sábado 15 junio 2024

La artista Adriana Butoi

por Germán Martínez Martínez

En este primer cuarto del siglo XXI abundan —quizá predominan— creadores en las diferentes prácticas artísticas que recurren a temas sociales para formular sus obras: de la autonomía del arte se estaría pasando no sólo a su plena imbricación política sino a la exigencia de militancia en unas cuantas causas preestablecidas. En aparente contraste, pero en realidad como otra cara de la exigencia de realismo esquemático, está la popularización de las llamadas “autoficciones”. No me refiero, por supuesto, a los mejores ejemplos, sino a casos en que aun antes de su publicación, existen campañas de promoción con los creadores ubicando sus obras como parte de alguno de los asuntos cliché, que gozan de atención social. En cambio, con su obra Kill the Fucking Bill(s) la artista escénica Adriana Butoi se enfrenta a diversas farsas.

La calidad de la puesta en escena de este monólogo es patente en la funcional combinación, y meticulosa sincronización, de las acciones de la intérprete —y coautora— con diversas y constantes proyecciones sobre dos pantallas, así como con audios que complementan la voz de la actriz. Hay que evitar, sin embargo, el error de valorar esta creación desde el acuerdo, total o parcial, con sus planteamientos políticos. Butoi, a través de su personaje Adriana, desarrolla una reflexión implícita sobre la figura del artista. Su personaje —adivinando la composición del público— desea a cada uno la obtención de premios, que les dediquen retrospectivas, incluso dinero y, reveladoramente, “que no quede en su vida ni un solo segundo de silencio”, desligándose de la concepción de relumbrón de la vida del artista. Durante las dos breves temporadas, la primera en el Museo del Chopo, del 1 al 4 de junio, y la más reciente en el Teatro El Galeón, del 10 al 13 de agosto de 2023, fue notoria la asistencia entre el público tanto de personajes más o menos marginales —emergentes o radicales— de distintas disciplinas artísticas, como participantes del mundo del espectáculo, igualmente curiosos por la capacidad de Butoi. Tales espectadores no quedaron insatisfechos, Adriana acomete contra los discursos de creadores convencionales, que ocupan incluso los espacios de nicho: “no hacen teatro político”, sino que representan el hablar de política, en prácticas que derivan en “politikitsch, politic polite, politiquismo”. En efecto, si las obras de arte contemporáneo tuvieran el contenido y potencia políticos que proclaman sus creadores y exégetas, el mundo estaría en poco menos que una acelerada sucesión y empalme de procesos revolucionarios.

En escena hay múltiples y constantes proyecciones. Fotografía Gabriel Morales:CITRU:INBAL.

La contundencia de la crítica de Butoi, sin embargo, no es parejamente efectiva. Su puesta en escena, en diálogo con la película Kill Bill (2003, 2004), también expresa posiciones simplistas sobre el capitalismo. Adriana llega a identificar, sin decirlo, a Bill con el capitalismo, confrontándose con él. Por esta vía llega a los lugares comunes habituales de quienes aun padeciendo sociedades como la mexicana —de capitalismos tan defectuosos que más bien hay que caracterizar como mercantilismos— se complacen, por ejemplo, con atribuir al capitalismo enfermedades que, en los hechos, pueden ser prevenidas con hábitos individuales o al afirmar como retos el “descolonizar a mi deseo”. Habría que ver, entonces, si la crítica de Butoi a la comunidad y la burocracia culturales trasciende las consignas y los lugares comunes.

En la puesta en escena se menciona alguna bomba con relación a la mexicana Compañía Nacional de Teatro y se habla de degollar a directores de teatro, programadores, directores culturales y curadores. En momentos como esos la obra se desenvuelve en el humor de afirmaciones extremas. Aunque muevan a risa, pueden quedarse en lemas. La clave es que Butoi construye la experiencia más allá de los clichés. Independientemente de referentes reales —la obra tiene tono confesional— lo importante es que selecciona hechos, ficticios o biográficos, que van al centro de los problemas. Así, los públicos compuestos por artistas se ven reflejados en lo que pueden vivir sin angustia, pero que se transforma en ridículo al estar en escena: Adriana describe a un novio explicando que “tiene una cooperativa de circo y toca en los bares de aquí de Tulum”. Más aún, la crítica alcanza la intimidad de las relaciones personales en que miembros de la comunidad artística hablan de “ternura radical”, mientras practican trampas “del árbol del diablo”.

Con exabruptos, el personaje dicta una conferencia. Fotografía Gabriel Morales:CITRU:INBAL.

Kill the Fucking Bill(s) penetra, al grado de la ruptura, en la tensión entre el afuera y el adentro de los mundos de las artes. El desempeño en escena de Butoi —que conlleva que la actriz se cubra de sangre y tierra, golpeándose muslos y espalda— es más vital que ritual. Adriana interactúa con las pantallas y declara “somos la mayoría los que estamos afuera”. Pero sin pausa enlaza pertinentemente su actuar con la reflexión para ir más allá de la queja. Si espeta “al final no tienes nada más que tu resentimiento”, al mismo tiempo se ríe de sí misma como “Cristo exhibicionista” y no deja de deslizar la posibilidad de “ir al psiquiatra” y el reconocimiento de la alternativa de renunciar a ideas propias y “aprende[r] a jugar el juego”.

Adriana Butoi es una artista de origen rumano, multilingüe y genuinamente cosmopolita que ha habitado y conoce de raíz múltiples sociedades. Desde esa condición, el personaje Adriana detecta que en la comunidad artística mexicana son “los mismos blancos ricos de siempre” los que se colocan y gozan de los recursos. No satisfechos, “se visten de superioridad y nos tratan con desdén”, aunque no paran de “llenarse la boquita de inclusión”. Esto en boca de artistas mexicanos mestizos e indios tendería a ser descalificado como resentimiento, pues son considerados hechos que no deben ponerse en palabras y que encontrarían como respuesta un listado de excepciones presentadas como la norma. Butoi, sin embargo, le da un giro al debate.

La pieza dialoga, literalmente, con la película Kill Bill. Fotografía Gabriel Morales:CITRU:INBAL.

Hay oportunismo de ciertos extranjeros blancos que saben leer con prontitud el racismo de la sociedad mexicana —se presentan, por ejemplo, como capitalinos de sus países, para deslindarse de la injusta discriminación que sufrirían siempre en sus naciones como provincianos— y sacan provecho de ello. Por el contrario, Butoi se coloca en desventaja de origen. Adriana explica que en México se dio cuenta de que era percibida como privilegiada y europea. El personaje destruye la percepción haciendo notar la “condición de servidumbre” de los rumanos: “soy la prostituta de Europa y los albañiles de Europa y los traficantes de droga y los cosechadores de Europa. Soy el arte menor de Europa”. Yo recuerdo que en diciembre de 2013 en el centro de Londres había letreros en rumano advirtiendo que quien robase sería detenido —probablemente deportado— en anticipación al 1 de enero en que terminaría la restricción de que rumanos trabajasen en el resto de la Unión Europea (a la que su país había ingresado desde 2007). De nuevo Butoi no cierra los ojos, sino que hurga en la herida: “en ningún país donde viví he sido feliz” e incluso proyecta en pantalla un “matrimonio conmigo misma”, además de apuntar a la imposibilidad circunstancial de ser madre. La obra y el personaje creados por Adriana Butoi más que reflejo de resentimiento —que sería legítimo— es descarnada exploración de pesada e inmerecida frustración. El personaje Adriana, no obstante, alcanza a decir: “me gané estar en un teatro, hacer una obra sobre mí y mis problemas”.

Butoi se pregunta sobre el carácter político del arte. Fotografía Gabriel Morales:CITRU:INBAL.

Adriana interpela al público, declarando: “está noche he acabado con la ansiedad de mi herida”. El teatro como sanación, lo que puede o no suceder. En cambio, el placer estético e intelectual que produce Kill the Fucking Bill(s) proviene de que la creación de la artista y Anacarsis Ramos es una comedia agria y amarga y Butoi una intérprete de vanguardia. Más allá del pleno desnudo físico está el despojamiento de barreras protectoras con el personaje recordando, el “castellano no es tu idioma”, y admitiendo que no deja de asomarse el deseo del “reconocimiento de nuestros enemigos”. Expone así la contradicción, pues son esos mismos personajes a quienes, con precisión, califica: “nuestro gremio está lleno de pobres diablos que ante su incapacidad de asombrarse o de arrojarse al torbellino doloroso de la vida prefieren producir y comerciar estilos”. Pero Butoi también sabe cuestionarse a sí misma pues, hacia el final de la pieza, su personaje expresa: “¿te diviertes con tus gritos posdramáticos? ¿te sientes la más performática porque te bañaste de tu sangre menstrual?”. Ante limitaciones y arbitrariedades de miembros de la comunidad cultural y del sistema que componen —trascendiendo la venganza— Adriana Butoi logra una obra escénica que es plenitud artística.

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