miércoles 12 junio 2024

El decálogo del Duce

por Pedro Arturo Aguirre

Signo de nuestros ominosos tiempos: una superviviente del Holocausto cedió a principios de mes la presidencia del Senado a un legislador neofascista quien es mano derecha de Giorgia Meloni. Liliana Segre asumió el cargo hace cuatro años al ser la legisladora de mayor edad. Tiene 92 años y estuvo presa en Auschwitz en 1944. En su discurso de despedida recordó: “Es imposible para mí no sentir una especie de vértigo recordando a la niña obligada por las leyes racistas a dejar su banco vacío en la escuela primaria para quedar desconsolada y perdida. Y ahora, por algún extraño destino, esa misma chica hoy se encuentra en el banquillo más prestigioso del Senado”. El sustituto será Ignazio Benito Maria La Russa (así llamado en honor a Mussolini). Tiene 75 años y lleva toda la vida en la ultraderecha: elegido diputado por el Movimiento Social Italiano en 1992, después miembro de la Alianza Nacional de Fini, ministro de Defensa con Berlusconi y, en 2012, fundador de Hermanos de Italia con Meloni, quien está a punto de asumir como primera ministra del país justo cando se cumple el centenario de la Marcha sobre Roma, la toma del poder por los fascistas con intimidación, mentiras, violencia y chantaje al rey Víctor Manuel III.

La fascinación por el autoritarismo es una de las constantes de la historia cuando se atraviesan crisis y aparecen presuntos salvadores de la patria. Mussolini sedujo a muchos italianos con la promesa cesarista de construir una gran potencia con reminiscencias de la Roma imperial. Nadie se atrevió entonces a plantar cara al arrogante dictador. Hoy no hay nada nuevo. Ocurría hace un siglo y vuelve a pasar ahora en Occidente, en circunstancias muy distintas, ciertamente, pero con la libertad en peligro. Así imaginé en mi Historia Mundial de la Megalomanía (2014) los apuntes de Benito Mussolini anotados para sí mismo poco antes de la Marcha sobre Roma:

“1.- El podrido del sistema liberal está listo para ser sacudido y derrumbado, sólo se necesita la intervención de un Hombre de Acción decidido a hacerlo. 

2.- Los gobernantes democráticos son medrosos, dubitativos y timoratos, el Líder del Movimiento es fuerte, tenaz y resuelto.

3.- Bastará con coordinar nuestras acciones para hacerlas parecer masivas y lo suficientemente poderosas para amedrentar al gobierno liberal. Recuerda: a veces las acciones superan en falsedad a las palabras.

4.- La razón paraliza, la voluntad moviliza.

5.- Sun Tzu bien lo supo: un ejército movilizado pero inactivo por demasiado tiempo pierde progresivamente la moral. Debes ser determinante y rápido en tus acciones. No demorar demasiado el incendio es fundamental para mantener vivas las brasas.

6.- Moviliza, manipula, alardea, asusta. Imprime, en todo momento, la imagen de un caudillo fuerte y determinado. Eso bastará para aniquilar a tus débiles adversarios y hará a las masas admirarte.

 7.- No es necesaria una mayoría para tomar el poder cuando los gobernantes son débiles e indecisos y un Gran Hombre marcha al frente de una Movimiento decidido. La Historia tiene buenos ejemplos de ello. Recuerda el 18 Brumario y la Revolución de los Soviets.

8.- La Historia ama a los hombres de acción y es en la guerra donde toda la tensión de la energía humana pone la estampa de nobleza y gallardía en quienes son capaces de encararla y vencer.

9.- Al proletariado le urge un baño de sangre para redimirse y adiestrarse en la lucha.

10.- Apúrate, la democracia me aburre. Es el sistema político de los mediocres, la apoteosis de los funcionarios, la fruición de los conformistas.”

Así consiguió Mussolini engañar y amedrentar a la pusilánime y acomodaticia clase política italiana. Así su audacia cambió a la historia. Emilio Gentile, en su libro El fascismo y la marcha sobre Roma: el nacimiento de un régimen, describe: “Mientras Mussolini permanecía en Milán, sus partidarios marchaban dejando el caos a su paso, apoderándose de los edificios gubernamentales en las ciudades en ruta a Roma. Aunque el partido exageró constantemente sus números, en realidad menos de 30,000 hombres se unieron a la marcha y el Partido Nacional Fascista era una fuerza marginal en el Parlamento con apenas tenía 36 de los 535 diputados. Luigi Facta, entonces primer ministro, intentó imponer la ley marcial. Pero el rey consideró un eventual gobierno de Mussolini como factor estabilizador y se negó a firmar la orden para movilizar a las tropas italianas contra los fascistas. En protesta, Facta y su gabinete renunciaron la mañana del 28 de octubre. Armado con un telegrama del rey invitándolo a formar un gabinete, Mussolini abordó un coche cama y emprendió un tranquilo viaje de 14 horas desde Milán a Roma. El 30 de octubre se convirtió en primer ministro y ordenó a sus hombres desfilar ante la residencia del rey cuando salieran de la ciudad”. Además, el Duce ya había negociado con varios políticos italianos, a quienes les hizo promesas las cuales jamás cumpliría. No eran pocos los empresarios fascinados con él y temerosos del comunismo, y en el Ejército había muchos simpatizantes fascistas. Por último, el rey temía a su primo, el duque de Aosta, abierto simpatizante del fascismo y quien se consideraba aspirante al trono.

Uno de los mitos centrales del fascismo fue su asalto al poder en octubre de 1922. En realidad, el poder fue entregado en bandeja. No fue una epopeya. Desde una perspectiva militar la marcha fue una operación mal planificada. Dice Gentile: “Los 12,000 hombres de la 16 División de Infantería del Ejército podrían haber acabado con los fascistas sin mayor dificultad. La marcha se produjo entre el caos y la desorganización. Fue una jugada de póker afortunada para Mussolini”. 

Photo by Nicolò Campo/LightRocket via Getty Images.

Así se instaló el primer régimen fascista de la historia, como un carnaval, una farsa. Ahora, casi un siglo después, la victoria de Giorgia Meloni en las elecciones generales italianas devuelve al fascismo a escena. Muchos politólogos y analistas nos invitan a no exagerar porque, en el fondo, no hay motivos para alarmarse. Describen la relación de Meloni con Mussolini como definida por la nostalgia, porque a pesar de la retórica dominante en el auge actual de la extrema derecha no existen las condiciones para un retorno a la dictadura fascista. Pero Antonio Scurati, autor de la monumental trilogía M. sobre Mussolini y su época (ya salió publicado en Italia el tercer tomo) opina: “La política europea actual ha atravesado un umbral histórico grave: antes, para ser una parte aceptable del sistema, debía condenarse sin reserva al fascismo. Ahora eso ya no es necesario. Estamos regularizando al fascismo y eso supone riesgos muy poderosos para nuestras democracias”. 

Ciertamente, en principio Meloni se parece a políticos nacional-conservadores modernos como Marine Le Pen, Viktor Orbán, los polacos del PiS y los republicanos trumpistas, y no tanto al violento y revoltoso Duce. Pero haciendo un análisis a fondo de su discurso las diferencias no son tan grandes. Del pensamiento de los Fratelli d’Italia emana una intolerancia y un afán polarizador idénticos a los de Mussolini. “Hay una ideología izquierdista, llamada globalista la cual considerara como enemigo todas nuestra identidad y civilización”, dijo Meloni recientemente a The Washington Post, quien como base de su plataforma ideológica promueve a las teorías de conspiración, como aquella de la inmigración masiva global promovida por George Soros y algunos burócratas de la Unión Europea la cual amenaza con un “gran reemplazo” tendiente a eliminar a los italianos blancos. Su preocupación ultranacionalista se hace eco de las advertencias de Mussolini. “Las cunas están vacías y los cementerios se están expandiendo”, declaró el Duce en 1927. “Toda la raza blanca, la raza occidental, podría ser absorbida por razas de color capaces de reproducirse a ritmos impresionantes”, advierte Meloni, quien, por otra parte, disimula su extremismo afirmando ser una conservadora tradicional. Esta táctica de “doble vía” ha demostrado ser ominosamente exitosa. 

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