martes 05 marzo 2024

Encantos y desencantos de las playlists

(primera parte)

por Rodolfo Lezama

El surgimiento de los sistemas de streaming hizo que las excursiones a disqueras se convirtieran en un pasatiempo cada vez más infrecuente, ¿para qué cruzar la ciudad en busca de discos de acetato o cds, si la tecnología ha puesto a disposición del mundo listas interminables de música digitalizada para todo tipo de necesidad? Música para escuchar, para leer, para bailar, para comer, para cocinar, para conducir, para ir en el metro… de forma que cualquier actividad tiene una lista idónea gracias a la magia de un logaritmo, que parece conocer las preferencias propias, mejor que uno mismo.

Tener a disposición completa una biblioteca casi universal de música en línea es una fortuna, confiar ciegamente en el logaritmo un error de principiante. Dejarse llevar por el impulso de seguir cada una de las propuestas y dejar de ver (escuchar) todo lo que está más allá de la vista (el oído) demuestra la enorme apatía y cansancio de nuestra sociedad ante las cosas tradicionales o novedosas. Si existe un mundo de música, ¿por qué dedicarse a ver solamente los títulos de los anaqueles a la mano? No hacerlo supone desobedecer ciertas reglas de uniformidad, pero, sobre todo, asumir que la intuición y la búsqueda de lo heterogéneo puede darnos agradables sorpresas.

Es una realidad que nadie puede leer todos los libros, ni siquiera todas las publicaciones canónicas, aunque se encuentre en medio de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos. Del mismo modo, nadie puede escuchar todos los discos y grabaciones, aun los que son supuestamente mejores, por falta de tiempo, de interés, o por el simple derecho a no hacer lo que las listas y críticos musicales ordenan, con la convicción de ir en contra del adoctrinamiento digital.

Si uno se da a la tarea de ver las listas publicadas por medios especializados en internet se puede encontrar con que hay una gran uniformidad en casi todas y muchas en donde se enlistan productos que enarbolan sonidos predominantes: pop, hip-hop, reguetón. Creo, en este escenario, que nadie puede negar su inclinación canónica, pero, tampoco, esa necesidad de rebelión que hace posible la resistencia y da como resultado la elaboración de listas con inspiración por una parte salvaje y por la otra domesticada.

En el libre ejercicio de mi naturaleza mainstream elaboré una lista de veinte álbumes que me parecieron lo mejor que escuché, de lo producido a lo largo del año. Para la confección de este listado recurrí a diversas publicaciones especializadas (revistas, periódicos y sitios en red), a youtubers que escucho con regularidad y, también, traté de hacer acopio de confianza y arrojar alguna propuesta personal que no necesariamente tuviera referente en alguna lista previamente publicada.

Los géneros varían desde el jazz, el rock, el pop, el rock progresivo, la música folclórica, el shoegaze, la música psicodélica, el electro pop, la cumbia, los corridos tumbados, el sonido Canterbury, el folk, el noise rock y el sonido experimental. El único criterio inamovible para seleccionar cada álbum fue que se hubiera publicado en 2023, de modo que hay saltos cuánticos de género a género y de estilo a estilo, con un solo propósito: hacer una fotografía panorámica de lo que más me gustó de la música que salió en el año, sin más límite que la más pura subjetividad personal.

En el número 20 de mi lista coloco el álbum Fuse del dueto británico Everything but the girl, larga duración de retorno después de 24 años, en el que Tracey Thorn y Ben Watt demuestran que aun tras el correr de los años es posible experimentar, no encasillarse en un ritmo conocido y lanzar una propuesta que sale de su oferta habitual. El dúo se consagró por su sonido pop de los 80s (Everything but the girl, Idlewild) y su incursión en ritmos cercanos al Drum&bass, el Deephouse y el Triphop de los 90s (Amplified heart, Walking wounded, Temperamental). Con Fuse hay una renovación en el estilo de la pareja creativa que mantiene una constante: sus ritmos sirven perfectamente para el dance club, del modo que funcionan como música para acompañar la intimidad.

En el número 19 está Ese puerto existe de Insólito universo, un collage sonoro que logra con acierto la fusión de la canción latinoamericana (venezolana), con el bolero, la gaita de tambora, el joropo, el jazz y la música de cámara, un esfuerzo más que válido para reinventar la música tradicional generando un resultado con profundas raíces en lo nacional, pero que muestra, a la vez, un ánimo de refrescar el folclor con un sonido que se mueve entre la confesión, el lamento, la ceremonia, la festividad y la plegaria reivindicatoria, con una música de fondo que tiene origen en el mar, en el bosque, en la campiña, y al fin, en la ciudad.

En el puesto 18 ubico The record, long play de Boygenius, trío norteamericano de mujeres (Julien BakerPhoebe Bridgers Lucy Dacus), en el que coinciden tres voces femeninas, tres mentes creativas y tres emotividades que dan como resultado un álbum de rock pop de gran factura, en el que conviven el sonido de guitarras acústicas, con los riffs eléctricos y los ambientes esporádicos pero eficaces de teclado y piano, para dar forma a un fresco sonoro en el que las voces de tres las integrantes se cruzan como se tejen los hilos de una telaraña para relatar el amor, el desamor, o la admiración por un viejo icono de la música canadiense: Leonard Cohen.

En el lugar 17 propongo un poco de jazz: Mélusine de Cécile McLorin Salvant. Inicialmente, el disco transita por territorios del crooner de influencia francesa; en ese escenario la voz de la cantante franco-americana se mueve con suavidad, a momentos emulando a Edith Piaf, a momentos haciendo memoria de sus influencias americanas: Sara Vaughn, Bessie Smith o Billie Holiday, hasta formar una maqueta de sonidos clásicos en los que resaltan sus habilidades vocales y las texturas que van de lo suave a lo sensual y de la canción de tugurio de luces bajas al festival perfumado de jazz.

En el número 16 de mi lista coloco el Multitudes de Feist, séptimo larga duración de la cantante canadiense, el cual mantiene la línea de sus producciones anteriores, particularmente, el Let it die de 2001, donde la crudeza acústica se mezcla con las atmósferas íntimas, cercanas y de una suavidad que anuncia un inicio emotivo. Su último álbum estuvo influido por dos sucesos: la muerte de su padre y el nacimiento de su hija adoptiva. Las letras, entonces, son la revelación de una verdad oculta que pasa del coraje que deja la pérdida, a la ternura que habilita el nacimiento de un ser amado: verdadero acto de revelación para encontrar la respuesta a muchas incógnitas.

El disco número 15 de mi conteo es el Mentallogenic de Alex Figueira, producción que combina los sonidos electrónicos, análogos y digitales con la esencia latina. En este larga duración, el músico venezolano radicado en Ámsterdam, recurre a loops de sonidos tropicales que se fusionan con samples electrónicos tomados prestados del electroclash, el ruido industrial y las secuencias minimal del ambient, que después se transforman en planicies sonoras donde el sonido disco le tiende una mano a la cumbia, otra al vallenato y una más al joropo tradicional, así como a riffs de guitarra que varían del funk a los acordes de la trova latinoamericana. Con esta producción Figueira logra construir paredes del sonido que se unen armónicamente hasta formar verdaderos ecosistemas en los cuales el sonido ciber se cohesiona cómodamente con los timbales, las congas y las maracas, en un puente percusivo que da lugar a una superficie en donde conviven los utensilios digitales con las palmeras, el mar y la arena.

En el sitial 14 coloco Quiet Euphoria de Amoeba Split, grupo gallego, último reducto del sonido Canterbury, que con esta entrega sigue su línea de combinar el rock progresivo de cuño más clásico (Jethro Tull, King Crimson, Vander Graaf Generator) con el sonido Canterbury originario (Caravan, Gentle Giant, Soft Machine, Robert Wyatt) y el Jazz ecléctico (John Zorn, Sun Ra, Rob Mazureck). Este sexto disco de la banda mantiene una continuidad sonora con trabajos previos, y en ese esfuerzo un perfeccionamiento de su sello característico. Como lo anuncia el título del larga duración se trata de una producción festiva, celebratoria, que bien puede escucharse como un rompecabezas de seis piezas de extensión regular, o bien, como una larga suite que se fragmenta para ser reconstruida.

En el marco de la muerte de una pareja sentimental y el decreto de una enfermedad degenerativa surge Javelin de Sufjan Stevens, undécimo disco del cantautor norteamericano que, como en sus diez producciones previas, mantiene el sello preciosista, la filigrana sonora y el cuidado detallista de cada sonido, cada armonía y cada estrofa. Conocí la música de Sufjan Stevens en 2003 con su disco Michigan, con el ual anunció el primer producto de una serie que tenía por propósito musicalizar la esencia de cada uno de los estados de la Unión Americana; dos años después surgió Illinois, disco celebradísimo y lleno de virtuosismo que puso la segunda pieza a su desmesurado esfuerzo. A veinte años del anuncio, el músico ha sacado once L.Ps, cuatro recopilatorios de su obra, ha musicalizado cuatro bandas sonoras, lanzó tres discos en colaboración con otros artistas y publicó cinco E.Ps. A veinte años del grandilocuente anuncio por el que proyectó la realización de cincuenta álbumes dedicados a la vida norteamericana, el intento se mantiene en los dos primeros discos; en el trayecto del sueño se atravesó la realidad, las circunstancias, y la vida, que decidió en un arranque de superioridad quitarle a su pareja y destinarlo a la enfermedad, acaso para que sacara este álbum justo en 2023. El destino y mi número 13.

En el número 12 de mi conteo personal propongo That! Feels Good! De Jessie Ware, disco de texturas funky, soul y disco, que nos lleva a los mejores sonidos de la época (Silver Convention, Oddisey, Marlena Shaw), pero también de sonidos más recientes con textura jazz y R&B (Sade), que oscilan entre lo bailable y lo apacible, entre el almíbar y la piscina de chocolate derretido. La cantante le apuesta a la diversión, al movimiento y a la plasticidad sensual, que logra con su voz potente y un sonido que nos lleva a la pista de baile y al confort de un sofá, en una habitación a media luz.

Cierro esta lista, que continuaré en la entrega de la semana siguiente, con el disco que ubico en el número 11 de mis preferencias personales: The beggar de Swans, proyecto de Michael Gira surgido en 1982 y que, a cuarenta y un años de su fundación sigue pareciendo fascinante, por lo incomprensible y violentamente sugerente. Este décimo sexto álbum de la banda es una obra que, como toda la previa, se mantiene en el terreno de lo inclasificable, lo raro y lo caótico. Música para perder la calma –The beggar– es una síntesis del nacimiento y el renacimiento, de lo armonioso y lo apenas audible, con pasajes de parsimonia que parecen darle un respiro al escucha para después acribillarlo –¿sorprenderlo?– con sonoridades muy cercanas al ruido y a la devastación: escenario perfecto para que la voz cavernosa de Gira se manifieste en todo su esplendor, igual que el aullido del lobo resuena en la intemperie una noche oscura.

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