viernes 24 mayo 2024

El azaroso origen de la OTAN

por Pedro Arturo Aguirre

Ningún presidente de Estados Unidos ha sido más impopular que Harry Truman, quien cuando dejó el cargo tenía un miserable índice de aprobación del 22 por ciento, más bajo aun que el registrado por Nixon (24 por ciento) al presentar su renuncia. Una de las principales razones de esta tan inmensa como inmerecida impopularidad fue la guerra de Corea. También influyó la transición a una economía de posguerra, durante la cual el desempleo se incrementó. Pero los historiadores han sido mucho más generosos con el legado de Truman. La Guerra de Corea se manejó mucho mejor que otros conflictos posteriores como Vietnam, Afganistán e Irak y, analizando en retrospectiva, la economía estadounidense de la posguerra se comportó muy bien, sobre todo cuando se le compara con lo sucedido, a la sazón, en otros países del mundo. Esta revalorización creció aun más con el final de la Guerra Fría, ya que fue Truman el arquitecto de la estrategia de contención del comunismo. Asimismo, fue el primer presidente en tener un programa de derechos civiles y en condenar enérgicamente la discriminación y la desigualdad. Firmó dos órdenes ejecutivas para eliminaron la segregación en el ejército estadounidense y en la fuerza laboral federal. Actualmente, Truman aparece en todos los ratings elaborados por historiadores entre los diez mejores presidentes estadounidenses. 

El pasado 4 de abril se cumplió el 75 aniversario de la fundación de la OTAN. Fue una de las más trascendentales iniciativas de Harry Truman, pero su creación no estuvo exenta de grandes polémicas. Un relevante sector del Partido Republicano se oponía a establecer un compromiso de seguridad colectiva tan amplio con los aliados europeos. En aquel entonces el aislacionismo estaba arraigado dentro del Partido Republicano. Después de la Primera Guerra Mundial, donde murieron más de cien mil estadounidenses, los líderes republicanos (y muchos demócratas) se preguntaron por qué Estados Unidos debía enredarse en los asuntos internacionales. Con un enorme mercado interno, fronteras pacíficas y dos océanos gigantes a los costados Estados Unidos parecía “bendecido por el destino” y las guerras en el resto del mundo no podrían perturbarlo. Por eso la mayoría republicana en el Senado rechazó la participación de Estados Unidos en la Sociedad de Naciones y los subsiguientes presidentes republicanos Harding, Coolidge y Hoover se ciñeron a la filosofía del aislacionismo.

Desde luego, la Segunda Guerra Mundial cambió todo. Se impuso entonces la necesidad de intervenir en el conflicto global para enfrentar a las dictaduras totalitarias que amenazaban a toda la civilización. Pero al terminar el conflicto algunos dirigentes republicanos defendieron un retorno al aislacionismo, y ninguno lo hizo con más fuerza que el influyente senador de Ohio Robert Taft, un conservador clásico. Apodado “Mr. Republican”, hijo del ex presidente William Taft, había luchado contra el New Deal de Roosevelt. Después de la guerra, postulaba que las instituciones multilaterales como el Banco Mundial eran innecesarias, el Plan Marshall era un despilfarro y la OTAN constituía “una innecesaria provocación”. Acorde con esta forma de pesar votó en el Senado contra la creación de la gran alianza militar.

Hacia las elecciones presidenciales de 1952, en virtud a la enorme impopulridad de Truman, los republicanos parecían destinados a retomar la Casa Blanca y  Taft era considerado el gran favorito para obtner la nominacón del partido. Pero su feroz aislacionismo provocó el ingreso en la contienda del general Dwight D. Eisenhower, quien, al momento, y por invitación de Truman, se desempeñaba como comandante supremo de las fuerzas de la OTAN. Ike creía firmemente que el aislacionismo crearía un vacío internacional de poder y los dictadores se verían tentados a llenarlo. Eisenhower mantuvo con Taft una histórica reunión en febrero de 1951 en el Pentágono, en la cual le ofreció no presentarse a las primarias republicanos si el senador aceptaba el principio de la seguridad colectiva. Pero el senador, a final de cuantas un hombre de sólidos principios, se negó a hacerlo y Eisenhower, quien era muy renuente a postularse, decidió tomar las riendas del Partido Republicano.

En 1952 se produjo una amarga lucha en las primarias republicanas. A pesar de su ingente prestigio por haber sido el comandante supremo de las fuerzas aliadas que derrotó a Hitler, Eisenhower venció a Taft por escaso margen en la Convención del Partido Republicano. Contra el llamado de Taft a un retorno al aislacionismo, Eisenhower argumentó que Estados Unidos tenía una obligación moral, así como un interés nacional, en transformar la victoria de la Segunda Guerra Mundial en una paz global duradera mediante la construcción de alianzas sólidas y la expansión de la preparación militar en todo el mundo para contrarrestar la amenaza comunista. Eso sí, ello requirió de la creación de un colosal “complejo militar-industrial”, del cual Ike repelaría al terminar su segundo mandato. Pero ese será tema para otra ocasión. 

Durante sus dos mandatos Eisenhower trabajó arduamente para convertir la alianza occidental en un poderoso bloque de Estados con ideas afines y sus sucesores, tanto los demócratas como los republicanos, hicieron lo mismo. Parecía entonces que el aislacionismo había muerto dentro del Partido Republicano. Nixon, Ford, Reagan y los dos Bush tuvieron al internacionalismo como eje de su política exterior. Pero llegó Trump con su política de “America First” la cual, de alguna manera, revive la línea de ataque de Taft y los aislacionistas. Pero no lo hace del todo. Taft era aislacionista porque se oponía a la presencia del gran gobierno (Big Goverment) en todas sus formas, tanto en el país como en el extranjero. Se oponía al gasto deficitario y exigía una estricta restricción del presupuesto militar. Pero también era un devoto del concepto de libertad individual y por ello era profundamente hostil a las dictaduras y regímenes autoritarios de todo el mundo. Trump, por el contrario, durante su presidencia infló el déficit federal e incrementó con cifras astronómicas los presupuestos del Pentágono, además de que su cercanía con dictadores era evidente. Cortejó el favor de Kim Jong Un y hasta la fecha no se cansa de elogiar a Putin cada vez que puede. El aislacionismo de Trump no está impulsado por el deseo de fortalecer a Estados Unidos, sino de promover un desorden global incluso a expensas de los valores e intereses estadounidenses. 

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