martes 18 junio 2024

Georgia y la obsesión de Putin

por Pedro Arturo Aguirre

Georgia ha sido agitada durante las últimas seis semanas por manifestaciones ciudadanas de protesta contra una ley que obligará a las ONG’s y a los medios de comunicación nacionales a registrarse como “organizaciones al servicio de los intereses de una potencia extranjera” si más del 20 por ciento de su financiamiento proviene de otros países. La oposición la llama “ley rusa” porque se inspira en una aplicada por Putin desde 2012 para reprimir a la disidencia en su país. La aprobación de esta ley constituye un nuevo paso del partido prorruso Sueño Georgiano, en el gobierno desde hace doce años, en su deriva autoritaria y en su distanciamiento de la Unión Europea. La región del Cáucaso, donde se encuentra Georgia, es políticamente intrincada y conflictiva. Por centurias fue un espacio fronterizo y multiétnico entre los imperios otomano, persa y ruso. La mayoría de los reinos en los que se dividía Georgia fueron nominalmente vasallos de los emperadores persas hasta que en 1783 el rey Heraclio II solicitó la protección de Catalina la Grande. Así, Georgia y las demás regiones del Cáucaso sur fueron incorporadas al Imperio ruso. A lo largo del siglo XIX los Romanov impusieron su poder sometiendo a los díscolos pueblos de las montañas del Cáucaso y frenar con ello el avance del Imperio otomano. 

La Revolución Bolchevique y posterior guerra civil rusa dieron la oportunidad tanto a Georgia como a Armenia y Azerbaiyán (los otros dos países transcaucásicos) de experimentar un breve lapso de independencia hasta que el Ejército Rojo los incorporó a la Unión Soviética a principios de los años veinte del siglo pasado. Stalin era georgiano, pero despreciaba al movimiento nacionalista de su país, al que consideraba “burgués y reaccionario”. Aspiraba, como buen comunista, a diluir las particularidades étnicas y regionales para crear el “nuevo hombre soviético”. Por eso reprimió decididamente cualquier expresión de anhelo o añoranza nacionalista. Pero con la Perestroika y la crisis del comunismo en los años ochenta resurgió el nacionalismo georgiano. Estallaron protestas contra las políticas de rusificación hasta que Georgia se independizó tras la disolución soviética en 1991. Desde entonces este país caucásico ha experimentado golpes de Estado, guerras civiles, secesiones, revoluciones y una guerra con Rusia. Tres regiones del nuevo país donde viven distintas minorías étnicas a la georgiana (Abjasia, Osetia del Sur y Ayaria) entraron en conflicto con el gobierno de Tiflis y azuzaron pretensiones independentistas. Rusia las ayudó económica y militarmente en su lucha por la secesión, en especial desde 2004 con el acercamiento del entonces gobierno georgiano a la OTAN y Estados Unidos. Y es que en noviembre de 2003 cientos de miles de georgianos salieron a las calles para exigir democracia y reformas en la que pasó a la historia como la “Revolución de las Rosas”, nombre derivado de una cita del primer presidente georgiano, Zviad Gamsakhurdia: “En lugar de balas, arrojaremos rosas a nuestros enemigos”. De este movimiento surgió un gobierno prooccidental que pretendía ingresar a la OTAN y a la Unión Europea. Tras cuatro años de tensiones, en 2008 se produjo la guerra ruso-georgiana, la cual se saldó en apenas cinco días con el triunfo de Rusia, la cual consolidó su presencia en Abjasia y Osetia del Sur.

Con ese trasfondo un partido pro Ruso, el ya mencionado Sueño Georgiano, ganó las elecciones de 2012. El fundador del partido, Bidzina Ivanishvili, es un multimillonario que amasó su riqueza en Rusia. Actualmente la formación sigue en el Gobierno y pese a haber presentado su solicitud de adhesión a la Unión Europea en 2022, ese año también acentuó su deriva autoritaria y su acercamiento a Rusia. Esta nueva ley represiva es sólo el último ejemplo. El Gobierno la ha hecho aprobar pese a las protestas multitudinarias, que llegaron a reunir hasta a unas 50 mil personas en Tiflis. Según encuestas, la población georgiana no está de acuerdo con el acercamiento a Rusia y, por el contrario, en torno al 80 por ciento de la población apoya la integración de Georgia a la Unión Europea, ahora puesta seriamente en entredicho debido a los obvios retrocesos en materia de democracia y Estado de derecho. Eso sí, Ivanishvili ha defendido el proyecto de ley y arremete contra Occidente. En un discurso reciente cargado de teorías conspirativas, el multimillonario arremetió contra lo que llamó “la orgía globalista de George Soros” y sugirió que la oposición estaba controlada por servicios de inteligencia extranjeros. Por cierto, Georgia, con una población total de 3.7 millones de habitantes, celebrará elecciones parlamentarias a finales de este año.

El problema de fondo de Georgia es el mismo que padecen Ucrania y las repúblicas bálticas y del Asia Central, las cuales son consideradas por Moscú como parte de su tradicional esfera de influencia imperial, la cual Putin está obsesionado en reconstruir. No hace mucho este sátrapa megalómano y criminal de guerra se comparó a sí mismo con Pedro el Grande diciendo que comparte el objetivo de este zar (quien gobernó en el siglo XVIII) de devolver las “tierras rusas”” a un “imperio mayor”. “Pedro el Grande libró la Gran Guerra del Norte durante veintiún años contra Suecia y conquistó muchos territorios”, declaró en una ceremonía conmemorativa en honor al zar, y refiriéndose a la actual invasión de Ucrania dijo: “Aparentemente, también nos tocó a nosotros devolver a Rusia lo que es suyo. Y si partimos del hecho de que estos valores básicos forman la base de nuestra existencia, ciertamente lograremos resolver las tareas que enfrentamos”. Esta semana Putin visitó, otra vez, a su gran amigocho Xi Jinping, ¡tan similares el uno con el otro! Ambos tienen la obsesión de creer representar a la antigua potencia imperial de sus respectivos países y creen ser los elegidos por la providencia para restaurar su grandeza. Por eso pretenden perpetuarse en el poder para siempre… y eso puede llegar a ser apocalíptico. 

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