sábado 02 marzo 2024

Justiciero

por Pablo Majluf

Germán Larrea no es propiamente un empresario con méritos creativos como aquellos genios estadounidenses que se hicieron inmensamente ricos por su inventiva y arrojo, dándole algo valioso a su sociedad y de paso al mundo entero. Es apenas un heredero y un concesionario, un monopolista dueño de una fortuna creada al amparo del poder político, un oligarca. 

El obradorismo aprovecha esa condición para justificar sus métodos expropiatorios. No es que el objetivo de la expropiación en su contra haya sido necesariamente el desquite. Es más bien que, una vez lanzada la ocupación con tropa armada, el régimen tiene a la mano esa justificación moral. Usa un poderoso e irresistible discurso de clase fincado en el revanchismo y en el anhelo de justicia retributiva. Como Larrea es moralmente indefendible, el fin justifica los medios. 

No se tiene que simpatizar con Larrea ni consentir su fortuna para denunciar esa pulsión autoritaria. En un Estado moderno la ley es ciega. Sólo un Estado premoderno recurre a argumentos morales ante la tropelía y la falta de sustento jurídico. 

La arbitrariedad moralina es el modus operandi del obradorismo y la justificación detrás de su violencia. También se utilizó para destruir de un manotazo el aeropuerto de Texcoco, alimenta la retórica de la austeridad republicana, se esgrimió para deslegitimar a los consejeros del INE, y se aprovecha cotidianamente en las embestidas contra los ministros de la Corte. Los peores métodos se fundamentan en nombre de una justicia caprichosa que siempre encuentra alguna mancha moralmente reprobable para justificarse a sí misma.   

El resentimiento populista está fincado en el desagravio del supuesto pueblo contra sus elites enemigas. El obradorismo ha conseguido así explotar la vieja herida de los desposeídos, utilizándola como subterfugio de su poder desmedido.

Nunca en la historia ha salido un beneficio colectivo de la violencia revanchista. Ejerciéndola, el obradorismo no ha entregado mejor distribución de la riqueza ni mayor justicia social, únicamente ha logrado destruir valor, instituciones y reputaciones. El único beneficio ha sido para el justiciero que ha concentrado más poder personal erigiéndose con la bota militar por encima de todos, especialmente del pueblo vengado.

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