viernes 12 abril 2024

Armas, soledades e hipocresías

por José Antonio Polo Oteyza

Malcolm Gladwell, gran periodista canadiense, ha estudiado a profundidad el tema de las masacres en escuelas en Estados Unidos. Para ello, se apoyó en el trabajo sobre los disturbios de un sociólogo estadounidense, Mark Granovetter, quien afirma que dichos eventos se alimentan de decisiones tomadas en función de límites individuales: hay gente de “frontera cero”, el primero en lanzarse al disturbio, el radical; luego hay quienes se lanzan si ven a alguien más hacerlo, o dos, o tres, y así hasta la gente “decente” que no participaría… a menos que todo mundo lo haga.

Gladwell piensa que la masacre de Columbine, Colorado, de 1999, en la que dos jóvenes mataron a 12 compañeros y a un profesor, marca un punto de inflexión porque los asesinos crearon una suerte de guión fundacional, con sus videos, sus cartas, su manifiesto. Muchas de las masacres que vienen después son versiones de Columbine y, al normalizarse, habrían cerrado la brecha entre los radicales y quienes no lo son. La idea de que hay un ejército de enfermos listos para matar estaría entonces equivocada. La conclusión sería peor: al acumularse las masacres, los límites de participación bajan, y buena parte de los nuevos asesinos serían simplemente jóvenes alienados entrando a una especie de disturbio en cámara lenta. Desde luego que la proliferación de armas no ayuda en nada, pero las prohibiciones tampoco serían una solución cuando hay un problema sociológico de esa envergadura.

Cada país tiene sus demonios. En una editorial reciente, el periódico El País comenta que, en el juicio por los atentados terroristas en París en el 2015, el cual acaba de concluir, quedó claro que los terroristas eran “individuos ordinarios, más bien perdidos, no muy sofisticados y tampoco superhéroes diabólicos”. En México, el tema de las armas y el terrorismo se aborda desde la más burda hipocresía. MORENA fraterniza con todo tipo de violencias, mientras su gobierno no establece ningún tipo de control en la frontera, le avienta la culpa de los muertos acá a los fabricantes de armas allá, y vende la tontería de que abrir cuarteles como si fueran panaderías, y la orden de brazos caídos, y el abandono de las policías, y repartir las migajas del derroche entre los pobres, y mentir a raudales, y rendir a los medios, es una estrategia de seguridad. Y llegan, y llegarán, los gritos duros, que tienen antecedente de buena acogida. Hace ya varios años, un candidato a gobernador hizo campaña con el lema de que los Derechos Humanos no eran para las ratas. Ganó. Hace unos días, hubo quien propuso una reforma que permita a la gente armarse para defenderse. Desde luego, quienes se lanzaron contra el discurso oportunista hacen bien, alguien tiene que señalar al tobogán de la barbarie, pero sin ingenuidades estaría mejor: a ningún mexicano nadie le tiene que explicar que nadie lo va a cuidar, y tampoco es que exista mucha consideración que digamos por lo que digan los legisladores o el código penal.

En Estados Unidos o en Francia o en México, los asesinos comparten marginación y falta de propósito. Están solos, muchos en busca de un guión. En algunos lados lo actúan con armas siempre a la mano. En otros, el horror se enfrenta con juicios de verdad, con Estado de derecho. En cualquier sitio, defenderse cuando un gobierno claudica es perfectamente racional, y si es armado, mejor. Es aquí el caso, y con estas justificaciones individuales es que se pavimenta el camino hacia el fascismo caótico al que México se adentra.

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