jueves 29 febrero 2024

La farsa económica obradorista

El temor imaginario de la parte (parte) auténticamente derechista de la oposición termina siendo lo mismo que el discurso estúpido (no hay más) que los “intelectuales” del presidente usan para defenderlo y justificarse: ambos grupos deciden creer que el gobierno federal es un nuevo régimen político y económico que concentra poderes estatales y financieros para redistribuirlos responsable/irresponsablemente entre las clases bajas a costa de los ricos con mérito y creadores de empleo/capitalistas y sus ayudantes políticos. Todo es ficticio. Ficticio el comunismo de AMLO que “ven” unos. Ficticio el Estado de Bienestar popular que “construye” AMLO, la mentira que repiten Violeta Vázquez-Rojas y otros. Pero ahí está el mayor éxito de la farsa que se ha impuesto: la gran cantidad de gente distinta y hasta opuesta que la cree, adapta y reproduce, que cree la farsa, la adapta a su esquema mental y la reproduce según sus intereses –la estupidez puede tener éxitos relativos.  

El país real gobernado por López Obrador es muy diferente al imaginado por tantos. No existe una nueva economía nacional fuera del tipo de capitalismo ya existente; los ajustes económicos obradoristas son eso, modificaciones dentro de ese tipo capitalista, por lo que vemos lo que vemos, si lo podemos y queremos ver: tanto las patrioteras cerrazones bartlettianas sobre energía como las simultáneas simulaciones bartlettianas sobre… energía (caso plantas de Iberdrola), los “megaproyectos” en el Istmo y la península de Yucatán que son similares a los de gobiernos anteriores y que no podrían ser llevados a cabo sin empresarios oligárquicos, nacionales y extranjeros (por ejemplo, Braskem es Odebrecht y Braskem trabaja con el obradorismo), empresarios que como individuos ricos y subclase socioeconómica de México no han sentido ninguna transformación fiscal, porque no hay ninguna transformación estructural fiscal sino la conservación de la estructura pre2018. Por consiguiente, la pobreza que ha crecido en el sexenio “de izquierda”/“chavista y comunista” ha crecido a costillas de los que ya eran pobres o precarios, no a partir de las grasas de los verdaderos ricos: ni ha desaparecido la clase alta, como tampoco ocurrió en Venezuela, ni se ha recompuesto, reducido ni acercado hacia abajo a las demás clases; clases a las que los ricos no han nutrido con “caídos” suyos: ningún empresario grande ha dejado de serlo por decisión del gobierno obradorista y ningún rico se ha empobrecido, como sí ocurrió en Venezuela. 

El resumen económico del obradorismo es este: capitalismo de cuates con una parte neoliberal (T-MEC, austeridades selectivas, no reforma fiscal, indiferencia e inacción ante el efecto sociofinanciero de la pandemia, “megaproyectos” que goteen pequeños ingresos a pequeños empleados de grandes negocios de empresas de siempre y empresas nuevas corruptas) y una parte clientelista que ciertamente es más grande que antes (los famosos programas sociales), a lo que se agregan ajustes mínimos y no macroestructurales como el aumento de salarios mínimos, atacados además por la inflación…  La pensión de adultos mayores ya existía y las “nacionalizaciones” del litio y la electricidad son puros cuentos. Todo eso ha causado más pobrezas, mayor desigualdad relativa o mantenimiento de la esencia de la desigualdad en el siglo, y simples adiciones a la clase alta, que son las incorporaciones de los cuates obradoristas que con y por sus contratos gubernamentales son los nuevos ricos. No los nuevos y únicos, solamente los nuevos ricos. 

En la Venezuela chavista hay clase alta pero se recompuso hasta llegar a ser muy distinta a la de la era previa; ahí se crearon más pobres con las clases medias y con la vieja riqueza. En México, todos los que eran ricos siguen siéndolo, sólo han llegado a acompañarlos contratistas pejistas, así que la clase alta no ha sido asesinada ni recompuesta en su esqueleto –sólo adicionada- y la nueva pobreza no se ha hecho con los viejos ricos. Ningún viejo rico pre AMLO es un nuevo pobre por AMLO –y ningún pobre de antes es uno de los ricos de hoy.

Es todo una simulación. Con la consecuente lucha retórico-tuitera de dos creencias extremas que aplastan a todas las demás posiciones. La simulación se puede notar o resaltar así: mientras AMLO grita contra “los privilegiados” y Ricardo Salinas Pliego contra “el Estado”, mientras uno alaba la dignidad de la pobreza y la justa medianía y el otro insulta a “los progres” y “gobiernícolas”, mientras uno discursea sobre “la economía moral” y el otro sobre “la libertad económica”, los dos viven en su máxima expresión el poder y sus convergencias mexicanas: la mayoría de la oligarquía está con AMLO por –y para- su poder, Salinas Pliego sigue tan rico e impune como antes y como antes ayudado de un modo u otro por el Estado. Porque los gritos de ambos son gritos en abstracto. Son simples abstracciones. Lo que suelen decir es lo que retóricamente construyen por interés de apariencia, no son verdades de ninguna ciencia, son ideologizaciones –simplificaciones y manipulaciones- muy convenientes, sus muñecos de paja para la lucha pública de egos, la invención de la autohistoria, el juego de espejos, y la venta de humo. Las farsas de AMLO y Salinas Pliego se necesitan y complementan: para que parezca que no siguen haciendo lo que en realidad están haciendo, es decir, alianzas político-económicas para aumentar dinero uno y poder del Estado el otro, viene muy bien que ambos digan hacer exactamente lo contrario entre sí. 

Verdad es que Salinas Pliego no estaría donde está no sólo sin la inercia familiar sino sin favores “gobiernícolas”, de los hermanos Salinas de Gortari hasta López Obrador. Verdad es que Claudio X. González no es toda la oligarquía ni su jefe máximo; Slim, Salinas Pliego y otros son oligarcas y no son realmente enemigos de AMLO. Verdad es que nuestro presidente pasará a la historia por la falsedad de su transformación, pues es un hecho que la transformación de la que habla es una farsa, la cuarta ficción de López Obrador.

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