miércoles 22 mayo 2024

Defender al INE es defender lo mejor de la historia de México

por Walter Beller Taboada

La defensa del INE es una defensa cultural. Freud, en El porvenir de una ilusión partió de una premisa: aunque el ser humano es producto y deudor de la cultura, el inconsciente del sujeto individual, y en la masa, busca destruir la cultura.

Al lado de las tendencias para someter al otro, al prójimo, en lo económico y en lo sexual, «todo individuo es virtualmente un enemigo de la cultura». Y añade Freud: «Por eso la cultura debe ser protegida contra los individuos»; en este sentido, «sus normas, instituciones y mandamientos cumplen esa tarea» de preservación de los bienes culturales, sin los cuales estamos destinados a retroceder a la barbarie, a la imposición del más fuerte y a la arbitrariedad de quienes detentan el poder.

El Instituto Nacional Electoral no surgió de la nada, sino que es un institución creada por el impulso de la –hoy desfallecida– «sociedad civil»; surgió como demanda profunda de ella y en confrontación con los abusos reiterados del poder político. La sociedad mexicana venía queriendo instaurar un régimen realmente democrático, contrario a la simulación que se vivía por el autoritarismo casi absoluto de la era del partido único, y de las genuflexiones del prototipo de sumisión a la manera del “lo que usted diga, Señor Presidente” (mayúsculas obligadas para enfatizar el servilismo o el temor ante el sátrapa en turno).

Las primeras muestras de rebeldía contra la omnipresencia gubernamental se dieron de forma espontánea, valiente, arriesgada y en muchos sentidos temeraria. Fueron los movimientos sindicales de los ferrocarrileros y de los médicos, junto con las constantes inconformidades campesinas. Alcanzaron, tiempo después, a los sectores medios de la población que acompañarían con simpatía a los estudiantes del 1968.

Una idea muy incipiente de democracia iba dejándose ver en las calles de la Ciudad de México. Carteles y pancartas contra el PRI-Gobierno fueron dando una inesperada fisonomía a la urbe, si bien de manera efímera pues la represión no quería que hubiese otra pedagogía diferente a la suya: por eso los agentes gubernamentales destruyeron todas aquellas expresiones rebeldes, «alternativas», ajenas al gobierno. Un corazón despertaba y pedía continuar, aunque sorteando riesgos y represalias. Como quiera que sea, los símbolos contra el autoritarismo (es decir, la antidemocracia) ya habían cobrado vida en el alma de la urbe.

También es cierto que la inconformidad contra el autoritarismo gubernamental encontró otra salida en el «foquismo» y la lucha guerrillera que, desde luego, no significaban ni significan inclinación por la democracia, sino más bien lo contrario (más se hacía bajo la consigna de lograr la «dictadura del proletariado»).

¿Bipolar?, ni en política

El mundo fue cambiando y México también, quizá más lentamente. Durante los años setenta, en plena Guerra Fría, se empezaron a buscar «terceras vías». El mundo bipolar no alcanzaba a cubrir las necesidades y los anhelos de enormes grupos poblacionales que estaban fuera de la égida de EUA o de la URSS. Los propios partidos comunistas en Europa tuvieron que dar un giro hacia el reconocimiento de la democracia. Había motivos y motivaciones. La llamada Primavera de Praga, un intento de otorgar derechos a los ciudadanos y siendo la búsqueda de “un socialismo con rostro humano”, intentaba conciliar el régimen comunista con una embrionaria democracia. El estalinismo no lo permitió (con la invasión de tropas soviéticas en1968), como tampoco habría de permitir la CIA el experimento de Salvador Allende en Chile (con el golpe militar, en septiembre de 1979).

El Eurocomunismo, una opción contra el modelo político y económico de la URSS, parecía encontrar un camino independiente del estalinismo, el cual aún hacían recordar, hasta en los años 70, cómo fue que bajo el pretexto de la defensa de “La Nación”, de “La Patria”, se ejerció un poder brutal y despiadado contra los opositores, con “purgas” y encarcelamientos fuera de toda justicia. Ya se sabe la consigna de los tiranos: están conmigo o contra mí. Pero como nada es para siempre, la caída del Muro de Berlín (9 de noviembre de 1989) significó que el «socialismo real» era política, social, económica y moralmente insostenible. El mundo tenía que reorganizarse. Paulatina, pero inexorablemente caminamos hacia la globalización, la economía de mercado y la defensa de los derechos humanos.

Junto con los impresionantes cambios tecnológicos que inauguraron la era digital, también vinieron las reformas en distintos países antes dominados por la URSS, como fue el caso de la reconversión de China, Vietnam, Corea del Sur. Por otro lado, la insistencia de una «tercera vía» en Inglaterra y otros países (queriendo conciliar el mercado con el Estado de Bienestar) encontró severos inconvenientes para instaurar regímenes del tipo de la socialdemocracia.

En nuestro México

Por su parte, la sociedad civil en México se fue constituyendo como fuerza y expresión de aquellos aspectos de la vida social que el gobierno dejaba de lado, sea por incomprensión, por incompetencia o porque socavaban las bases del control gubernamental que el PRI no estaba dispuesto a soltar. El sindicalismo independiente («independiente» quería referirse a la autonomía sindical y contra la vigilancia del gobierno) fue una expresión parcial de la sociedad civil. Las acciones de los individuos y grupos sociales espontáneos durante los terremotos de 1985 fueron una expresión de la vitalidad impensada de la sociedad civil. La creación de las Organizaciones No Gubernamentales (término tomado de la ONU) fue una clara manifestación de la sociedad civil.

Es consustancial a la sociedad civil la defensa de la cultura y del diseño democrático del país. Por eso, la noción de «autonomía» institucional representa un símbolo de las conquistas de la sociedad civil. El Banco de México, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, principalmente, se sumaron a otra gran obra civilizatoria en México: la autonomía de la UNAM.

Fue la fuerza de buena parte de la sociedad civil la que provocó la alternancia en el poder gubernamental. Justamente, se trata de un logro conquistado por la transformación de lo que se llamó el Instituto Federal Electoral, adquiriendo entonces el calificativo de «ciudadanizado».

Transformación del IFE en INE.

El IFE dejó de estar bajo el control de la Secretaría de Gobernación, con el fin de alcanzar elecciones libres, fiables y creíbles. Los ciudadanos creyendo en ciudadanos. Una apuesta en favor de la cultura democrática y de las instituciones. Una apuesta para que prevalezca la ley y no la arbitrariedad. Ha sido un hito en la historia del país, acostumbrado éste al fraude y la opacidad de los gobiernos federal y local para ocultar triquiñuelas deleznables.

Barbarie o cultura

Pero las fuerzas contrarias a la cultura y la civilización están al acecho constantemente.

Las masas, señalaba Freud, se mueven por la ignorancia y la irracionalidad de las reacciones viscerales, pues «no aman la renuncia de lo pulsional», que es la destrucción por la destrucción misma. Además, «es imposible convencerlas»; no hay argumentos que sirvan para entender, por ejemplo, que un país no puede darse el lujo de tener gastos extraordinarios en estadios de béisbol cuando la escasez de medicamentos ha puesto en jaque y en predicamento grave el derecho a la salud de los mexicanos.

Toda las campañas para debilitar al INE, asfixiándolo financieramente, no son ajenas a los anhelos de la llamada 4T contra la cultura y la educación. La ofensiva contra las universidades públicas y privadas, contra académicos y estudiantes del CIDE, o bien, el impulso de una versión trasnochada que intenta inventar la historia de México en libros de texto sin rigor científico, así como el desprecio por la ciencia en cuanto al COVID se refiere y la manipulación ignominiosa de las vacunas, forman un todo orgánico que comprende también los retrocesos, basados en la ignorancia, en el terreno de las industrias petrolera y eléctrica. Retrocesos que dañarían brutalmente al país, si no se detienen.

Diríamos, con Freud, que se trata de la misma pulsión que destruye por el capricho de destruir.

Lo que la sociedad civil ha construido para contar con instituciones y leyes, quisiera ser abolido por las masas que son incapaces de admitir que su líder engaña con ilusiones donde él y solo él es el todo poderoso, por encima de cualquier otro poder, es decir, por encima de la cultura.

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