sábado 15 junio 2024

Claudia, absolutista

por Jorge Triana

El tercer y último debate presidencial fue un encuentro revelador sobre la naturaleza del proyecto que defiende Claudia Sheinbaum, su intolerancia y su personalidad arrogante. Este debate no mostró nada inesperado, pero sí nos dejó ver con más claridad las intenciones de Sheinbaum de cimentar constitucionalmente un régimen autárquico en México.

Claudia Sheinbaum ya había exhibido su talante autoritario cuando apoyó sin cuestionar la propuesta presidencial para eliminar los órganos constitucionales autónomos, transformando la Suprema Corte y el INE en entidades controladas por el presidente en turno. Este respaldo indica su deseo de concentrar el poder y debilitar los contrapesos institucionales. En el debate, esta intención se hizo más evidente. Sheinbaum defiende un autoritarismo no basado en el carisma de un líder, sino en una estructura que someta a los poderes Legislativo y Judicial a su control.

Durante el debate, Sheinbaum defendió vehementemente este proyecto de gobierno vertical e irreflexivo. No es simplemente la continuación del obradorismo, sino su propio plan de eliminar, por ejemplo, la representación proporcional, silenciando así a las minorías en el Congreso, y mantener la prisión preventiva oficiosa, llenando las cárceles de personas no condenadas. En el debate y posteriormente en Televisa, en el programa Tercer Grado, Sheinbaum se mostró orgullosa de su intención de eliminar la Corte como tribunal constitucional, argumentando que los ministros se extralimitan al revisar la constitucionalidad de las leyes aprobadas por la mayoría parlamentaria. Para Sheinbaum, las formas constitucionales parecen irrelevantes, anunciando así su deseo de un México sin régimen constitucional, donde el grupo en el poder (encabezado por ella) decide sin respetar derechos ni formalidades.

Durante el debate, Sheinbaum en ningún momento miró a su contendiente, reflejando así su desprecio por quien piensa distinto. Al final de su intervención, delineó su visión maniquea: de un lado están los buenos, los honestos, los patriotas; del otro, los corruptos y traidores. Esta visión es propia de una autócrata, de alguien que afirma que la democracia es monopolio de ella y de su grupo político. Quien sostiene que la democracia le pertenece en exclusiva, aspira a construir una dictadura.

Sheinbaum sugirió que la crítica es una insolencia a su dignidad como presidenta, a la “investidura presidencial” que solo está esperando formalizarse a través de un “trámite” el próximo 2 de junio. Este desdén por la pluralidad de ideas y su actitud soberbia revelan claramente dos señales alarmantes: su proyecto de liquidar la democracia constitucional y su personalidad autoritaria.

No hay duda, en esta elección México se juega todo; la ciudadanía deberá decidir entre democracia y pluralismo de un lado, y autoritarismo e imposición del otro.

Un eventual arribo de Claudia Sheinbaum a la presidencia podría anidar un régimen liberticida, poniendo en peligro los principios democráticos que han sido arduamente construidos por décadas. Es fundamental que el electorado reflexione sobre estas señales y considere las implicaciones de un liderazgo que menosprecia los contrapesos y las minorías, y que aspira a una concentración de poder sin precedente alguno.

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