viernes 14 junio 2024

No, la izquierda económica no puede vencer a lo woke (y, de hecho, ni le interesa)

por Óscar Constantino Gutierrez

David Rieff escribió un artículo muy interesante, titulado “solo la izquierda económica podrá vencer a lo woke” y que recomiendo leer. Si bien estimo que los hechos que plantea son mayoritariamente ciertos, opino que sus inferencias y valoraciones no lo son, así como su conclusión, de la que también disiento categóricamente. En este texto trataré de explicar el porqué de mi diferendo.

El sumario del texto del bostoniano hace honor a su nombre, es una excelente síntesis de su columna y poco hay que agregar a lo que dice:

La cosmovisión woke –que se ha adueñado de los campus en Estados Unidos– es radical, pero no progresista. Se erige como una amenaza para la cultura, pero no para el capitalismo. La crítica más eficaz debe venir de una izquierda preocupada por la cultura y la clase”.

Me encanta la expresión cosmovisión, yo soy adepto de Gaos y prefiero el término idea del mundo. Estoy de acuerdo con dos tercios del sumario del texto de Rieff y agrego algunas otras cosas que el egresado de Princeton afirma en su análisis:

  • La idea del mundo woke se ha adueñado de los campus en Estados Unidos. Cierto, pero lo woke no solo vive en las universidades (y eso lo cambia todo).
  • Lo woke es radical, pero no progresista. Cierto a medias, fuera de los campus lo woke se preocupa de cosas que a las escuelas de la Ivy League no les importa.
  • La idea woke se erige como una amenaza para la cultura, pero no para el capitalismo. Nuevamente, una verdad parcial: hay un segmento woke capitalism friendly y otro notoriamente anticlasista, anticapitalista e incluso protocomunista.
  • La crítica más eficaz a lo woke debe venir de una izquierda preocupada por la cultura y la clase. Falso de toda falsedad, la izquierda no woke tiene conflictos de grado con aquella, por lo que siempre puede jugar a modular los factores indolentes que esta tiene.
  • Lo woke no es una verdadera ideología. Muy discutible, matizaría sosteniendo que hay wokes incultos, desentendidos de los problemas de clase y francamente idiotas. Pero los wokes sí tienen un conjunto de ideas fundamentales que caracterizan el pensamiento de su movimiento cultural, entre ellas la raza, el género, la interseccionalidad y principalmente, que el sistema es estructuralmente injusto y privilegiado para un grupo dominante, gracias a esos factores.
  • El verdadero proyecto de lo woke es diversificar la clase dominante¹. Cierto, no hay duda de ello, al menos respecto a la corriente woke de los campus.
  • La derecha no construye cultura. La derecha dominante carece de las herramientas intelectuales para librar una batalla de ideas. Totalmente falso, lo explicamos más adelante.
  • La derecha no se preocupa de verdad por la cultura, ni puede hacer una crítica de lo woke que no sea solo reactiva. Falso.
  • La derecha nunca previó que la conciencia social podría ser buena para los negocios. Totalmente cierto.
  • Solo una derecha dispuesta a dar la espalda al capitalismo podría disponer de las herramientas intelectuales y morales para disputar la ideología woke. Falso.
  • Solo la izquierda económica podrá vencer a lo woke. Totalmente falso.

Estas son las afirmaciones principales que veo en el texto de Rieff y lo que opino de ellas. Trataré de ser breve y utilizar ejemplos cotidianos para respaldar lo que sostengo.

Para comenzar, pongo dos ejemplos al acceso del gran público que permiten identificar que las conclusiones de Rieff tienen fallas: el Arrowverse de CW y la nueva película de Buzz Lightyear.

Ni Greg Berlanti, ni Warner Brothers, representan a una facción woke irredenta que quiere librar una batalla cultural en la televisión. Los repartos multirraciales, los personajes LGBTQ, así como el cambio de género, raza o preferencia de alguno de los protagonistas, responden a una agenda de mercado, como puede deducirse de lo que acertadamente señala Rieff. La hipótesis es que la inclusión vende (como vende el ecologismo, el cuidado de los delfines o la solidaridad con el tercer mundo)… aunque Berlanti es especialista en tener series canceladas por bajo rating y contar con libretos ofensivos a la inteligencia del auditorio. Ahí la hipótesis ya no se sostiene.

¿La inclusión vende? Quizá, pero no hace que la basura deje de serlo y habrá quien se emocione con el perfil de alguno de los integrantes del elenco de Supergirl o Arrow, pero eso no basta para que el producto guste: en realidad, sirve para que algunos consumidores no se quejen, ni traten de cancelar lo que no corresponde a ese estándar moral.

Por otro lado, habrá que ver el balance final de la taquilla de Lightyear, pero el público destino de los productos Disney no ignoró un tema de inclusión que, precisamente en una serie del Arrowverse hubiera sido cosa cotidiana. Planteado en forma muy breve: el capitalismo le hará el juego a lo woke si esto es negocio. Tengo mis dudas de que lo sea o incluso lo haya sido, más allá de algún ejemplo meramente testimonial.

Además, si bien hay un capitalismo amigable con lo woke, eso no equivale a que lo woke sea mayoritariamente capitalism friendly, simplemente porque esa ideología no solo existe en los campus. Rieff observa a los que están en las escuelas superiores, gente que incluso se parece a los socialistas caviar: les preocupa la raza y la opresión patriarcal, siempre y cuando puedan estudiar en una institución de elite que cuesta varios decenas de miles de dólares al semestre y sus preocupaciones solo se centren en su microcosmos. Pero la pregunta es si hay wokes fuera de esa parte privilegiada de la sociedad, las respuesta es una afirmativa categórica y el México del obradorismo es un ejemplo de ello: el woke de ingresos bajos se preocupa por el clasismo y los temas clásicos del socialismo marxista, de hecho, la existencia de esos grupos demuestra que es falso que la izquierda económica vaya a combatir a lo woke. Tal vez lo hiciera en un modelo como el soviético, porque la sensiblería es repugnante para una dictadura socialista. Pero una socialdemocracia compartimentaría con los woke: y ahí está Alexandria Ocasio-Cortez como ejemplo de ello. 

Pero este tema de la indolencia social no es nuevo, en la izquierda clásica siempre existieron los grupos de “ideología superficial”, que vivían de una forma que no era compatible con la lucha de clases que los socialistas marxistas pregonaban. No hay una diferencia sustancial entre la incongruencia de un socialista caviar y la de un woke de campus. Entonces, es falso que la izquierda económica pueda, o incluso quiera, derrotar a lo woke, porque en realidad es su hermana menor y para esa izquierda clásica resulta más fácil buscar las afinidades con lo woke que pretender desplazar o destruir a su similar.

Un error del texto de Rieff, que me parece imperdonable, es regatearle a lo woke su carácter de tragedia, reduciéndolo a desastre cultural. “Una tragedia de verdad es Ucrania”, dice el historiador. Para él tampoco fue una tragedia el macartismo, lo que exhibe sus parámetros de lo funesto y de un juicio condescendiente (los subrayados son míos):  

“(…) no ha muerto ni una sola persona por la instauración de lo woke y de la teoría crítica de la raza al estilo de Ibram X. Kendi en las instituciones culturales y académicas. Insistir en este punto no quiere decir que las carreras arruinadas, las jubilaciones anticipadas forzadas y la autocensura provocadas por lo woke no tengan importancia. Son enormemente importantes, sobre todo para el destino de la cultura y el mundo de las ideas. Pero aquí hago un alegato por ver las cosas de manera proporcionada. Igual que la era McCarthy (por muy vil e intelectualmente represiva que fuera, como en el caso de lo woke) no fue el reino del fascismo, no nos enfrentamos ahora a los jemeres rojos. Así que esto es un alegato por ver las cosas en su justa medida y evitar el egocentrismo y provincianismo que tanto abunda en el debate estadounidense sobre lo woke (y sobre todo lo demás, cabría decir) en todo el espectro ideológico. Creo que lo woke supone un desastre cultural, pero no es una tragedia. Una tragedia de verdad es Ucrania”.

No quiero caer en el lugar común de recordar las quemas de libros en la Alemania de los treinta, pero el macartismo no llegó más allá porque implotó, quizá en otro universo hizo realidad las peores pesadillas de Orwell o de Alan Moore, pero lo que le faltó fue tiempo para cambiar las deportaciones por cadenas perpetuas o masacres. ¿Tenemos que esperar a que muera alguien para tomarnos en serio la amenaza woke? Reiff al parecer cree eso y tengo nuevamente que disentir. Y no, las carreras arruinadas, las jubilaciones anticipadas forzadas y la autocensura provocadas por lo woke son una verdadera tragedia, aunque aún no exista la Liga Juvenil Antisexo, ni los dos minutos de odio. Eso sí, ya existen las versiones reales de la Ginebra de la Victoria y otros consumibles ideologizados, ¿o qué son las ediciones wokes e inclusivas de alimentos, bebidas, ropa y hasta teléfonos?

Pretender que la izquierda económica se opondrá al integrismo woke, que tiene las mismas bases igualitaristas que el viejo marxismo, implica creer que la izquierda va a pugnar por la libertad de pensamiento y decisión, cosa que nunca ha hecho: si lo hubiera actuado de esa manera, jamás habría existido el bloque soviético o la dictadura cubana. Si algo distingue a la izquierda clásica es su necesidad de censurar cualquier pensamiento y acción que se oponga a su ideario, sea para restringir la venta de ciertos alimentos, prohibir actividades económicas (e incluso culturales) o reprimir cualquier tipo de disidencia. Seré más directo: la moderna cultura de la cancelación es de factura marx-leninista. El Che, Stalin, Castro, Ceaucescu y Brézhnev no eran amigos de la libertad de pensar y actuar. Nuevamente, entre meter a alguien a un Gulag, quemar libros o expulsar a un profesor de la universidad, la diferencia solo es de grado.

Concluyo con el papel de la derecha en el combate de lo woke, sin caer en la ingenuidad de algunos propagandistas como Agustín Laje, que solo desempolvan el viejo instrumental de la derecha religiosa o de un fracasado paleolibertarismo, en el que la derecha pretendió infructuosamente fagocitar al libertarismo más cándido e ignorante. Sin duda existe una derecha indolente en temas culturales, ignorante, además de reactiva por los peores motivos religiosos, pero no es la única que existe (ni es marginal). Y aquí quiero traer algo queRieff no considera: el capitalismo es competencia, triunfo del más apto (más allá de sus anomalías, como las prácticas monopólicas o el capitalismo de compinches), mientras lo woke rechaza el mérito y el triunfo del más capaz, porque por definición los ganadores son ilegítimos, por privilegiados. Si los wokes hubiera obtenido el poder, Usain Bolt habría tenido que correr con pesas en los tobillos y la gente estaría obligada a ver programas malísimos de televisión, pero con alto contenido moral (con la moral de los wokes, claro).

Lo woke es enemigo simétrico y esencial de las libertades y la competencia, su expansión proviene de la andanada iliberal en el mundo y lo que se necesita es un liberalismo vocal y confrontativo, que sin duda puede aliarse con la derecha en temas económicos y buscar una agenda consensuada en temas culturales, pero asumir que la derecha (o el libertarismo) no es culta, ni le importa la cultura, es una conclusión tan arrogante y desprovista de piso que merece otro nombre, la mayoría de mis lectores sabe cuál es.

Obviamente, la derecha republicana de Trump no es la indicada para dar esa batalla, pero su dirigencia tiene bien claro donde apretar las tuercas para que lo woke se hunda. Pareciera que Reiff no recordara que el agente naranja no apaleó más a los wokes porque no tenía las mayorías suficientes para hacerlo, pero que, en donde tuvo margen de maniobra, dio reversas significativas en temas de raza, género e inclusión. También parece que Reiff no tiene consciencia de que Biden necesita evitar una crisis económica para no perder el Poder Legislativo y que un regreso de Trump (o sus sidekicks) implicaría cuatro años de golpizas al movimiento woke, precisamente porque constituye una amenaza para ese tipo de derecha. 

En el estado de cosas electoral, ¿dónde cabe esa izquierda económica que Reiff señala? Y, por favor, no salgamos con piruetas argumentativas para sostener que, incluso fuera del poder político, esa izquierda tradicional podría hacer algo… porque simplemente no lo ha hecho, ni lo hace e incluso se ha aliado con los wokes, como ya se refirió previamente en este texto. 

Para concluir, creo que en español debemos tener un vocablo específico para no usar la palabra woke, cuya traducción poco le dice al hispanohablante: en lugar de despiertos, yo los llamaría lerengos. Y lo son, porque, al menos en el segmento de los ejemplos de Rieff, sus debates e indignaciones son sobre temitas del teatro escolar, no les importa Ucrania, la dictadura en Venezuela, las matanzas socialistas o el azote del crimen organizado en el mundo. El woke de campus seguirá usando su iPhone con carcasa multicolor y poco le importará que haya sido manufacturado por ingenieros chinos en situación de miseria (claro, mientras no le hagan ver que quizá haya un tema racial o de género en la línea de producción, porque entonces sí se indignará): si alguien actúa como lerengo, habla como lerengo y piensa (es un decir) como lerengo, lo es. Aunque se crea progresista y de avanzada.


¹ La afirmación es de Adolph Reed Jr., pero Rieff la suscribe.

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