miércoles 28 febrero 2024

El auge de la extrema derecha

por Berenice Aguilar Vázquez

Cuando examinamos el panorama político de América Latina, resulta evidente el crecimiento de líderes de izquierda que han accedido al poder a través de elecciones democráticas. Sin embargo, no podemos ignorar la tendencia preocupante y predominante a nivel internacional: el auge del autoritarismo y la ideología de extrema derecha. Esta tendencia también se ha hecho presente en América Latina, a pesar de las apariencias.

Después de la Segunda Guerra Mundial, la ideología de extrema derecha experimentó un declive. La derrota de Alemania en la guerra generó un desprestigio contundente en todo el mundo, aunque hubo algunas dictaduras como la franquista que mantuvieron una ideología de tendencia fascista hasta finales de la década de 1970.

Sin embargo, las cosas comenzaron a cambiar en la década de 1980. Las políticas neoliberales impulsadas por el Consenso de Washington y la globalización del capitalismo financiero aumentaron drásticamente la percepción de desigualdad. El desplazamiento de la industria manufacturera también contribuyó al aumento del desempleo masculino. A finales del siglo XX, la sensación de empobrecimiento entre amplios sectores de las sociedades industrializadas y la realidad del empobrecimiento en ciertas regiones se convirtieron en caldo de cultivo para el resurgimiento de los partidos de extrema derecha.

La denominada “nueva derecha” comparte varios rasgos característicos en todos los partidos que la conforman. Estos partidos son populistas y antielitistas, defienden fuertemente la ley y el orden, y son xenófobos y antiinmigrantes. Todos ellos anhelan un pasado mítico occidental y cristiano, donde reinaban los valores patriarcales, la paz y el orden. Aunque la mayoría de estos partidos surgieron a finales del siglo XX, comenzaron a emerger en la escena política en la década de 2010. Muchos de ellos se originaron en grupos neonazis o neofascistas. En una segunda etapa, se consolidaron como partidos políticos, enviando diputados a los parlamentos. Poco a poco, su atractivo electoral fue en aumento, al tiempo que moderaron sus propuestas y suavizaron su discurso, abandonando sus posiciones más radicales.

A excepción de Estonia, Irlanda y Luxemburgo, se ha observado la presencia de partidos de extrema derecha en los parlamentos nacionales de todos los países de la Unión Europea. En Austria, Francia y Suecia, estos partidos son opositores influyentes con capacidad de veto. Aunque en Austria llegaron a controlar brevemente el ejecutivo, tuvieron que renunciar debido a acusaciones de corrupción. En Italia, gobiernan en coalición con partidos que solían ser considerados regionalistas, como la Liga (antigua Liga Norte), o tradicionalmente de centroderecha como Forza Italia, liderado por Silvio Berlusconi. En Israel, Benjamin Netanyahu ha obtenido recientemente una mayoría parlamentaria gracias a su alianza con partidos de extrema derecha israelí.

En el caso de Estados Unidos, la extrema derecha se ha convertido en la ideología predominante en un sector poderoso del Partido Republicano. Han logrado posicionarse como una fuerza preponderante en el partido. Sin embargo, la derrota de los más radicales en las elecciones intermedias más recientes demuestra claramente que el extremismo de derecha no cuenta con una aceptación mayoritaria entre los electores, aunque hoy por hoy, Trump está posicionado como el más fuerte aspirante para contender por la candidatura presidencial por su partido.

Toca preguntarnos cómo esto afecta a América Latina. En Brasil, esta nueva derecha populista fue derrotada electoralmente por un estrecho margen frente a la izquierda. En Chile y Colombia, también se derrotaron a dos candidatos de derecha populista, José Antonio Kast y Rodolfo Hernández, respectivamente, en la segunda vuelta electoral. Estos resultados muestran que el mensaje de estos grupos es bien recibido por amplios sectores de la población en estos tres países.

En Centroamérica, el sátrapa Daniel Ortega en Nicaragua y el aspirante a dictador, Nayib Bukele no abanderan una ideología de derecha propiamente dicha, pero sí implementan un modus operandi desarrollado por dirigentes autoritarios europeos. Esto implica ataques a la libertad de prensa y a las organizaciones de la sociedad civil, así como actitudes xenófobas y exaltación del nacionalismo. A nivel internacional, denuncian el “imperialismo occidental” representado por Estados Unidos o la Unión Europea. Además, rechazan las iniciativas internacionales que respaldan la democracia y el respeto a los derechos humanos, considerándolas como una injerencia extranjera inaceptable.

En México, el Partido Acción Nacional (PAN) es un partido cristiano, de doctrina política conservadora, afín a las ideas de la democracia cristiana. Su posición ideológica es el humanismo cristiano. 

Lilly Téllez, la exaspirante a encabezar a la oposición hacia las elecciones presidenciales de 2024, ha hecho una seria defensa a favor de la ideología de la “derecha moderna”: “A nadie debería avergonzarle defender la vida, el esfuerzo individual, la familia, la propiedad privada, el orden y el Estado limitado. A nadie debería de avergonzar defender un modelo de educación libre de adoctrinamiento partidista y de ideologías de género. Debemos defender nuestras razones frente a las ideologías que condenan al deterioro moral, a los que no caben en ciertas identidades”.

El auge de la extrema derecha también ha sido alimentado por el surgimiento de las redes sociales y las plataformas en línea, que han proporcionado un canal para difundir mensajes extremistas y propaganda. La desinformación y las teorías de conspiración se han vuelto más prominentes, exacerbando la polarización y socavando la confianza en las instituciones democráticas.

El autoritarismo inherente a la extrema derecha plantea graves desafíos para la cohesión social y la convivencia pacífica. El discurso de odio y la xenofobia se han vuelto más aceptados, lo que ha llevado a un aumento de la discriminación y la violencia contra minorías étnicas, religiosas y otros grupos marginados.

Es crucial que tanto la sociedad como los defensores de la democracia y los derechos humanos promovamos valores inclusivos, fomentemos el diálogo constructivo y desafiemos la retórica divisiva. También es esencial fortalecer las instituciones democráticas y defender los principios fundamentales que sustentan nuestras sociedades libres y abiertas.

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