuya entrada en vigor se produjo el 5 de marzo de 1970, se trata de un instrumento que posibilita que quienes eran potencias nucleares en el momento de su firma -esto es Estados Unidos, URSS/Rusia, República Popular China, Francia y Gran Bretaña-, fueran reconocidas como tales. El tratado por lo tanto, ratifica el estatus nuclear de unos cuantos y le prohíbe al resto adquirir capacidades nucleares con fines bélicos. Abona así a evitar la proliferación horizontal, pero no necesariamente la vertical de estos letales artefactos. Para decirlo de otra manera: India y Pakistán, quienes se convirtieron en potencias nucleares tras la entrada en vigor del TNP no son reconocidas como tales porque el tratado prohíbe esencialmente la proliferación horizontal. Eso es un arma de doble filo: para que India y Pakistán pudieran adherirse al TNP, que es el tratado de desarme más ratificado en el mundo -suscrito por 188 países más la Santa Sede y Palestina- o bien tendrían que desnuclearizarse o ser reconocidas como potencias nucleares en el citado instrumento jurídico. Otro tanto aplica a Israel, potencia nuclear, se piensa, desde los años 60 pero que sistemáticamente ha negado poseer armas de ese tipo en una deliberada política de opacidad en aras de desalentar en sus vecinos árabes e Irán la posesión de capacidades nucleares. No sobra decir que el TNP sufrió un duro revés en 2003, cuando Corea del Norte se retiró de ese instrumento jurídico, siguiendo adelante son su programa nuclear.

Los pilares del TNP son la no proliferación, los usos pacíficos de la energía nuclear y el desarme de quienes poseen capacidades nucleares. Sin embargo, este último ha sido siempre el pilar más débil del TNP dado que, al día de hoy las potencias nucleares reconocidas en el citado instrumento jurídico -que de manera coincidente son los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU-, continúan modernizando sus arsenales nucleares. Sin ir más lejos, el Reino Unido dio a conocer a principios de 2021, que incrementaría su stock de armas nucleares de 180 a 260.

Armas nucleares: un poco de historia

El diseño y elaboración de la bomba atómica comenzó en 1939, a cargo de un equipo integrado en su mayoría por científicos estadunidenses, canadienses y británicos. A partir de 1942, el ejército de Estados Unidos tomó las riendas del proyecto, y el gobierno del Presidente Franklin Delano Roosevelt dispuso su financiamiento. En 1942, se logró la primera reacción en cadena controlada. Más tarde, y bajo la dirección del científico alemán —radicado en Los Ángeles—Robert Oppenheimer, tuvo lugar la primera prueba de la bomba en Álamo Gordo, Nuevo México. Era el 16 julio de 1945 y ahí se desarrolló la “Prueba Trinity” en las últimas fases del Proyecto Manhattan, así llamado porque se llevó a cabo en la Universidad de Columbia asentada en Nueva York.

En la recta final de la segunda guerra mundial, Estados Unidos decidió utilizar bombas atómicas contra Japón para acelerar su capitulación. Eligió las ciudades de Hiroshima (6 de agosto de 1945) y Nagasaki (9 de agosto del mismo año) para los ataques. La primera bomba llamada little boy fue arrojada sobre Hiroshima. La segunda bomba llamada fat man (en honor a Winston Churcill) fue arrojada sobre Nagasaki tres días después. A pesar de que mucho se ha hablado del Proyecto Manhattan y del desarrollo de las armas nucleares por parte de Estados Unidos, se conoce menos sobre el trabajo de la Unión Soviética sobre el particular.

El 29 de agosto de 1949, la Unión Soviética realizó una prueba exitosa de su primera carga nuclear en el polígono de Semipalatinsk, Kazajstán. Casi 40 años duró el camino de los físicos rusos y soviéticos hacia la prueba de Semipalatinsk de 1949. En diciembre de 1910, por primera vez en el Imperio Ruso, el físico Vladímir Vernadski habló de “las fuentes de energía nuclear, millones de veces más potentes que todas las fuentes de energía que se había podido imaginar la humanidad.” En 1922, ya nacida la URSS, el científico fundó el Instituto del Radio.

Hacia 1942, en la Universidad de Kazán, empezó a funcionar el Laboratorio Secreto №2, dirigido por el destacado físico Ígor Kurchatov. La inteligencia soviética ya había conseguido información sobre el proyecto atómico estadounidense y, de hecho, un esquema detallado de la primera bomba atómica estadunidense apareció en Moscú dos semanas después de su montaje en Estados Unidos. En junio de 1948, en la ciudad de Cheliábinsk-40, en el sur de los Urales, se construyó la planta 817 para la producción de la carga nuclear y el primer reactor comercial para producir plutonio. Un año más tarde, se consiguió la cantidad necesaria para la producción de la primera bomba. Los servicios de inteligencia soviéticos aparentemente hicieron un excelente trabajo al identificar errores en el proyecto estadunidense, lo que claramente ayudó a la URSS a ahorrar tiempo en un momento muy álgido de la guerra fría. Se sabe que los científicos soviéticos rechazaron muchas de las soluciones técnicas de los estadunidenses y propusieron las suyas, más eficientes.

Vista aérea de Hiroshima, instante después de la explosión de “Little Boy” (Universal History Archive/UIG/Shutterstock)

El espionaje jugó entonces un papel importante, sin que ello demerite las capacidades científicas de la URSS. Sin embargo, las autoridades estadunidenses descubrieron que Ethel y Julius Rosenberg –y familiares y amigos cercanos- suministraron información clave a la Unión Soviética sobre el programa nuclear estadunidense que fue de enorme relevancia para que la URSS contara con el dominio del secreto nuclear. Ambos personajes fueron sentenciados a morir en la silla eléctrica, aunque siempre subsistieron dudas sobre su culpabilidad. Sin embargo, tras la desaparición de la URSS se desclasificaron documentos alusivos que prueban que los Rosenberg estuvieron involucrados en el tráfico de información confidencial a favor de la Unión Soviética.

Así, en la carrera nuclear, la URSS no sólo logró la paridad estratégica vis-à-vis Estados Unidos. En 1961 ensayó la bomba atómica más poderosa llamada bomba del Zar Tsar Bomb- con capacidad de 50 megatones, la más destructiva a la fecha. Se trata de una bomba de hidrógeno.

Gran Bretaña, por su parte, se convirtió en potencia nuclear en 1952, realizando buena parte de sus ensayos nucleares en el desierto de Nevada, Estados Unidos. En el caso de Francia, potencia nuclear a partir de 1960, todas sus explosiones se concentraron en zonas saharianas de Argelia, que se encontraba bajo su dominio, y, posteriormente en el Pacífico Sur, en la Polinesia Francesa (atolones de Mururoa y Fangataufa). La República Popular China (RP China) que devino en potencia nuclear en 1964, realizó un gran número de sus detonaciones en el Lago Lop, entre los desiertos de Taklamakán y el desierto de Gobi. India sorprendió al mundo con su primer ensayo nuclear en 1974 utilizando uranio de una planta nuclear con fines pacíficos transferida por Canadá. Pakistán hizo lo propio en 1998.

Corea del Norte incursionó en la carrera armamentista nuclear en 2006 tras denunciar el TNP, como se explicaba, en 2003. Pyongyang comenzó su programa nuclear en la guerra fría con el apoyo soviético y al desaparecer la URSS, Pakistán ayudó a Corea del Norte a completarlo.

El fallecido expresidente israelí Shimon Peres fue el artífice principal, con la ayuda de Francia, del polémico programa nuclear del régimen de Israel. Peres, ganador del Premio Nobel de la Paz en 1994, es considerado el precursor del Israel nuclear, que se calcula, cuenta con unas 90 cabezas nucleares. Tras la Guerra del Sinaí, en 1956, Francia que en ese momento estaba a finales del periodo de la Cuarta República, acordó vender al régimen de Israel un reactor nuclear y proporcionarle todos los conocimientos técnicos, equipos, materiales y mano de obra necesaria al respecto. La primera visión de hacer de Israel una potencia nuclear vino del primer ministro David Ben-Gurion y la justificación fue dotar de seguridad al país y protegerlo tras la terrible experiencia del Holocausto. Era un asunto de supervivencia en un vecindario hostil.

Así comenzó la construcción de las instalaciones nucleares de Dimona, lugar donde el régimen de Tel Aviv, según informes extranjeros, con la ayuda del reactor comenzó a producir materiales fisionables  —uranio y plutonio— para armar su arsenal nuclear. Tres años después de la firma, cientos de técnicos e ingenieros franceses completaron la construcción del reactor. Cinco años más tarde, antes de la Guerra de los Seis Días, Israel tenía armas nucleares.

Cabe destacar que además de los países que poseen arsenales nucleares, adicionalmente, cinco Estados europeos albergan en sus territorios armas nucleares de Estados Unidos como parte de la doctrina de disuasión nuclear del Tratado de la Organización del Atlántico Norte (OTAN). Estos países son Alemania, Bélgica, Países Bajos, Turquía e Italia.

Otro aspecto a ponderar es que 20 países mantienen acuerdos de cooperación nuclear con EEUU en aras de que Washington extienda su sombrilla nuclear y los proteja en caso de ataques. Estos países son Australia, Japón, Corea del Sur, Grecia, Eslovenia, Eslovaquia, Letonia, Lituania, Estonia, Polonia, República Checa, Hungría, Noruega, España, Portugal, Dinamarca, Islandia, Rumania, Bulgaria y Canadá.

Antecedentes del Tratado para la Prohibición de las Armas Nucleares

El régimen de proliferación nuclear tiene una larga historia que se puede remontar a la creación del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) (1957) y que prosiguió con la suscripción de los siguientes instrumentos jurídicamente vinculantes, a saber:

  • Tratado Antártico (1959),
  • Tratado para la Prohibición de Ensayos Nucleares en la Atmósfera, el Espacio Exterior y Bajo el Agua (Tratado de Prohibición Parcial de Ensayos Nucleares, TPPEN) (1963),
  • Tratado sobre los Principios que deben regir las Actividades de los Estados en la Exploración y la Utilización del Espacio Ultraterrestre, incluso la Luna y Otros Cuerpos Celestes (Tratado del Espacio Ultraterrestre) (1967),
  • Tratado para la Proscripción de las Armas Nucleares en América Latina y el Caribe (Tratado de Tlatelolco) (1967),
  • Tratado sobre la No-Proliferación de Armas Nucleares (Tratado de No-Proliferación, TNP) (1968),
  • Tratado sobre la Prohibición de emplazar Armas Nucleares y Otras Armas de Destrucción en Masa en los Fondos Marinos y Oceánicos y su Subsuelo (Tratado sobre los Fondos Marinos) (1971),
  • Tratado sobre la Limitación de Ensayos Nucleares Subterráneos (Tratado sobre la Prohibición Parcial de los Ensayos Nucleares, TPEN) (1974),
  • Tratado sobre las Explosiones Nucleares Subterráneas con Fines Pacíficos (Tratado sobre Explosiones Nucleares con Fines Pacíficos, TENP) (1976),
  • Convención sobre la Protección Física de los Materiales Nucleares (1980),
  • Tratado de la Zona Libre de Armas Nucleares del Pacífico Sur (Tratado de Rarotonga) (1985),
  • Tratado sobre la Eliminación de Misiles de Corto y Medio Alcance (Tratado INF) (1987) -suspendido por Estados Unidos por la administración de Donald Trump-,
  • Tratado de la Zona Libre de Armas Nucleares del Sudeste Asiático (Tratado de Bangkok) (1995),
  • Tratado sobre una Zona Libre de Armas Nucleares en África (Tratado de Pelindaba) (1996),
  • Tratado de una Zona Libre de Armas Nucleares en Asia Central (Tratado de Semipalatinsk) (2006),
  • Tratado sobre Medidas para la Ulterior Reducción y Limitación de las Armas Estratégicas Ofensivas (Nuevo START) (2010),
  • Tratado de Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares (TPCEN) (1996).

Disposiciones clave del Tratado para la Prohibición de las Armas Nucleares

El Tratado para la prohibición de las armas nucleares es el primer acuerdo multilateral aplicable a escala mundial que prohíbe íntegramente las armas nucleares. Es también el primer acuerdo que contiene disposiciones para abordar las consecuencias humanitarias relacionadas con el ensayo y el empleo de armas nucleares. El tratado complementa acuerdos y normas internacionales vigentes sobre armas nucleares, en particular, el Tratado sobre la no proliferación de las armas nucleares, el Tratado de prohibición completa de los ensayos nucleares y otros acuerdos que establecen zonas libres de armas nucleares.

La explosión de “Little boy” no dejó rastros de vida en 1.5 km a la redonda.

La imperiosa necesidad de revisar el marco legal existente en materia de armas nucleares se dio en el 2014 a partir de una propuesta de Austria, lo que en la literatura especializada se conoce como el “Austrian Pledge.” La propuesta fue impulsada igualmente por México y se dio ante el aumento de ojivas nucleares en Estados Unidos, Rusia y la República Popular China: estos tres Estados destinan recursos a sus programas nucleares que, según el SIPRI rondan los 400 billones de dólares para el período 2017-2026.

El argumento central para impulsar el tratado fue el de los efectos humanitarios de las armas nucleares. Este argumento sostiene la imposibilidad de que las agencias humanitarias existentes –internacionales y/o no gubernamentales- acudieran en auxilio de las víctimas, debido a la posibilidad de envenenamiento al exponerse a la radiactividad.

Así, se celebraron tres conferencias para analizar las consecuencias humanitarias de las armas nucleares:

  • La primera conferencia se llevó a cabo el 4 y 5 de marzo de 2013 en Oslo, Noruega
  • La segunda conferencia se llevó a cabo el 13 y 14 de febrero de 2014 en Nayarit, México
  • La tercera y última conferencia se llevó a cabo el 8 y 9 de diciembre de 2014 en Viena, Austria

Además de lo sucedido en Hiroshima y Nagasaki en 1945, el argumento de los impactos humanitarios se apoyó en el hecho de que las Islas Marshall fueron escenario de 67 ensayos nucleares entre 1946 y 1958. Sobre ellas, Estados Unidos arrojó una carga atómica 7 000 veces superior a la bomba de Hiroshima y utilizó a sus habitantes como objeto de estudio, siguiendo muchas veces procedimientos abusivos o sin la debida información y consentimiento. Los estadunidenses realizaron 72 visitas a las ínsulas con fines de investigación a lo largo de cuatro décadas. En los documentos desclasificados sobre estos experimentos se registran efectos de la radiación sobre la salud como: alteraciones en la generación de glóbulos rojos y anemia, desórdenes en el metabolismo, inmunodeficiencias, degeneración musculoesquelética, cataratas, cánceres y leucemia, abortos, defectos congénitos o infertilidad. Las consecuencias sobre la población persisten, la mayoría de los que han sobrevivido siguen desplazados a consecuencia de la contaminación radiactiva y muchas mujeres son estigmatizadas y viven con miedo la experiencia del matrimonio y la reproducción ante la posibilidad de que la radiación siga afectando a sus descendientes.

Las Islas Marshall presentaron en abril de 2014 una demanda ante la Corte Internacional de Justicia contra las nueve potencias nucleares del mundo -Corea del Norte, RP China, Estados Unidos, Francia, India, Israel, Pakistán, Reino Unido y Rusia- acusándolas de no cesar sus carreras armamentistas nucleares. No obstante, como solo Reino Unido, Pakistán e India han reconocido la jurisdicción de la Corte, fueron los tres únicos países que quedaron sujetos a la demanda. En el caso contra el Reino Unido, las Islas Marshall denunciaron que este país había seguido con su carrera nuclear a pesar de ser firmante del TNP desde 1968. Por otra parte, sobre India y Pakistán, ninguno de los dos países ha firmado el TNP, pero las Islas Marshall alegaron el derecho internacional consuetudinario. El alto tribunal internacional desestimó en octubre de 2016 sendas demandas, sobre la base de la ausencia de disputa entre las partes, y concluyó asimismo que los jueces no pueden examinar el asunto de fondo.

El 7 de julio de 2017 fue aprobado el TPAN en el seno de la Asamblea General de Naciones Unidas. 122 países votaron a favor del mismo y sólo Países Bajos votó en contra. EEUU, Francia y Reino Unido manifestaron su rechazo a la iniciativa. Es muy importante la defensa que, del tratado, hizo el gobierno mexicano, en la voz del embajador Jorge Lomónaco quien se refirió a la postura de las potencias nucleares en los siguientes términos: “el argumento de Estados Unidos y Reino Unido resulta por lo menos curioso, al ilustrar contradicciones profundas entre la aseveración de que el tratado no servirá a ningún propósito y el reconocimiento implícito de que desataría fuerzas conducentes al desarme y sería, por tanto, un paso significativo hacia la eliminación de las armas nucleares, como sostenemos insistentemente los promotores de la iniciativa. En cualquier caso y a la luz de las consideraciones antes descritas, resulta pertinente preguntarse por qué la firme y, en ocasiones, agresiva oposición de los poseedores al inicio de negociaciones de un tratado de prohibición de armas nucleares. Si la seguridad de los poseedores, el TNP y el régimen de no proliferación no están en riesgo, si un tratado de prohibición no destruirá una sola ojiva, ¿por qué oponerse incluso al inicio de negociaciones?

Al igual que en la negoción de la Convención de Ottawa y de la Convención de Oslo sobre minas terrestres anti-personal y municiones en racimo, respectivamente, el TPAN contó con la importante participación de organismos no gubernamentales, siendo la Campaña Internacional para Abolir las Armas Nucleares (ICAN) la más decisiva. ICAN, por cierto, recibió el Premio Nobel de la Paz en 2017 por sus esfuerzos en la materia y ello le dio mayor visibilidad al tema de la prohibición de estas letales armas.

El Tratado para la Prohibición de las Armas Nucleares

El texto del tratado consta de un preámbulo y 20 artículos. Busca forzar hacia el avance de lo dispuesto en el artículo VI del TNP respecto al desarme nuclear vertical mediante la prohibición del uso y la eliminación de las armas nucleares. En el preámbulo se señala la preocupación por las catastróficas consecuencias humanitarias y medioambientales del uso deliberado o accidental de las armas nucleares puesto que no pueden ser contenidas y son de alcance global.

El preámbulo también se refiere al efecto desproporcionado de las armas nucleares sobre los pueblos indígenas (en clara alusión a los ensayos efectuados por EEUU en las Islas Marshall). Refiere la importancia de celebrar de buena fe las negociaciones para lograr el desarme nuclear. Con el matiz de concluir las negociaciones y no sólo mantenerlas, el tratado está incluyendo la opinión de la Corte Internacional de Justicia, la que, en su momento, señaló que el artículo VI del TNP obliga a un resultado concreto, no a mantener el statu quo.

El artículo 1 prohíbe a los Estados parte desarrollar, ensayar, producir, fabricar, adquirir, poseer, almacenar, transferir, controlar, usar o amenazar con usar armas nucleares u otros dispositivos nucleares, así como ayudar, solicitar ayuda, alentar, o inducir a otros a cualquiera de estas actividades. También prohíbe el emplazamiento, la instalación o el despliegue de armas nucleares u otros dispositivos nucleares en su territorio o en cualquier lugar bajo su jurisdicción y control.

El artículo 4 prevé los pasos a seguir para que, quien haya destruido o eliminado las armas nucleares que poesía antes de la entrada en vigor del TPAN, sea verificado, en tanto que también se explica el procedimiento para que, cuando una potencia nuclear se sume al tratado, inicie el proceso de destrucción y eliminación de sus arsenales nucleares.

Los artículos 6 y 7 se refieren a las reparaciones y asistencia que se debe otorgar a las víctimas de las armas nucleares, que además de Hiroshima y Nagasaki incluyen a las personas perjudicadas por las explosiones nucleares realizadas en Argelia, Australia, RP China, Corea del Sur, EEUU, India, Islas Marshall, Kazajstán, Kiribati, Pakistán, Polinesia Francesa, Rusia, Turkmenistán, Ucrania y Uzbekistán y que jamás han sido atendidas adecuadamente y ni siquiera se ha visibilizado su situación. Los artículos del tratado no mencionan por sus nombres a países ni territorios afectados por las armas nucleares, pero el planteamiento es lo suficientemente claro como para dilucidar de quiénes se trata.

En esos artículos también se establece la obligatoriedad de subsanar el daño ambiental provocado por el empleo de armas nucleares. Este tema es crítico en el Pacífico Sur, donde se realizaron unas 300 explosiones nucleares atmosféricas entre 1946 y 1996 en lugares/atolones como Bikini, Enewetak, Kirtimati, Kalama, Malden, Mururoa y Fangataufa.

Los artículos 8 al 20 explican el funcionamiento del tratado y no son tan controvertidos como los arriba señalados. El 8 habla de las reuniones y conferencias revisoras de los Estados parte, y la periodicidad con la que deberán desarrollarse. El artículo 17 señala la vigencia del TPAN, que será ilimitada y también establece el procedimiento para un Estado que forme parte de él, se retire.

El tratado no ha sido firmado por ninguna de las potencias nucleares y, paradójicamente, tampoco por Japón, país que vivió los horrores de las armas nucleares en su propio territorio, como se explicaba, en la segunda guerra mundial. Ello obedece a que el país asiático se encuentra bajo la sombrilla nuclear estadunidense, amén de que la administración de Donald Trump presionó fuertemente a sus aliados para que no se sumaran a la iniciativa.

Otros ausentes son los países europeos, que salvo Austria -fuerte impulsor del TPAN-, Irlanda, Malta y la Santa Sede- mantienen importantes compromisos estratégicos con Estados Unidos y, muchos de ellos, con la OTAN la cual en su doctrina no ha renunciado al primer uso de armas nucleares. Llama la atención, sin embargo, la ausencia de Suecia, Suiza y Finlandia quienes, al igual que Austria e Irlanda han mantenido históricamente políticas de neutralidad que, al menos en teoría, posibilitarían su adhesión a un instrumento como el TPAN.

Sobrevivientes de la bomba yacen en camas en Hiroshima. (Archivo de Historia Universal / Getty Images)

En contraste con lo anterior, son los países en desarrollo los que han tenido una respuesta favorable al TPAN. Sin ir más lejos, La participación de países latinoamericanos es notable. Además de México, promotor de la iniciativa y de Honduras, que fue el 50° Estado en ratificar el instrumento jurídico allanando el camino para su entrada en vigor, Antigua y Barbuda, Belice, Bolivia, Costa Rica, Cuba, Dominica, Ecuador, El Salvador, Jamaica, Nicaragua, Panamá, Paraguay, Saint Kitts & Nevis, Santa Lucía, San Vicente y las Granadinas, Trinidad y Tobago, Uruguay y Venezuela han hecho lo propio, lo que coloca a la región latinoamericana y caribeña como un pilar del TPAN. El país de más reciente adhesión es Seychelles, quien ratificó este instrumento jurídico el 9 de julio pasado. En cualquier caso, de las 55 ratificaciones hasta ahora realizadas, 20 las han hecho las naciones de América Latina y el Caribe, lo cual puede explicarse por la vocación antinuclear del área donde nació la primera zona habitada libre de armas nucleares a nivel mundial mediante el Tratado de Tlatelolco.


La adhesión de Sudáfrica, país que en los tiempos del apartheid desarrolló en Pelindaba un programa nuclear, es de destacar. El apoyo decisivo al TPAN de Nueva Zelanda y de diversos territorios insulares en el Pacífico Sur es de destacar, en un área, como se explicaba, donde diversas potencias hicieron explosiones nucleares provocando un daño ambiental y humano enorme. Es también interesante la adhesión de Palestina, considerando el programa nuclear de Israel y las dificultades que entraña la desnuclearización y, en general, la creación de una zona libre de armas de destrucción en masa en Medio Oriente.Fuente: ICAN.

La entrada en vigor del TPAN es un enorme logro, pero no significa en modo alguno que ello llevará a la desaparición de las armas nucleares de la faz de la Tierra de la noche a la mañana. Como se explicaba, las potencias nucleares son escépticas y no parecen dispuestas a renunciar a arsenales a los que aprecian como poseedores de un enorme valor estratégico. Pero ello no debe desanimar a la comunidad internacional. Muchos tratados internacionales arrancaron con pocos adherentes y hoy son normas de vocación universal ratificadas por buena parte de las naciones. Sin ir más lejos, el Tratado de Tlatelolco no contaba, en sus orígenes, con la participación de varios países de la región. Sin embargo, con el tiempo todos los Estados latinoamericanos y caribeños con el tiempo se sumaron y hoy el Tratado de Tlatelolco es una de las zonas libres de armas nucleares más robustas a escala planetaria, habiendo inspirado a otras partes del mundo a seguir sus pasos.

Por ahora es válido celebrar que, en plena pandemia, cuando la atención mundial está centrada en una contagiosa enfermedad como lo es SARSCoV2, agente causal del COVID-19, no se haya dejado pasar la oportunidad de que, en el marco del 75° aniversario del nacimiento de la ONU y también de los dramáticos acontecimientos en Hiroshima y Nagasaki, se ponga en marcha al TPAN, que se perfila claramente como el principio del fin para las armas nucleares. Por cierto, el próximo 8 de agosto culminarán los Juegos Olímpicos que se celebran en Tokio. Sirva la ocasión para recordar los dramáticos acontecimientos de Hiroshima y Nagasaki y reivindicar la lucha para que nunca más el mundo viva los horrores de las armas nucleares.

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