jueves 13 junio 2024

Historia de un resentimiento

por Tere Vale

El famoso Plan B se conoció hasta que llegó a San Lázaro. Ni legisladores ni periodistas conocían su contenido.  No hubo discusiones previas, ni búsqueda de consensos, ni el menor atisbo de interesarse en escuchar lo que decían los otros. Simple y sencillamente el objetivo era aprobarlo lo más rápidamente posible y, desde luego, sin que se le cambiara ni una sola coma, como les ordenaba a sus lacayos su señor. Dispensa de trámites, el peligroso fast track, las oposiciones abandonando el recinto, las cuatro de la madrugada y ya estuvo. ¿Para que más? 

Un documento de más de 300 páginas tenía que aprobarse así, sin siquiera leerlo (no lo conocían ni los diputados oficialistas que no entienden bien a bien lo que aprobaron) y excluyendo a la oposición. Se trataba de imponer solo un punto de vista y dañar lo más posible a la institución. ¡Y vaya que tienen ganas de hacerlo!

Y si usted me pregunta por qué se decidió hacer está reforma, primero constitucional y luego a través de las innumerables modificaciones de las leyes secundarias, 450 para ser exacta, pues la respuesta es sencilla, todo tiene que ver con lo mismo: la sed de venganza de un resentido.

Gregorio Marañón, gran médico y escritor español, sabiamente escogió al emperador Tiberio como el prototipo del rencor. Profundizando en la psicología de los dictadores (el emperador romano y nuestro mandatario incluidos), siempre nos topamos en ellos con un sólido sustrato emocional de venganza y resentimiento que da origen a su autoritarismo. Para el presidente, el hecho que detonó su aversión irracional al INE es la elección federal de 2006, la cual (despreciando la realidad) cree a pie juntillas que ganó. El resentimiento para decirlo claro es odio sublimado, encarnado en una personalidad narcisista que no acepta sus fallas y culpa siempre al otro de haberlas cometido. El presidente detesta al INE, a sus representantes y a Felipe Calderón, porque le recuerdan algo que perdió y que nunca podrá obtener. En un individuo sano, el haber conseguido finalmente llegar a la presidencia de la República años después sería suficiente para apagar de una vez por todas su violencia en contra de los que subconscientemente representan, en carne y hueso, su fracaso de aquellos años. Pero…ya vemos lo que está pasando.

No puedo dejar de mencionar otra emoción importante en este análisis psicopatológico de los tiranos: la envidia, condición necesaria y previa al rencor. Puedo imaginar perfectamente como vivió López Obrador el triunfo de Calderón y el papel que jugo en ello el órgano electoral. Y aquí estamos, 16 años después, todos los mexicanos sufriendo las consecuencias. 

Es evidente que por más marchas, protestas o razones políticas o sociales que se esgriman ante una persona con estas características, no se lograra transformar su talante destructivo por actitudes maduras, inteligentes y socialmente aceptables. Nada de esto sucederá. AMLO nunca volverá a perder (se dice) y lo prepara todo para evitar esa sensación en el 2024. 

Lo más terrible es que la única posibilidad de que los problemas psicológicos del primer mandatario no destruyan nuestra democracia es lo que suceda en los próximos días en el Senado de la República. Llegó la hora de las definiciones para todos los legisladores y es ahora o nunca. No nos vayamos a arrepentir después. 

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