viernes 24 mayo 2024

El odio como instrumento en el poder

por Walter Beller Taboada

En la galardonada película mexicana “La pasión según Berenice”, de Jaime Humberto Hermosillo, la protagonista, Marta Navarro (Berenice) entabla un diálogo –que compendia el sentido del filme– con Pedro Armendariz Jr (Rodrigo), donde ella se burla de los “sentimientos débiles”, como el amor y la compasión, y le suelta a “Rodrigo” que los buenos sentimientos son el odio y el desprecio por los demás.

Él, médico circunstancial de la tremenda agiotista que es madrina de Berenice (Emma Roldán), se muestra en todo momento en una caricatura del seductor capitalino ante la supuesta mojigatería pueblerina (que le atribuye a ella), y no deja de hacer apología del amor libre y sin compromisos. Al escuchar la afirmación desconcertante de la prioridad del odio, él solo atinó a esbozar una sonrisa ambigua.

Según los rumores del pueblo, Berenice es autoviuda, aunque nadie le ha probado nada. Es una maestra de mecanografía en una secundaria y les impone a sus alumnos textos perfectamente inocuos. Vive en la casa de su madrina, a quien aplica puntualmente sus medicinas y le ayuda a los cobros en dinero o especie de los deudores a quienes amenaza con sendas letras de cambio.

¿Será que Berenice llega a esas conclusiones sobre el odio porque es una amargada solterona? Esa sería una lectura superficial, muy distinta a la intención de Hermosillo de presentar un personaje femenino que muestre rasgos de “empoderamiento” (palabra que no se usaba en el tiempo en que se grabó la película), pero que también llega a mostrar algunos momentos de debilidad; sobre todo cuando sin éxito le pide a Rodrigo largarse con él de ese pueblo sin futuro. Finalmente, ella adquiere autonomía –de una manera violenta– y la vemos alejarse de la casa, del pueblo y del recuerdo de Rodrigo.

Berenice es un personaje que contrasta con aquellos personajes femeninos estereotipados de las películas que presentan a la mujer abnegada, que sufre estoicamente por el desamor del marido, del amante o de los hijos que la abandonan. Berenice conoce su deseo y rompe con la moral convencional.

“Los fusilamientos del 3 de mayo”, Francisco de Goya (1746-1828)

En principio, la frase que pondera el odio como un sentimiento auténtico y fuerte, así como la actitud misma de Berenice –quien ostenta sin vergüenza una cicatriz en su rostro–. Nos parece intolerable, si uno fue formado dentro de la moral occidental, edificada sobre los ideales de la ética cristiana. Quizá ese fue el propósito de Hermosillo: mostrar con rudeza –no hay de otra– los planteamientos de Nietzsche, en una visión contraria a la moral platónica y cristiana. Se trata de desnudar los Ideales que luego funcionan como impulsos que nos agobian. Porque en realidad anidan en nosotros terribles fuerzas que se pueden despertar en cualquier momento y causar daños tremendos.

No somos ángeles, pero tampoco somos demonios. La cultura es el arreglo histórico que tenemos, entre otras cosas, para preservar la buena convivencia humana. El mensaje de Cristo tiene su síntesis en la consiga del amor al prójimo, en la misma medida que nos amamos a nosotros mismos. La democracia es un invento que nos hemos fabricado justamente para dirimir nuestros muy naturales desacuerdos y lograrlo mediante el diálogo, la negociación y la palabra. Pero los acuerdos en favor de la civilidad y la armonía, por precarias que sean, están y estarán siempre amenazados por las pulsiones destructivas. Si estas se desatan, no hay cultura, no hay religión, no hay democracia.

Las escenas que se reproducen sobre la invasión de Rusia en Ucrania, con su estela de muerte y destrucción, son apocalípticas y exhiben hasta qué grado puede llegar la crueldad del ser humano: que lo lleva a asesinar sin miramientos a civiles e inclusive niños y niñas. Y sin embargo, antes que las acciones se hayan desencadenado, primero fue el discurso, ese discurso del odio que precede a las acciones del mal. Es la prioridad del significante, que señala el psicoanálisis.

¿POR QUÉ ODIAMOS?

El odio es una relación virtual que se tiene con algún sujeto y con la imagen de ese sujeto, a quien se desea destruir, ya sea por obra de uno mismo, o sea por otros, o por circunstancias tales que deriven en la destrucción de aquello que se odia. (En “La pasión según Berenice” hay un «pasaje al acto» que culmina con el aniquilamiento del objeto odiado.) Y así como hay un trabajo humano para elaborar una mercancía, un texto, una obra de arte o una película, así también se puede hablar del trabajo –demasiado humano– del odio. (Así lo denominó el psiquiatra español Carlos Castilla del Pino). Es decir, no se trata de una simple reacción, como cuando a alguien le dan una bofetada y responde. No. El odio supone una serie de secuencias que van desde la destrucción de la imagen, pública o no, de la persona o personas que se odian, a la elaboración perversa de imágenes de exterminio donde el odiador recrea el sufrimiento que antecede a la desgracia, deterioro y muerte del objeto de su odio.

Primero, todo corre en lo imaginario. Castilla del Pino recordaba la película de Luis Buñuel, “Ensayo para un crimen”, donde el protagonista, Archibaldo de la Cruz, se limita a desear e imaginar que la monja muriera: lo que cuenta es el deseo de matarla. No lo lleva a la acción, pero ocurre realmente la muerte de la odiada monja y el personaje es feliz. En una escena, el juez le dice: «Don Archibaldo, esté tranquilo; el pensamiento no delinque». Pero todos sabemos que él es un asesino, porque desea matar.

Hay una diferencia entre el neurótico que fantasea con la destrucción del Otro, mientras que el perverso extremo, es decir, el psicópata o sociópata que lleva a la práctica la desintegración moral y física del Otro.

El odio es un trabajo. Una suerte de práctica que primero tiene que imaginarse lo que se va a destruir. En la vida política, ese siniestro trabajo empieza por el discurso de odio que se profiere inicialmente ante la propia tribu. Pero luego se generaliza en la medida que se accede al poder.

PIENSA MAL ANTES DE HACER EL MAL

En los días que corren hemos sido testigos de dos derrotas espectaculares del Presidente. Su fraudulento intento de una revocación, que nunca tuvo la intención de ser una revocación, terminó con el triunfo del voto abstencionista en un casi 80%. El Presidente y sus allegados sabían que venía ese resultado. Insistieron. ¿Por qué? Seguramente habrá muchas explicaciones para esa obstinación. Pero nos queda claro que uno de los propósitos se conocía de antemano: destruir al Instituto Nacional Electoral, en particular a dos de sus defensores, Lorenzo Córdova y Ciro Murayama. El odio al INE se fue “trabajando” desde las conferencias mañaneras.

El segundo acontecimiento fue el intento de darle un peso constitucional a la Ley de la Industria Eléctrica, conocida como “Ley Bartlett”. Fracasó porque la oposición unida (PRI, PAN, PRD y MC) lo impidió con sus votos en contra en San Lázaro. Fue así como truncó que se consumara ese intento de volver a la época más arcaica de la generación de energía eléctrica. Se sabía de antemano que el Presidente estaba más que enterado que “su” iniciativa no transitaba a buen puerto. Pero el trabajo del odio produjo una de las más lamentables y terribles expresiones de parte de un Titular del Ejecutivo: quienes votaron en contra fueron calificados como “traidores a la patria”.

Así, sin el mínimo rigor conceptual (el Presidente emplea una figura cuyo contenido desconoce), sin asumir su papel como jefe de la nación, sin tomar en cuenta las leyes que alguna vez dijo que habría de cumplir y hacer cumplir, AMLO arremetió violentamente contra los legisladores. Y fraguó un nuevo discurso de odio. Ese discurso fue inmediatamente asumido por sus lacayos: Mario Delgado y Citlali Hernández. Y como en los tiempos de la Inquisición o de la ferocidad de los nazis, los supuestos adversarios fueron expuestos al cadalso público. Se les exhibió en las alcaldías de la Ciudad de México, con lo cual el partido Morena ya asumió un nuevo papel: el papel de policía que va pegado en las paredes los letreros de “Se busca”, como en el Viejo Oeste. ¡Vaya papel de quienes alguna vez se dijeron demócratas!

Como el alcoholismo, el odio es un proceso progresivo de destrucción, discursiva, imaginaria y con riesgo de «pasar al acto».

Debe quedar en claro que el odio tiene que ver con todo sujeto (u objeto, inclusive) que representa para el odiador una amenaza. O como se podría decir: el león cree que todos son de su condición. O yo o el otro. En tanto que vida política, no solo se intenta devastar al Otro, se intenta aniquilar todo aquello que lo sustenta. En este caso, la democracia misma.

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