jueves 29 febrero 2024

Hendrik Verwoerd y el Hacha del Destino

por Pedro Arturo Aguirre

El Hacha del Destino es el nombre del libro el cual estoy escribiendo y trata sobre veinticuatro de los magnicidios más importantes de los siglos XX y XXI. Me ha llevado ya un par de años de investigación y lecturas sobre los atentados de personajes tan conocidos como los hermanos Kennedy, Anuar Sadat, Isaac Rabin el archiduque Francisco Fernando, Olof Palme, Mahatma Gandhi, Benazir Bhutto y Álvaro Obregón; y de otros no tan conocidos (en México) pero no menos importantes como Eduardo Dato, Carlos I de Portugal, Park Chung Hee y Hendrik Verwoerd. Este último fue un hombre verdaderamente infame, uno de los arquitectos del apartheid y artífice de los “bantustanes”, los territorios creados para no blancos diseñados para segregar a la población de color. Era psicólogo, sociólogo , periodista y político. Nació en Ámsterdam en 1901 y fue toda su vida, como él siempre lo admitió sin rodeos, un “Afrikaner de extrema derecha”. Obtuvo un doctorado en la Universidad de Stellenbosch y luego viajó a Estados Unidos y Europa, donde realizó estudios de postgrado en varias universidades, incluyendo Hamburgo y Berlín. En 1928 regresó a Sudáfrica (donde había arribado con su familia cuando tenía dos años) y fue nombrado profesor de Psicología Aplicada y Sociología en la Universidad de Stellenbosch.

Desde muy joven desarrollo inclinaciones filo nazistas y de supremacismo racial. En 1936 se unió a un grupo de seis profesores radicales los cuales protestaron de manera vehemente contra la admisión en Sudáfrica de refugiados judíos de la Alemania nazi. Con este hecho Verwoerd demostró estar destinado a ser rodeado por la polémica. Al año siguiente se convirtió en el primer editor de Die Transvaler, el periódico del Partido Nacional en Johannesburgo, que bajo su dirección editorial se convirtió en un instrumento propagandístico de los nazis en Sudáfrica. Con la derrota de Hitler, Verwoerd se vio obligado a moderar sus inclinaciones nacionalsocialistas, pero su racismo y odio por todo lo distinto a él se mantuvo intacto. En 1948, el Partido Nacional llegó al poder en las elecciones generales y fue electo senador. Dos años más tarde entró en el Consejo de ministros como encargado de Asuntos Nativos, donde mucho contribuyó a la instauración del apartheid, definido eufemísticamente por Verwoerd como “Sistema para proporcionar igualdad de oportunidades a todas las personas…pero estrictamente dentro de su propio grupo racial”. En 1958 se convirtió en primer ministro. Como gobernante consolidó el sistema de discriminación racial y reprimió brutalmente las protestas de la mayoría negra (como en la célebre masacre de Sharpeville en 1960), encarcelando a sus principales dirigentes, siendo uno de ellos un tal Nelson Mandela.

El 6 de septiembre de 1966, en plena sesión parlamentaria, justo cuando tomaba asiento en su escaño un ujier de la cámara de nombre Dimitri Tsafendas se le acercó repentinamente, sacó de entre sus ropas una daga, levantó con ella la mano derecha y apuñaló a Verwoerd cuatro veces en el pecho. Fueron cinco certeros golpes en el pulmón y el corazón. Cuatro miembros del Parlamento médicos de profesión se apresuraron a auxiliar al primer ministro, quien de inmediato fue trasladado a un hospital cercano donde murió a los pocos minutos de su llegada. Verwoerd ha sido uno de los dos únicos mandatarios asesinados durante una sesión parlamentaria, siendo el otro Spencer Perceval, muerto a la entrada de la Cámara de los Comunes en 1812 y quien se convirtió, así, en el único primer ministro británico en ser asesinado.

La historia de este magnicidio es magistralmente narrada por el escritor Henk Van Woerden en la novela El Asesino (publicada en español por Mondadori en 2001). No hubo ninguna interpretación ni intencionalidad política sobre este asesinato. Muy pronto, y sin las dudas invariablemente asociadas a este tipo de acontecimientos, quedó clara la responsabilidad de un asesino solitario, quedando descartada cualquier posibilidad de complot. Sin embargo, los adictos a las teorías de la conspiración no dejaron de sospechar sobre la certera precisión de las heridas mortales, la cuales sólo se podían haber logrado con mucho entrenamiento previo y no de forma espontánea. Pero no había pista alguno para sostener estas suspicacias. El magnicida era hijo ilegítimo de un padre griego y de una madre africana. Su pecado fue vivir en el lugar equivocado, la Sudáfrica del racismo y el apartheid, donde solo era uno más entre tantos parias, en un hombre sin patria ni identidad. Deambuló por toda África embarcado en cargueros, hasta que en Ciudad del Cabo buscó asentarse e iniciar una nueva vida. Era “demasiado negro para los blancos y demasiado blanco para los negros”. Consiguió un trabajo como ujier en el Parlamento y poco después decidió realizar su hazaña. El proceso judicial a Dimitri Tsafendas fue rápido y perentorio. Un juicio sumario inició cuarenta días después del asesinato, el 17 de octubre de 1966, y concluyó tres días más tarde con el juez declarando al reo “loco y no apto para ser juzgado”. Sin embargo, aunque este dictamen salvó al acusado de la horca, se ordenó recluirlo en una prisión del Estado a elección del primer ministro de la nación, un privilegio de las leyes sudafricanas.

Así, pese a haber sido declarado demente, Tsafendas fue recluido en en la prisión central de Pretoria y no en una institución mental. El gobierno sudafricano, aprovechando una laguna legal, lo encerró en una celda del corredor de la muerte justo al lado de la sala de ejecución. Escuchaba frecuentemente el magnicida los gritos y el golpe de la trampilla cuando los condenados a muerte eran ahorcados. Si el vil régimen del apartheid no lo pudo ajusticiar debido a su enajenación, se resarció manteniéndolo confinado en un infierno. Finalmente, Tsafendas fue trasladado a un asilo mental en julio de 1994, ya con Mandela como presidente. Allí murió el 7 de octubre de 1999. Van Woerden estremece con su relato. Presenta a Tsafendas como un hombre roto, siembre maltratado, ninguneado, escarnecido en la infame Sudáfrica del apartheid que un buen día decide matar al racista por antonomasia, al filonazi irredimible, al irreductible supremacista racial. Muy pocos fuera de Sudáfrica lamentaron la muerte de tan siniestro personaje, pero a su funeral asistieron más de un cuarto de millón de afrikáners. Un pedazo de alfombra con la sangre derramada de Verwoerd se exhibió como recuerdo en el vestíbulo de la sala de sesiones del Parlamento hasta que en 2004 el gobierno decidió retirarla. Hoy en Sudáfrica nadie quiere acordarse de Verwoerd, símbolo de un oscuro pasado.

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