viernes 24 mayo 2024

Escribir el descenso

por Rodolfo Lezama

Es lugar común decir que “para encontrarse es necesario perderse” o, en el colmo de la tautología: “todo lo que sube tiene que bajar”. Sin embargo, como muchas otras verdades, lo obvio no anula lo verídico del aserto, sobre todo si, en el trayecto, existen hallazgos esenciales que permiten soportar la afirmación, con un contenido que supera la retórica.

La literatura universal y la mitología están llenas de ejemplos que relatan el viaje de héroes con destino al inframundo, al infierno o a la profundidad de la noche, ya sea para descubrir un secreto, lavar una culpa o encontrar respuesta a hondas interrogantes de la vida y la muerte. Así Ulises viaja al Hades para obtener del sabio Tiresias las claves que le permitieran el camino a casa. Por otra parte, en el Evangelio de Nicodemo se narra el descenso de Cristo al mundo de los muertos, donde se encuentra con espectros y fantasmas, para mirar de frente a la muerte y, en su ascenso, ser capaz de entregarse a la muerte física en la cruz y dar forma a uno de los misterios seminales del cristianismo: la resurrección.

Este acontecimiento, según la visión de Osvaldo Prósperi, permitió un giro de timón en el pensamiento occidental que “ha implicado, por un lado, un proceso de moralización del inframundo, y, por otro, una judicialización de la muerte”. En esta moralización de la muerte los habitantes del subterráneo eran seres demoníacos que purgaban una culpa y sufrían un castigo justo ante el rompimiento con reglas morales, religiosas o humanas.

Esta visión del mundo de los muertos y la construcción de un universo alternativo que recluye a los malos en un espacio donde se neutraliza la maldad se logró, en buena medida, a partir de la poética de Dante Alighieri, quien no sólo retomó esta idea de descenso como una vía para la purificación, también como un camino que debe recorrerse para alcanzar la gracia, lo que evidencia una realidad: para alcanzar los bienes celestiales la exploración debe iniciarse primero abajo, a través del descenso, como una manera de hacer acopio de experiencia, pero también de méritos que habiliten al viajero a ocupar un espacio en un sitio donde no sólo se asegura la felicidad, también la vida eterna.

La secularización de la filosofía y la pérdida de influencia de la religión militante a partir del Renacimiento matizó esta división del mundo entre buenos y malos, santos y demonios, fieles y herejes, y ello permitió que la idea de descenso también cambiara. El descenso, en estas circunstancias, ya fue el vehículo que debía utilizarse para alcanzar la santidad o la condenación, sino una vía para adquirir mayor conocimiento y ello alcanzó su expresión más clara en el arte, sobre todo en la literatura romántica, en la etapa simbolista y parnasiana (dos extensiones francesas del romanticismo), visión que se extendió al surrealismo y hasta la Generación Beat, antecedente necesario de la cultura psicodélica de los sesenta y de la época de las drogas sintéticas que se pusieron de moda en la década de los 90 con el tecno y su estandarte: las happy faces.

Una vez que el tema religioso quedó rebasado, la idea del descenso, la búsqueda de la sombra, el reconocimiento y apreciación objetiva del lado obscuro dejaron de ser mecanismos habilitantes para llegar al cielo o al infierno, y se convirtieron en caminos posibles a la experiencia, o bien, caminos a través de los cuales fuera posible la utopía, como sendas alternativas a la realidad que, en su enorme homogeneidad y cuadratura, provocaban la resistencia, pero, sobre todo, la evasión.

Este deseo de salir del yo, de desaparecer y difuminarse como una silueta que corre ha sido el hilo conductor en el viaje al inframundo, tras la secularización de la aventura. En este esfuerzo ya no se buscó lo bueno o lo santo, pero sí lo divino, o, dicho de otro modo: el acceso a una realidad distinta a la que muestra la cotidianeidad, tal vez para salir del aburrimiento, tal vez para acceder a aquello que se queda corto al invocar a Dios, pero que guarda esa misma aspiración primigenia, porque las grandes preguntas que mueven al ser humano siguen siendo una constante, independientemente de que hayan variado por completo los medios para obtener una respuesta.

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