viernes 01 marzo 2024

Documentar una Villa olímpica

por Germán Martínez Martínez

Villa olímpica es el nombre con que se conoce un conjunto de 29 edificios de departamentos en el sur de la Ciudad de México; hoy es también el título de un documental (2020) de Sebastián Kohan Esquenazi. La “villa” fue originalmente el complejo habitacional construido para alojar a miles de atletas olímpicos y reporteros de los juegos de 1968. Desde el momento de su planeación —además de servir a tales visitantes— el propósito era vender posteriormente esas viviendas a citadinos (esquema que se ha repetido en urbes que hospedan las olimpiadas). La represión ejercida por las dictaduras militares que en los años setenta y ochenta se establecieron en países de América del Sur dio pie a que un alto porcentaje de los habitantes de Villa olímpica fueran exiliados quienes —para preservar sus vidas y las de sus familias— abandonaban sus países. Villa olímpica captura la experiencia de niños nacidos en Argentina y Chile que crecieron en ese reducto de México.

El documental es, por lo pronto, parte del ciclo Talento Emergente de la Cineteca Nacional (anunciado para concluir el 24 de septiembre de 2023 pero que padeció desarreglo en su programación: terminó antes y, sobre todo, el desorden de las funciones dificultó al público verlo). Villa olímpica es un documental emocional y de lenguaje convencional, lo que no es problema sino razón de su encanto. Además de las vivencias que refleja, Kohan Esquenazi maneja con ingenio las imágenes y logra un convincente tono de buena cara ante la adversidad. El documental es tradicional en tanto que acude a la herramienta de los entrevistados a cuadro y a la ilustración de lo que dicen, pero es ingenioso en tanto que recurre lúdicamente a maquetas, animaciones intencionadamente evidentes y hasta a algunas dramatizaciones. El director también usa fotografías —a color y blanco y negro— y metraje de archivo, quizá proveniente de las primeras cámaras de video caseras disponibles. La musicalización es sentimental, lo que concuerda con el sentido general del filme. En el caso de Villa olímpica lo convencional y emocional funciona.

El documental Villa olímpica es el segundo largometraje de Sebastián Kohan Esquenazi.

Un fragmento de metraje de archivo revela la tensión social que surge del dispendio de organizar una olimpiada: en una cinta propagandística el locutor afirmaba que una vez pasada la competencia deportiva esos edificios —de los que se mostraba su proceso de construcción, al lado de imágenes de las olimpiadas mexicanas— serían habitados por “sectores del pueblo” (quizá no falten chovinistas que lamenten que se haya dado refugio a extranjeros). Villa olímpica no aclara si la conglomeración de exiliados fue una política de asilo del gobierno mexicano o producto de las redes sociales de los propios refugiados. La arquitectura del lugar jugó un papel importante en la convivencia que pudieron tener esos inmigrantes, sus hijos y los mexicanos que ahí vivían; dinámicas que quizá se extiendan a los actuales residentes del lugar.

Como dice uno de los personajes, Villa olímpica era un “pequeño gran mundo”. Alguien más lo veía como “un mundo utópico mágico”, tanto para adultos como para niños. La ubicación del conjunto habitacional —en el cruce de la avenida Insurgentes y el anillo Periférico, ambas vías rápidas— también provocan su relativo aislamiento. No obstante, hay que hacer la distinción de que esto no dependía de un diseño como los que hoy pretenden la llamada “exclusividad” y el encapsulamiento de los residentes en torres de apartamentos, sino que era consecuencia de tener que solucionar las necesidades de los atletas, quienes debían estar concentrados en el espacio y que, por complicaciones como la diversidad de lenguas, debían encontrar condiciones amigables. Un cine, que sigue en uso y es frecuentado por los vecinos, convoca los recuerdos de los entrevistados y configura una lista de populares películas de hace décadas.

El cartel de la película sobre niños sudamericanos exiliados en la Ciudad de México.

Aunque Villa olímpica aborda desde el primer momento la cuestión del exilio —y el tema permanece como trasfondo que desencadena las acciones— el documental no tiene un giro abiertamente político. Con todo, una mujer cuenta que conoció las historias de violaciones a los derechos humanos por parte de la dictadura de Augusto Pinochet antes que los cuentos infantiles. También se registra la decisión del silencio sobre lo ocurrido en círculos familiares. Al lado de relatos sobre la salida de sus países de origen están las aventuras infantiles en los edificios de Villa olímpica, como los peligrosos viajes colgados en poleas de los elevadores. Alguien hace el recuento de sentirse “muy solito” para después ilustrar la amistad de toda una vida, con historias cotidianas compartidas hasta la edad madura. Pero, en el centro de la memoria y la forma documental están transiciones como el corte que pasa del ritual de relatar anualmente la desgracia que dio origen al exilio, a la huella del que acaso fue el primer noviazgo y de “un buen beso” de esa pareja.

Una anécdota destacada es cuando un par de niños reflexionan que los sacerdotes católicos habrían quitado su dinero a los pobres, deciden robar de las alcancías de una iglesia cercana —en una colonia rica— para reintegrar ese dinero a los pobres: ellos mismos, según el criterio de su lucubración. Villa olímpica es un documental más vivencial que social: alguien recuerda cómo un departamento podía ser un pequeño Chile —un “submundo chileno”— pero que abrir la puerta significaba pasar de manera abrupta a México. La cercanísima amistad entre dos niñas termina en distanciamiento por una discusión política entre sus padres, lo que Villa olímpica da es la tristeza del rompimiento.

Un personaje con una de la múltiples maquetas que aparecen en Villa olímpica.

El personaje principal cuenta que México supo “aprovechar en el mejor sentido” a los exiliados que eran “intelectuales, académicos, profesionales, militantes” (también hubo autoridades locales que supieron sacar ventaja en sentidos cuestionables pues los reglamentos de la universidad nacional exigen ser mexicano por nacimiento para ciertos puestos de la institución —por ejemplo, para el rector— con lo que colocar exiliados evitaba la eventual competencia y desplazaba a rivales efectivos). Otro personaje recuerda que en la escuela tenía compañeros mexicanos con padres en prisión por su participación en el movimiento de 1968 (lo más probable es que habían estado encarcelados y fueron liberados por la amnistía de 1971), lo que la hace expresar que “había una relación entre esa izquierda mexicana y nosotros”. Se asienta —sin que haya certidumbre en el dato— que de 5000 residentes en Villa olímpica cerca de 3000 habrían sido exiliados sudamericanos.

El sur de la Ciudad de México se habría convertido en su ámbito, por localizarse ahí la UNAM y “dos o tres escuelas que eran las escuelas activas”. El personaje femenino del beso recuerda que una de ellas era una escuela “muy politizada, muy de corte de izquierda” y su exnovio agrega, entre risas, “era una base de adoctrinamiento del partido comunista” en que el primer libro que leyeron en secundaria fue el Manifiesto del partido comunista. Entre las posibilidades que Villa olímpica abre están la de explorar el racismo favorable que algunos exiliados quizá experimentaron por su ascendencia europea y también un tema para la historia intelectual: cuál fue la incidencia —si alguna hubo— de esos académicos y militantes en la mediocre izquierda mexicana que al paso de las décadas creería llegar al poder en la figura de políticos formados en el partido autoritario que gobernó México casi todo el siglo XX.

Villa olímpica retrata parte de la experiencia del exilio en México en los 70 y 80.

El regreso a la democracia en Argentina y Chile, paradójicamente, significó el derrumbe del “mundo tan acotado” que las familias de exiliados habían creado en Villa olímpica. Kohan Esquenazi documenta cómo emergieron entonces sentimientos como “de aquí éramos nosotros”, impulsos de “defender mi mexicanidad” e incluso ahora el recuerdo de “bueno, de ahí somos todavía”. La oportunidad de volver llevó a situaciones como una votación familiar que, ante la decisión mayoritaria de permanecer en México, tuvo como consecuencia que un padre “odia la democracia desde entonces”. Ir a Argentina “no era una vuelta triunfante, todo lo contrario”. Llegar a Chile implicaba ya no poder salir a jugar con la “Avalancha” en calles interiores de Villa olímpica, significaba ser ridiculizados por decir elote y chamarra, en vez de choclo y parca. La condición de ser visto como mexicano en Argentina y como argentino en México, de pertenecer a ambas sociedades y a ninguna de ellas, sintetizada en quien enfrentó: “yo lo que había dejado no era un lugar al que yo había llegado, era un lugar del que yo venía”. Regresar al lugar de nacimiento fue conocer la esperanza de volver al lugar de crecimiento. En los viejos videos caseros —quienes ahora son personas maduras— vuelven a ser los adolescentes que se despedían en el aeropuerto cantando canciones de rock en español mexicano.

El acierto del tratamiento que Kohan Esquenazi hace de su materia —distante de la queja y la denuncia— proviene del cariño hacia el espacio que los personajes y el director ven como su casa de otro tiempo. Algunos de sus padres vivían para volver: se hace alusión a la leyenda de que había familias que dormían en tiendas de campaña adentro de los departamentos, suponiendo un inminente regreso a sus países. Villa olímpica pone en evidencia el desfase que expresa uno de los personajes: el fin del exilio de los padres fue el comienzo del de los hijos. Alguien sin poder de decisión descubría: “yo era parte de la maleta”. ¿Ya eran mexicanos o eran de Villa olímpica? Se trataba de una vida que quedaba en “la historia”, de la posterior certeza de no dar a sus hijos “el desarraigo”, de amistades interrumpidas que seguirían doliendo. La identidad nacional desnudada en una emoción sin más asidero que los amigos, porque bien mirado cualquiera puede lograr preguntarse acerca de quienes nos rodean: “¿Quién es esta gente?”. Villa olímpica no postula trascender la comunidad, pero intuye que uno puede tener múltiples hogares, que es posible dejar atrás la llamada de la tribu.

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