miércoles 24 abril 2024

La escritura fantasma: excéntrica duplicidad

(cuarto elogio de la digresión)

por Rodolfo Lezama

Escribir para otros puede considerarse una prostitución creativa o, por el contrario, una suerte de heroísmo literario, dependiendo de la visión del escritor fantasma y de las reglas que se auto prescriba para echar hacia delante el cumplimiento de su oficio, igual que un neófito toma la medicina correcta por azar o, por el contrario, elige aceite de ricino para calmar la gripa en un lamentable accidente.

Acaso la fatalidad de escribir por encargo sucumba al momento que se le encuentra el lado positivo a algo que, de no lograrlo, se convertiría en innombrable monserga. Hace unos días leí el artículo de una joven escritora fantasma argentina que subrayaba desde un visible dolor la eventualidad trágica que suponía escribir para alguien y limitar su trabajo creativo a la imposición de otra persona.

Escribir es una vocación, asumir la escritura fantasma una decisión. Me remonto a la memoria y recuerdo que mi primer impulso para escribir fue a los dieciséis, me enamoré de una vecina dos años menor y mi primera idea para conquistarla –vaya inocencia– fue entregarle algunas líneas que de manera ilusoria imaginé un poema. Ella no correspondió a mis sentimientos, pero pude darme cuenta de que a través de la palabra se construyen puentes comunicativos que, independientemente de que no tengan como resultado la finalidad perseguida, transmiten un mensaje que de otro modo no tendría un hilo de conducción.

Al recordar que llevo casi treinta y seis años escribiendo confirmo el tema de la vocación. Se escribe por necesidad, por deseo, por gusto, jamás para obtener fama o fortuna, pues muy pocos, acaso los menos, logran la eternidad, otros pocos la opulencia y, los menos, fama o notoriedad presente. Además, el hecho de hacerse célebre por medio de la escritura es más un tema del azar, de la suerte o de la magia que suponen las relaciones públicas o un apellido trascendental, que una suerte que deba seguir la aspiración pura y llana de escribir, llenar hojas y comunicarlas, o no, con los demás. Acaso esa fue la fatalidad de la joven escritora fantasma argentina: darse cuenta de que la fama sería complicada y la eternidad, acaso, imposible.

Ser escritor fantasma, además, requiere fijarse reglas, construir un estatuto moral –que abarca los temas o estilos a los que se está dispuesto y no escribir por encargo– y finalmente, renunciar a los deseos personales y ser capaz de adoptar las querencias ajenas como propias, tal vez de modo transitorio, para hacer posible la escritura a nombre de alguien más.

Yo me di cuenta a los dieciséis que escribir no me garantizaría el amor de la vecina, con el paso del tiempo pude percatarme de que escribir era una virtud que me permitía una vida digna, pero, sobre todo, llevar a la práctica un placer que sólo es comparable al sexo, a la gula o a al amor filial, acaso a algún vicio que se aspira a abandonar, pero persiste sobre cualquier voluntad.

En ese escenario encontré en la escritura un refugio para la tristeza, un remanso para la angustia y un refugio contra el aburrimiento, acaso por que nunca pensé en la fama, tal vez porque mi proceso de escritura ha supuesto muchos años, abandonar la escritura y regresar a ella como hijo pródigo que pone en funcionamiento una terapia de recuperación  que, entre muchas cosas, supone aprender a ubicar las necesidades, pero también los afanes, los gustos, los disgustos y entender los placentero de la pérdida, ante las posibilidades de la escritura.

En ese recorrido personal para apropiarme de una forma de escritura recuerdo que todo ha sido accidental y no siempre afortunado. Durante mi juventud escribí continuamente, pero con enorme desorden, de los dieciséis a los veinticinco. Después interrumpí la escritura por siete años y me dediqué a los avatares profesionales. La falta de dedicación y una crisis acerca de mi talento me llevaron a la sequía por otros siete años, en los que creí que no volvería a escribir. Sin embargo, en contra de cualquier pronóstico, pude encontrarme más tarde con la escritura, de nuevo discontinua y accidentada, que combiné con el exceso, la fiesta y el desorden.

Cuando joven imaginé que la experiencia –cualquier cosa que ello supusiera– sería la materia prima de mi trabajo literario, entonces busqué en el conflicto, la disipación y el tránsito, la inspiración necesaria para escribir. Sin embargo, al correr del tiempo me di cuenta de que algo no estaba caminando del modo esperado, y si bien el desenfreno corría de modo acelerado, la escritura se mantenía impasible, sin movimiento ni avance. Las ideas eran pocas a pesar de las motivaciones. La escritura un proceso que iba de interrupción en interrupción, a pesar de que llegaban a mi vida numerosos momentos inspirados. La matera prima de la escritura estaba ahí, pero no la posibilidad de llevarla a la práctica y pasar de la borrachera o los conflictos de pareja a la hoja llena de historias, y de la suma de historia a la conclusión de un proyecto: el ansiado libro.

Esa lógica de caos en que estuve inmerso me permitió entender que quienes escribían en medio de la dispersión eran doblemente heroicos. Yo no podía hacerlo, aunque reconozco que uno de los mejores y escasos cuentos que escribí en la vida, fue bajo los influjos más concentrados de los espíritus del whisky. Un relato en el que mi protagonista tenía una inevitable duplicidad con mi yo del momento, con quien me emparentaba un sentimiento de autodestrucción combinada con una necesidad de ser salvado.

La escritura, en ese escenario, fue la salvación. Me di cuenta de que para ser escritor necesitaba concentración. En ese momento abandoné la fiesta, el conflicto y el exceso y me enfoqué, por fin, en llenar de signos la hoja en blanco, si bien no de literatura, sí de trabajo académico, discursos políticos y ponencias jurídicas que permitieron encontrar en la prosa administrativa un medio para traducir como enseñanzas aquello que escribía por encargo, a cambio de un sueldo.

Durante ese proceso de recomposición, la escritura fantasma fue un vehículo de autoayuda. Escribir para alguien más supone orden y la habilidad de apropiarse de ciertas ideas ajenas para convertirse, tal vez por un instante, en esa persona que encarga un texto y espera excelencia o, al menos, una pericia suficiente. La escritura fantasma es llevar a la práctica una duplicidad que empieza por imaginar cómo alguien más escribiría ese párrafo, esa cuartilla, ese artículo o ese libro y, entonces, el esfuerzo creativo rebasa el ámbito del mero cumplimiento del deber y se afinca en los terrenos de la adivinación, pues cuando uno seriamente escribe a nombre de otra persona debe asumir la personalidad de ella, acceder a sus pensamientos, leer las líneas de su mano y, por ese instante, ser esa mujer o ese hombre que quiere comunicar un mensaje que por el tiempo que dura la escritura debe ser verdad propia, necesidad propia, aspiración personal de quien escribe.

La escritura siempre es la traducción secreta de un deseo. El escritor fantasma, igual que cualquier otro autor, traslada el deseo a la realidad escrita de alguien más, pues para decir algo como propio, quien escribe debe asumir el deseo ajeno como una pertenencia, quitarse y ponerse un suéter, sí, pero también elegir qué suéter usar.

Tal vez eso fue lo que nunca pudo hacer la escritora fantasma argentina que comunicaba públicamente su tristeza de escribir a nombre de otros: asumir la realidad de los demás como propia y disfrutar del proceso de transformación, al observar cómo sus rasgos empezaban a parecerse más a los de a persona que encargaba el texto: hombre o mujer lanzando una directiva que, al final, se convierte en la verdad del escritor fantasma.

Uno solo escribe lo que cree, lo que puede asumir como propio, por más que deje de hacerlo al momento mismo en que termina el proceso de escritura, igual que Dr. Jekyll toma la pócima que lo libera de la monstruosa personalidad de Mr. Hyde, aunque sabe que ese ser lo habita y lo único que necesita para revivirlo es tomar nuevamente la prodigiosa sustancia que lo transforma en otro ser: brillante médico o terrorífico truhan, caras de una misma moneda, anverso y reverso de una sola persona.

Tal vez esa es la fatalidad de la escritora argentina: aceptar que escribir es convertirse en otro y esa circunstancia exige aceptar con plena convicción ser el campo de pruebas de diversas personalidades, propias y ajenas, pues al final del día uno cree que es único, irrepetible, y no la consecuencia de una excéntrica duplicidad que lo transforma en alguien más: el personaje escrito, el ser de palabras en que se transforma el autor siempre quien escribe.

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