lunes 04 marzo 2024

El último europeo

por Pedro Arturo Aguirre

Falleció Jacques Delors, presidente de la Comisión de la Unión Europea durante sus años más vigorosos y triunfantes. Ícono socialdemócrata, comenzó su carrera a finales de los años sesenta como asesor del gobierno gaullista, pero poco tiempo después se afilió al Partido Socialista y con Mitterrand se convirtió en ministro de Economía (1981-84), cargo desde donde impulsó una ambiciosa política de inversiones antes de verse obligado por la terca realidad a aplicar una severa austeridad presupuestaria. Fue un fuerte candidato para primer ministro, pero Mitterrand observaba con él ciertos recelos. Por entonces la Comisión (principal órgano administrativo de la entonces Comunidad Económica Europea; CEE) se encontraba en un estado letárgico. Delors fue designado para presidir la Comisión en 1985, ahí sí contando con un fuerte respaldo del presidente francés, y desde los primeros días empezó a zarandear a la anquilosada CEE con el anuncio de planes para poner en marcha un mercado único europeo eliminando por completo las barreras comerciales y la discriminación contra los competidores extranjeros.

La creación del mercado único fue la principal estrategia para revertir el declive económico relativo de Europa ante el mundo. Su aprobación, sin embargo, fue un arduo proceso. Advirtió Delors entonces al Parlamento Europeo: “La soberanía nacional ya no significa mucho… La cooperación voluntaria nunca funciona. Para hacer frente a los desafíos mundiales necesitamos la supranacionalidad”. Estaba convencido de que un mercado único convertiría a Europa en un polo económico excepcional. Y no paró ahí. En sus diez años como presidente de la comisión Delors logró -además del mercado único- los fondos de cohesión, el tratado de Schengen, la ampliación a España y Portugal, la integración de Alemania del Este tras la reunificación, el Acta Única (que sustituyó al Tratado de Roma), los programas Erasmus, la reforma a la Política Agraria Común y el tratado de Maastricht. Encarnó a Europa como antes lo había hecho Jean Monnet.

Pero su estilo, considerado como demasiado “tecnocrático,” muchas veces no fue bien apreciado A principios de la década de 1990, ya con el mercado único en vigor, los planes de Delors para la siguiente etapa -la moneda única y la unión política- estaban causando consternación entre los votantes de varios países, sobre todo en Gran Bretaña, donde dentro del partido Conservador, a la sazón mayoritariamente europeísta, crecieron los sectores euroescépticos. Para muchos, la Comisión reflejaba indiferencia hacia las preferencias nacionales y las decisiones democráticas. Esto llegó a un punto crítico con el Tratado de Maastricht de 1992, (el cual dio lugar a la Unión Europa) pero ser un documento enrevesado y complejo. Su paso por los parlamentos nacionales de los Estados miembros y referéndums fue escabroso: estuvo a punto de derribar al gobierno de John Major en el Reino Unido, fue rechazado inicialmente por los daneses y fue respaldado por los franceses apenas por un estrecho margen. El tratado se convirtió en un símbolo de una burocracia y un presidente de la Comisión incapaces de conectar con el elector europeo medio o de explicar de forma pertinente los porqués de tantos cambios. Sin embargo, finalmente fue aprobado. Delors con ello llevó a Europa a una dirección más unificada y federal. Pero el tratado también fue el presagio de las crecientes dificultades que se avecinaban, especialmente cuando la moneda única se tambaleó con la gran recesión de 2008.

En 1995 Delors, para entonces el presidente con más años de servicio en la comisión, reconoció que su tiempo había terminado. “Me convertí en el símbolo de una idea de Europa que está en proceso de desaparecer”, y renunció a buscar un nuevo período. Se abrió entonces, brevemente, la posibilidad de una candidatura presidencial en Francia. No sucedió. Se negó a dar el paso alegando motivos personales. Apartado de la primera línea política solo rompía el silencio para apoyar todo intento de integración europea o criticar la tibieza comunitaria y la deriva, muchas veces caótica, que la UE ha tomado en los últimos tiempos. Por otra parte, dentro de la Unión Europea los jefes de gobierno nacionales se habían hartado de una Comisión a la que consideraban arrogante y demasiado ambiciosa y desde entonces ha tenido al frente a funcionarios grises y poco ambiciosos. 

Hoy Europa pretende retomar un camino más firme. Se habla de un nuevo orden europeo en materia de seguridad y defensa con una evolución del concepto de “autonomía estratégica”. La respuesta a la pandemia y sus efectos fue bastante acertada después de algunos traspiés iniciales. Muchos incluso consideran que el Brexit resultó beneficioso para la institución por eliminar a un socio conflictivo y díscolo. Sin embargo, la amenaza que significa el auge imparable de los populismos en Europa, sobre todo ante el fenómeno creciente de la inmigración, sigue latente. En junio del año entrante se celebrarán las elecciones para el Parlamento Europeo y todo indica que los partidos chauvinistas van a obtener resultados al alza. Ya la actual legislatura ha sido la primera en la historia donde las dos grandes familias políticas europeas, los socialdemócratas y el Partido Popular Europeo, juntos no suman la mitad más uno del Parlamento. Existen ahora geometrías variables y este fenómeno seguramente ira muy pronto a más. Con esta realidad Europa deberá saber responder a la invasión rusa de Ucrania, prepararse para las transiciones verde y digital, evitar caer en la irrelevancia económica, tecnológica y comercial ante las grandes potencias, enfrentar el reto de la inmigración, replantear su relación con China y un largo etcétera. 

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