viernes 24 mayo 2024

Floristería de autor y complejidad literaria

por Rodolfo Lezama

a Laura Aguirre Daw, poeta floral

El sábado pasado la suerte me llevó a un mercado especializado en flores, donde van floristas profesionales a buscar su material de trabajo, igual que lo hacen enamorados, neófitos, paseantes o románticos empedernidos que madrugan para adorar a su amada con una flor, o los hijos remisos buscan un regalo, aun fuera del tiempo reglamentario, para congraciarse con su progenitora que no recibió un presente el día de las madres, o bien, los padres de familia intentan encontrar un arreglo floral para la maestra de su hijo de educación primaria o simples curiosos buscan un objeto hermoso que llevar entre manos…

Durante el trayecto, la guía experta del tour, a quien llamaré Artesana, me indicó qué camino tomar para encontrar una determinada flor, un follaje, una maceta, o la base para armar un arreglo que terminaría siendo una expresión fragante y aromática del arte.

En medio del camino, ella hizo una exposición, acaso de minutos, que me permitió entender el origen de sus convicciones respecto del arte floral, pero, sobre todo, pude descubrir las motivaciones que la llevaron a tomar la decisión de servirse del diseño gráfico para confeccionar una instalación de flores, un arreglo o un detalle, y así ganarse la vida, y, en ese esfuerzo, celebrar el amor, la amistad, la cercanía o nada en particular, tal vez el gusto de entregar una pequeña obra de arte a alguien que merece la distinción especial de recibir un incunable proveniente del mundo vegetal, con color, textura, aroma y forma.

En el recorrido sobraron los nombres curiosos –astromelia, ave de paraíso, gerbera, alcatraz, girasol, lili– para recalcar la importancia de esas flores, como personajes protagónicos del concierto floral. A su vez, salieron de sus labios otros apelativos que deletreaban los nombres de flores accesorias a las principales, así como follajes –entre los que se incluía curiosamente una forma de col entre gris y morada– que fungían como artistas de reparto en el escenario floral.

Poco antes de dirigirnos al sitio donde compró bases, macetas y diversos aditamentos para cortar, hizo un comentario que me permitió entender, finalmente, los fundamentos de su poética, tras una pregunta inocente: ¿nunca has utilizado uno de los arreglos que venden en el mercado, digamos, ajustándolo, recomponiéndolo? A lo que Artesana respondió contundente: No, jamás. Es imposible. Cada arreglo que hago es algo nuevo, irrepetible. En una frase: un arreglo de mercado tiene un sello, una elaboración característica, que nunca podrá compararse a la floristería de autor.

Cargado de largos ramos de flores rumié mentalmente las palabras de Artesana, hasta dar con una primera conclusión de la visita al mercado de flores, antes de llegar al estacionamiento y descargar el motivo de la compra en la cajuela. Camino a casa, hablamos sin orden ni concierto, de todo y de nada. No obstante, la frase final de la poeta floral me hizo pensar en una realidad sobre el arte, al menos el que conozco mejor: la literatura.

La complejidad literaria no es una manifestación simple de snobismo o la expresión injustificada de un contenido difícil que pretende complicarle la vida al lector valiéndose de artificios, pues la literatura de confección compleja es una necesidad expresiva que exige el texto mismo, como ser viviente. La literatura, la que me gusta, al menos, pretende hacer una explicación de la vida, en sus matices y dificultades, en su complejidad. En la misma medida la floristería de autor pretende hacer una interpretación de la naturaleza, de la vida y de la belleza, y no producir una simple fotografía del instante, sino hacer una reproducción de la más amplia de la naturaleza, hasta lograr que esa representación rebase el tiempo al convertirse en recuerdo, igual que sucede con un buen libro o con una pieza musical que mueve a la emoción.

La característica del arte es que es imperecedero y, en buena medida, difícil o no asequible a todos los gustos. La literatura comercial y de desarrollo personal puede leerla cualquiera, aunque, difícilmente, su lectura permitirá un cambio de conciencia o de visión en quien la lee. Igual ocurre con la floristería de autor: los nombres –gladiola, anturio, narciso o lantana– de cada flor, generan una visión en el espectador, pero su combinación afortunada provoca la emisión de una frase de asombro o la expresión de una poética que convierte el acto de construir un arreglo o una instalación en una pared de palabras, texturas y olores, a las que solo les falta el sonido, que vendrá, eventualmente, como una canción de amor a la boca de quien observa, quien se sorprenderá ante la gama de colores, estilos y mezcla de sutilezas, convirtiendo el acto de mirar en un instante en el que la sinestesia puede ser la palabra que sintetiza la experiencia, igual que ocurre cuando se lee inicio del Canto III del Altazor de Vicente Huidobro, cuando describe lo inasible, lo inaudible y lo invisible, a través de la voz:

Romper las ligaduras de las venas
Los lazos de la respiración y las cadenas

De los ojos senderos de horizontes
Flor proyectada en cielos uniformes

El alma pavimentada de recuerdos
Como estrellas talladas por el viento.

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