miércoles 24 abril 2024

Bosquejo de una Anatomía

por Germán Martínez Martínez

La experiencia humana está llena de complejidades, pero no siguen la retórica del suspenso, ni son drama judicial irresuelto que arroje sólo una sentencia; aunque a veces lo parezcan. La película Anatomía de una caída (2023), cuarto largometraje de ficción de la directora Justine Triet (1978, Francia), recibió la Palma de Oro en el Festival de Cannes, acaso el Premio Nobel del cine, aunque se otorgue a una creación específica y no al conjunto de la obra de un artista. El filme es disfrutable en varios sentidos, pero probablemente pertenece al extenso catálogo de buenas películas menores. Ante esto —aunque suelo criticar como desviaciones a las aproximaciones no cinemáticas— hacia el final quiero especular acerca del vínculo del planteamiento de esta cinta con la gran transformación de nuestro tiempo, lo que acaso escapa a las intenciones de su autora.

Anatomía de una caída cuenta las historias alrededor —hacia el pasado y el futuro— de la muerte de Samuel (interpretado por el actor Samuel Theis). Hay, cuando menos, cuatro explicaciones plausibles de su fallecimiento: se suicidó arrojándose del ático de su casa en los Alpes franceses —en su pueblo natal, cerca de Grenoble—, o su esposa, la escritora Sandra Voyter (Sandra Hüller), lo golpeo en la cabeza provocando la caída, o alguien entró por motivos desconocidos a la casa hirió y empujó a Samuel al vacío o, llanamente Samuel cayó por la ventana debido a algún accidente. El hijo de ambos, Daniel (Milo Machado Graner) padece graves limitaciones visuales por haber sido atropellado, encuentra el cuerpo de su padre y se vuelve pieza testimonial significativa en el juicio que trata de elucidar si Sandra fue responsable de la muerte; un proceso que se extiende por más de un año. Mientras tanto, el perro Snoop es testigo de la convivencia familiar y de la causa judicial; personaje destacado por sus movimientos y expresividad, dada en buena medida por el montaje del material. El perturbador ruido de un tambor de metal —en una versión instrumental de la canción “P.I.M.P.” del rapero apodado 50 Cent— sale de una computadora y una bocina, regresando durante la película.

Cuando se habla sobre de qué trata una película hay cuando menos dos opciones: es una pregunta sobre la secuencia de la trama o acerca de los temas abordados a través de ella. En este último sentido las alternativas se multiplican con habilidad en Anatomía de una caída: el estruendo musical puede haber sido una manera en que Samuel buscaba molestar a Sandra, porque quizá él vivía frustrado por no escribir aunque decía querer hacerlo, encontrándose siempre a la sombra de la notoriedad literaria de su esposa, quien encima de todo tuvo amoríos con varias mujeres, lo que provocaba celos en Samuel; además la familia vive dificultades económicas y acaso Samuel cargue la culpa del accidente que dañó la vista de su hijo, acercándose peligrosamente a un momento ya insoportable. La disputa en la pareja se mezcla con el sentimiento de fracaso de Samuel, quien graba las voces de la convivencia diaria con su familia e incluso provoca suspicacia sobre si fue capaz de propiciar una pelea para grabarla. El abogado defensor de Sandra insiste que lo importante no es lo que pasó sino lo que resulta creíble para culparla o exculparla; un presentador de televisión, a su vez, habla sobre cómo resulta más atractivo que una escritora mate a su marido sobre que un hombre decida suicidarse.

Al salir de la corte, Sandra declara que “hubo demasiadas palabras en este juicio”. En efecto, las cintas fundadas en el esclarecimiento de un crimen o una muerte suelen adolecer de verbosidad, porque involucran transmitir mucha información para que funcione la intriga. No es que el cine no pueda estar hecho también de palabras, pero ocurre con frecuencia que se resuelven de manera verbal cuestiones que merecerían ser creadas audiovisualmente. Sin embargo, Anatomía de una caída no es informativa: no tiene prisa en compartir la condición visual del niño, ni la profesión de un hombre que llega a la casa después de la muerte de Samuel, ni siquiera en comunicar el nombre de la escritora. Las imágenes de Triet son útilmente narrativas contenidas pero con algo de audacia en el emplazamiento de la cámara, lo que promueve profundidad en interiores y exteriores. Los movimientos de los dispositivos de los personajes y las tomas de la televisión son parte de la visualidad de la película. Asimismo, la actuación de Sandra Hüller es más creíble que el desempeño de mucha gente en la vida cotidiana.

Las versiones de expertos que durante el juicio buscan explicar unas salpicaduras de sangre son excluyentes entre sí. La película de Triet inmersa en la disputa de las interpretaciones parece postular una teoría literaria. Se hace notar que la obra de Sandra mezcla realidad y ficción, provocando el deseo de descubrir cuál es cuál. Asimismo, Sandra desarrolló un libro suyo a partir de la idea proveniente de algunas páginas de un borrador de Samuel con su consentimiento; lo que linda con cuestiones de autoría. El fiscal y el abogado defensor debaten incluso sobre autoficciones, con el defensor lanzando una conclusión: “transcribir no es escribir”. El hijo —acaso como lector inventivo— sabe que hay una línea de acción que lo lleva a entender, mientras otra lo deja en la incomprensión. A su vez, en la televisión, cerca de la conclusión del juicio, un programa recupera una declaración en que Sandra dice: “mi trabajo es borrar huellas, para que la ficción destruya la realidad”. Aquí es precisamente donde hay un problema si se vincula Anatomía de una caída con su contexto.

Conviven una pareja de artistas en cierta competencia, la importancia de una salpicadura e incluso la dificultad de comunicación entre diferentes idiomas, pasando por la neutralidad o no del inglés. Una pelea, argumenta Sandra en el juicio, es un pico, “no es la realidad”. Su abogado le ha dicho que el juicio no es sobre la realidad sino sobre cómo la gente la percibe a ella. Quizá la juez esté sola en suponer que el proceso es para conocer la verdad. En dilucidar lo sucedido interviene la reconstrucción virtual, la imaginación del niño, las recreaciones con maniquíes; es decir, formas del artificio. Tenemos así una película que es defectuosa teoría hermenéutica para el siglo XXI: lejos de completar la investigación sobre el carácter de los hechos, del encontronazo con la dificultad de conocerlos se deriva un factor más para cuestionar la posibilidad de verdad o, al menos, de alguna certeza; se trata, en cambio, de intencionadamente diseñar la confusión. Así, la Anatomía de una caída de Justine Triet se presenta como si encarara la complejidad, pero no puede evitar integrarse en un entorno en que no son escasos los bribones, desde colegas creadores —más propensos a la decoración que a la exploración de los medios de su arte— hasta gobernantes que se atreven a sugerir un mundo al revés, para descalificar a sus opositores, cuando de hecho atacan procedimientos democráticos diciéndose demócratas. El azar, la arbitrariedad y la verosimilitud se convierten en elementos de la construcción social de una realidad maleable a la que no tiene caso intentar aclarar.

Vivimos atravesando certidumbres: no hay duda cuando nos enamoramos, no hay duda cuando observamos el deterioro de nuestros padres enfermos y próximos a morir, es difícil que alguien se pregunte si siente algún malestar tras el rompimiento de su pareja; es altamente probable que los padres sientan inmensa alegría por el nacimiento de sus hijos, que experimenten horror cuando los ven sufrir; el hambre no es debate metafísico sino condición palpable que nos acecha varias veces al día. Más allá de estas circunstancias, a pesar de su dificultad el conocimiento es posible, a pesar de dudas promovidas desde las filosofías, a pesar de la multiplicación de burócratas populistas —que siembran y cosechan engaño— y a pesar de la acción desde otros frentes, como la contribución a la confusión general de relatos populares como Anatomía de una caída. El cine se cumple en ser creación audiovisual, pero conlleva múltiples e inesperadas consecuencias. Jugando a ser inteligentes hay cineastas que quizá no se percatan de su eventual contribución al oscurantismo que se extiende en las sociedades. ¿Debería ser de otra manera? No, pero deben asumirse responsabilidades.

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