domingo 21 abril 2024

Fanny Cano siempre será “Yesenia”

por Marco Levario Turcott

Las primeras lágrimas que le vi a mi mamá las lloré junto a ella. Desde entonces estoy seguro de que nuestro sufrimiento era comprensible debido al infausto destino de Yesenia y Oswaldo, que bebimos a sorbos frente al televisor como si estuviéramos frente a un cáliz de vino amargo.

Se entiende mi llanto. Fue por solidaridad y contagio. A los cinco años de edad nadie puede saber de entuertos amorosos pero intuye que algo sucede cuando la autora de sus días la está pasando mal, en este caso por los líos entre una gitana y un militar que fueron mi contacto inaugural con las telenovelas. Además Fanny Cano, la actriz que dio vida a “Yesenia”, fue una de las primeras personalidades que me impactaron. Jorge Lavat, en cambio, me quedó grabado con la voz de Homero en la serie de los Locos Adams.

De esto ha pasado poco más de medio siglo. Era 1970 y Telesistema Mexicano, empresa que tres años después sería Televisa, abreva del teatro, el cine, la radio e incluso de historietas como “Yesenia”, por cierto, creada por Yolanda Vargas Dulché. Así, la televisión ideó un espejo de nuestra idiosincracia que abomina la discriminación mientras la ejerce, asocia la vileza con la fealdad física y la pobreza con la bondad, como en los cuentos de Disney pero en su versión nacionalista.

Luis Manuel Pelayo, la voz radial de Kalimán, deviene en animador de la televisión. Integran el elenco comicos y guionistas de teatro y carpa. Del último oleaje del Cine de Oro encallan dos Silvias, una de apellido Pinal y otra Derbez. Una, artista polifacética, es también presentadora. Otra remplaza a María Teresa Rivas como emblema de los teleculebrones que, en 1958 junto a Rafael Banquells y por cortesía de Colgate-Palmolive, hizo llorar a la impetuosa clase media en “Gutierritos”. Fanny Cano es parte de esa constelación dramática y frívola aunque la trascendió porque respetó su identidad, tanto que a los 37 años anunció su retiro. Es decir, supo tomar distancia de las decisiones del consorcio que encarriló la industria cultural, siempre a las órdenes del presidente, lo cual explica que la empresa transformara a artistas populares como Mario Moreno “Cantinflas”, a quien disfrazó de prevaricador social y sacerdote regañón.

Reitero: la michoacana Fanny Cano trascendió aquel revoltijo ideológico que llegó al paroxismo cada semana mediante el programa “Siempre en Domingo”, liderado por Raúl Velasco. Lo trascendió, digo, entendiendo que ella fue redituable y bien retribuída. Antes de ser “Yesenía”, había hecho 25 filmes y, a la par de esa faceta, hizo dos telenovelas: “La mentira” (1965) y “Rubí” (1968). Pero nada de esto habría sido posible sin las enseñanzas de Seky Sano, renombrado actor, director de teatro y coreógrafo. Fanny Cano actuó en 1961 en la obra “Baby Doll”, lo que implicó un formidable reto a la santurronería imperante.

Antes de seguir, observo que en estos dos últimos párrafos resalta una paradoja: en 1963, Fanny Cano y “Cantinflas” filmaron la cinta “Entrega inmediata”. Diez años después, el comediante se vendió a la gazmoñería de Televisa mientras “Yesenia” tomó distancia de esa fábrica de realidades porque no correspondió con sus sueños de actriz que la animaron desde que tenía 16 años.

El lector sabe que nunca será lo mismo una malvada bruja que, con faldas a los tobillos y blusas sin escotes, atormenta a su esposo “Gutierritos”, a una nínfula de formidable carga erótica esposa de un viejo libidinoso. Capta que no es lo mismo un guión de Estela Calderón (¿quién diablos es ella?) que uno de Tennessee Williams adaptado al cine por el director Elia Kazan. Digiere además, que no es lo mismo el rostro de María Teresa Rivas que el de Fanny Cano (una es la bruja del cuento y la otra es Blanca Nieves pero en liguero). Finalmente, agrego de pasada que nunca podría compararse ningún trabajo de Silvia Derbez con la actuación de Fanny Cano en “La Mandrágora” que, en 1967, conmovió al público del teatro.
En la telenovela “Mamá Campanita”, Silvia Derbez es una viejita, pero en esencia es la misma joven dulce que coestelarizó con Adalberto Martínez Resortes el filme “Baile mi rey” (1951). Y es que, otra vez, hay una distancia sideral entre el guionista de esa telenovela que se halla perdido en los confines de la memoria y el autor de “La Mandragora”. ¡Por Dios, hablo de Nicolás Maquiavelo! No hay una sola comparación entre Mamá Campanita (cuyo apelativo nos remite a una anciana ocupada en poner hoja santa a los frijoles) y Lucrecia, la ninfa florentina que enloqueció a Calimaco.

Pero he aquí que el nuevo teatro de masas degradó diversas expresiones artísticas y deshechó otras, no hubo cabida para Meche Carreño e Irma Serrano, por ejemplo, porque ambas contravenían con el plan de negocios de Telesistema Mexicano para incentivar a la familia tradicional a sentarse en la sala en torno de la televisión, y no admitió el desmadre de La Tigresa ni a La Choca que, inocente y sonriendo, ordenó nuestra vista hacía sus jugosas asentaderas. Fanny Cano no tuvo ofertas más que de melodramas y eso la acorsetaría. No tuvo cabida en la pantalla ni fuera de ella, en los cabarés, a donde acudieron muchas artistas para hacer de vedettes sin serlo, como Elsa Aguirre y Ana Luisa Peluffo.

Fanny Cano participó, eso sí, en una suerte de “destape nacional” que ocurrió incluso como requisito para contratar artistas. Hay centenas de fotografías en la prensa, no exagero, que recalcan la maravilla de su cara de mirada ausente, de labios delgados y cejas arrogantes, y sobre todo su esbelta humanidad acicalada en vestidos entallados, minifalda o bikini. Pasó lo mismo con Regina Torné, María Sorté y Ana Martin por citar casos emblemáticos. Sí, escribí Ana Martín, hija de Jesús Martínez “Palillo”, el comediante que no se dobló a los imperativos de la televisión, la misma que estelarizaría “El pecado de Oyuki” en 1985, basada en la historieta escrita también por Vargas Dulché. Regularmente acudo a ellas como pendones de tesón y orgullo, y agregó a Ofelia Medina, una gran actriz y danzante que cantaba delicioso.

No sé si mi mamá lloró aquel miércoles 7 de diciembre de 1983, yo estaba cambiando al mundo en esas fechas, en la Universidad. Pero estoy seguro de que muchas sí lo hicieron cuando supieron que aquella mujer reservada de ojos olivares y cabello rubio, había muerto. Tenía 39 años. Estaba en Madrid y eran las 8:45 de la mañana. Fanny Cano saldría del aeropuerto de Barajas cuando hubo un descuido de los que cobran vidas. El piloto de otro avión enfiló por la misma vía en la que estaba la nave que trasladaría a la actriz. Iba a más de 350 kilómetros por hora. Instantes después sobresalían las llamas entre la densa bruma. El sábado siguiente sus restos llegaron a México, lo que significó una conmoción enorme entre los compañeros del gremio y sus admiradores que sufrieron a su lado en las telenovelas y festejaron como propios los triunfos de su vida ficticia. Muchas de ellas enjugaron el llanto, se peinaron como ella y bautizaron a sus hijas con el nombre de “Yesenia”.

Yo, por mi parte, cuando oigo “Yesenia”, me remitó a la solidaridad plañidera que tuve con mi madre, a al sonsonete de un comercial de un aceite llamado Maravilla y a uno de mis primeros aquelarres de mi adolescencia. Pero invariablemente arribó al nombre de Fanny Cano, aunque a menudo olvide que el suyo verdadero fue María Francisca Isabel Cano Damián.

También te puede interesar