jueves 29 febrero 2024

Del Imperio a la República

Decima séptima y última parte

por Manuel Cifuentes Vargas

Epílogo

Como en este año se está cumpliendo el bicentenario de la eliminación del Imperio y, en sustitución de éste, el de la instauración de la República, fue la razón por la que a esta serie de artículos la titulamos “Del Imperio a la República”, en los que se abordaron acontecimientos que consideramos clave en el lapso que va de la creación del primer Imperio mexicano  hasta el momento del parto  en el que se empezó a asomar la República, la cual se ha mantenido con firmeza, superando la prueba, ante el regreso de otra monarquía tiempo después, que también resultó ser temporal; esto es, el del segundo Imperio, que corrió paralelo con la República en la lucha por el país.

Son múltiples los bicentenarios de varios importantes sucesos políticos que se dieron en este corto ciclo, por lo que vamos a hacer un ligero recuento de éstos, a manera de colofón, para bajar la cortina de este recordatorio histórico.

En apretado resumen cronológico, visto a vuelo de pájaro, estos fueron los momentos estelares de esta temprana etapa histórica del México Independiente. El 24 de febrero de 1822 se instaló el Congreso Constituyente. Elige emperador a Agustín de Iturbide el 19 de mayo de ese año y lo corona el 21 del mismo mes. El emperador disuelve al Congreso el 31 de octubre del citado año. El 2 de noviembre se instala una Junta Nacional Instituyente en sustitución del Congreso. Esta Junta preparó un proyecto de Reglamento Provisional Político del Imperio Mexicano, fechado el 18 de diciembre de 1822, el cual se dio a conocer al pleno de la expresada Asamblea el 31 del mismo mes y año. Después del triunfo del alzamiento armado en contra del emperador, a propuesta del Consejo de Estado del 3 de marzo de 1823, por decreto de ese mismo día el emperador convoca a la reinstalación del Congreso para el día 4, pero realmente lo hizo hasta el día 7. El 6 de marzo de este mismo año se disuelve la Junta Nacional Instituyente. El 18 de marzo se presenta la renuncia del emperador al Constituyente; sin embargo, éste decide revocarle el título de emperador el 8 de abril de ese año. El 30 de marzo el Constituyente nombra un triunvirato con estampa republicana encargado de ejercer provisionalmente el Poder Ejecutivo. Aunque no llegó a aprobarse, el Congreso conoció y se leyó en sesión del 28 de mayo, un proyecto de Plan de la Constitución Política de la Nación Mexicana, heredando claros trazos de corte republicano que pudieran ser útiles al siguiente Congreso para la elaboración de la Constitución. En el mes de junio, con la emisión de algunos documentos pronunciándose en favor de la Republica Federa, dicha Asamblea abandona su papel de Congreso Constituyente, al ser orillado a quedarse solo como convocante a un nuevo Constituyente y, finalmente, el Congreso se despide el 30 de octubre al cerrar sus puertas, dando por terminada su permanencia. Valga decir que figuradamente, ese día se escucharon las palpitaciones de campanas a manera de réquiem por este primer Congreso Constituyente.

Ahora bien, valga agregar algunas líneas más sobre la que podría estimarse como una de las aristas más importantes de este periodo, como lo fue no reconocer el título nobiliario de emperador que le había otorgado el Congreso a Iturbide, y la extinción del Imperio como forma de Estado por parte del Congreso Constituyente, ya que jurídicamente la primera decisión pudiera considerarse discutible.

En mi opinión, me parece que política y jurídicamente no fue del todo válida la figura de la anulación de la designación del emperador por parte del Congreso Constituyente porque, como luego se dice, “haya sido como haya sido”; esto es, aún con presiones en el momento de su ungimiento, este Organo Constituyente lo eligió, y aunque haya sido “a regaña dientes” por parte de algunos constituyentes, esta Asamblea lo aceptó y trabajó con él con esa investidura nobiliaria, aunque por poco que haya sido el tiempo, hasta que la desapareció el emperador. Me parece que sería tanto como desconocer el Congreso sus propios actos, los cuales no fueron calificados formalmente de viciado en sus inicios. Por lo anterior, me quedo con la posición de que el Congreso debió quedarse con el hecho de la renuncia del emperador y seguir con esta lógica, porque a final de cuentas se estaba logrando prescindir del emperador, así como decidir en su calidad de Constituyente soberano, tal y como lo hizo, el futuro del país en cuanto a su forma de Estado. Es decir, en plenitud de su soberanía, en la transfiguración de un Imperio a una República.

El Congreso, como también dicen algunas expresiones populares, “le cobró la factura” a Iturbide, “y muy caro”, por haber atentado contra este cuerpo constituyente, firmando las actas de defunción política tanto la del emperador como la del Imperio. Así como Iturbide lo deshizo, el Congreso, una vez reinstalado, también lo desconoció a él, y de paso “mató” al Imperio, “mandando a calacas” a los dos de manera definitiva y para siempre. De esta manera, el Congreso le dió vuelta a la página, para abrirle la puerta a una nueva figura: la República.

Ni el Congreso Constituyente ni la Junta Nacional Instituyente, no obstante que el primero fue llamado para expedir una Constitución y la segunda para elaborar un Proyecto de Constitución, no cumplieron con este encargo. Lo más que hicieron, el primero, como se dice líneas arriba, fue un sencillo proyecto de Plan de Constitución Política para el país, que fueron puntos como sugerencia de líneas para la futura Constitución que expediría el nuevo Congreso Constituyente de la era republicana. Y la segunda, logró formular un Proyecto de Reglamento para la administración del gobierno imperial, pero no el proyecto de Constitución que se le pidió hacer. Claro, a ambos órganos legislativos, hay que dejarles merecidamente el beneficio de la duda, pues no creo que no los hayan querido hacer, puesto que para eso los convocaron, sino que por los acontecimientos políticos que se presentaron, y no les quedó de otra, no tuvieron el tiempo planeadamente pensado para cumplir con su cometido, al tener que esfumarse del escenario político nacional.

Dicho sea de paso, a propósito del nombre con que hemos bautizado a esta serie de artículos, pareciera que en los hechos más bien es al revés; que ahora el péndulo va de regreso; es decir, de la República al Imperio, por la forma de la conducción del país en nuestro tiempo, ya que el gobierno actúa y se conduce con una mentalidad imperial, nada más que sin corona, camuflado en una República, donde los presidentes hacen y deshacen al país casi a su antojo, capricho y libre albedrio, por ese disque abrigo meta constitucional mal entendido que dicen tener, y que malamente también se les ha consentido por esa mentalidad atávica monarquista que en el inconsciente político traemos arrastrando y que tanto daño a hecho.

De ahí la imperiosa necesidad de hacer un urgente rediseño constitucional bien meditado y responsable para atemperar el poderío presidencial que detentan y que los hace políticamente intocables y por momentos hasta impunes, amortiguándolo con más, mejores, eficaces y profesionales contrapesos en el ejercicio del poder público. Claro, para eso es indispensable contar con un verdadero Poder Legislativo independiente, serio, responsable y profesional, cociente del valor, razón, esencia y misión del vital y trascendental papel que juega en la auténtica, real y constitucional División de Poderes, donde se ponga por encima la legitima soberanía y la Constitución. Política y cívicamente necesariamente tenemos que irnos educando todos, gobernantes y gobernados, para asegurar el mejor vivir, sin sobresaltos ni empoderamientos indebidos e indeseables que trastocan a las instituciones, al Estado de Derecho, la salud de la democracia y que lastiman al país.

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