viernes 21 junio 2024

La lectura según Mario Vargas Llosa

por Germán Martínez Martínez

Un apotegma resume el valor que el escritor Mario Vargas Llosa atribuye a la lectura: “leer es protestar contra las insuficiencias de la vida”. Esto, expresado en Estocolmo durante su discurso de recepción del Premio Nobel, el 7 de diciembre de 2010 (“Elogio de la lectura y la ficción”), es paradójico pues la lectura, como acción, parece alejamiento del mundo; se trataría de una protesta silenciosa, quizá, más contundente que el barullo. Un libro Elogio de la educación (2015), no planeado por el novelista sino por miembros de la organización Educadores sin Fronteras, recopila ensayos —incluyendo el discurso en Suecia— a través de los cuales, saltando en el tiempo, es posible especular sobre la concepción de la lectura del autor.

Me intrigan las divergentes caras de la percepción de Vargas Llosa. Por una parte, es el intelectual vivo más importante de la lengua española y uno de los personajes más significativos del mundo entero. En días recientes, una vida de lecturas y escritura llevó al novelista a cumplir las ceremonias de ingreso a la Academia Francesa, entre el jueves 2 y el jueves 9 de febrero de 2023. Fundada en 1635 la Academia es, ante todo, la institución que se ocupa de la lengua francesa —inspiración de la Real Academia Española, fundada casi un siglo después, en 1713— y, secundariamente, es fuente de prestigio literario por múltiples premios que otorga. Parte del aura de la Academia Francesa proviene de haber sido fundada por Richelieu —aristócrata, cardenal y primer ministro que consolidó la centralización francesa a través de casi 20 años de gobierno— y de que, si bien no han formado parte de ella muchas de las mayores figuras literarias de Francia, ha contado entre sus miembros a destacados personajes de diversas disciplinas como Bergson, Braudel, Caillois, Clair, Cocteau Duby, Dumézil, Finkielkraut, Girard, Lévi-Strauss, Maalouf, Mauriac, Rostand, Veil y Yourcenar; por mencionar algunos del último siglo. Es un reconocimiento más a alguien sumamente premiado, pero es distinción extraordinaria, considerando el cruce de lenguas y culturas.

La recopilación de ensayos de Vargas Llosa sobre la lectura y temas relacionados.

Por otra parte, para mencionar sólo una faceta más de la figura pública de Vargas Llosa, hay descalificaciones, generalmente a su persona. Estas suelen provenir de personajes letrados, tanto anónimos como célebres, que se identifican con la izquierda e imaginan a Vargas Llosa como cuadro de la extrema derecha, lo que dista de la realidad. Algunos desean que no exprese sus posiciones políticas, como si la pluralidad fuese cancelable. En lo económico, Vargas Llosa es liberal coherente, no anarcocapitalista. Como agnóstico y antinacionalista, le faltan ingredientes básicos del derechismo; en lo social, pienso que bastaría a tales detractores oírlo, o leerlo, para sorprenderse de cuán cercano está Vargas Llosa a ciertos fines de su izquierdismo. Uno, entre varios posibles ejemplos: hablando sobre latinoamericanos contemporáneos, el novelista dijo en Estocolmo: “desde hace dos siglos la emancipación de los indígenas es una responsabilidad exclusivamente nuestra [de los latinoamericanos, no de los españoles] y la hemos incumplido. Ella sigue siendo una asignatura pendiente en toda América Latina. No hay una sola excepción a este oprobio y vergüenza”. En cuanto a la lectura, como en la política, Vargas Llosa también depara lucidez.

Alrededor del acto de leer, se le practique, o no, hay discursos armados. No es lo mismo, sin embargo, lo dicho por gobernantes, profesores o padres de familia, que el testimonio de practicantes. Como segundo enunciado en Estocolmo, Vargas Llosa afirmó que leer “es la cosa más importante que me ha pasado en la vida” (2010). Vargas Llosa se refería, entonces y en otros momentos, a la lectura de literatura propiamente dicha, “novela, un libro de poemas o un ensayo literario”, no al desciframiento de otro tipo de textos, el novelista piensa en “lectores literarios” (“La literatura y la vida”, 2001). La exaltación del escritor llega al grado de deslizar que “vale la pena vivir, aunque fuera sólo porque sin la vida no podríamos leer ni fantasear historias” (2010). La lectura sería “un quehacer imprescindible, porque él impregna y enriquece a todos los demás” (2001). Cabe, entonces, analizar si Vargas Llosa se aleja de romantizar la lectura.

Cuando veo gente con libros en las manos en ajetreados Starbucks —en los que siempre hay alguien con cualidades para distraer— o a vecinos en sus balcones bajo el sol de la Ciudad de México que, por supuesto, no permite leer más de cinco minutos, aunque no impide algún autorretrato y su publicación en redes sociales —con un “buen libro”— pienso que a las reflexiones sobre la lectura les falta abordar las circunstancias en que ocurre. En Elogio de la educación, en que los temas son múltiples —incluyen qué es un “gran libro”, la idea de la literatura de Vargas Llosa, la memoria de lecturas— sí hay consideración sobre las condiciones en que se lee. Al recordar, Vargas Llosa piensa en la Biblioteca Nacional de Lima, con niños que jugaban en su interior, incluso con pelotas, generándole nerviosismo; en la Biblioteca Nacional en Madrid, donde debía leer abrigado en invierno por falta de calefacción; en el apretujamiento en la antigua Biblioteca Nacional de París; mientras que en la vieja Biblioteca Británica lo acompañaban ruidos de carritos de los bibliotecarios, mientras escribía buena parte de su obra. La respuesta de cajón —y exhibicionista— es que uno se perdería en un libro dondequiera que esté, pero ¿leer apropiadamente es viable en cualquier circunstancia?

The British Museum Reading Room

Al lado de la celebración que Vargas Llosa hace de la lectura, también hay realismo. Reconoce que “los efectos sociopolíticos de un poema, de un drama o de una novela son inverificables” (2001). También alude a la relación entre lectura y capacidad de comunicación individual y social, diagnosticando que si no se lee se dispondrá “de un repertorio mínimo y deficiente de vocablos para expresarse” y, además, se padecerá “una limitación intelectual y de horizonte imaginario, una indigencia de pensamientos y de conocimientos, porque las ideas, los conceptos, mediante los cuales nos apropiamos de la realidad existente y de los secretos de nuestra condición, no existen disociados de las palabras a través de las cuales los reconoce y define la conciencia” (2001). Lo anterior resulta plausible, pero está en el campo de lo que creemos habitualmente. En Estocolmo dijo: “la verdad es que debo a Francia, a la cultura francesa, enseñanzas inolvidables, como que la literatura es tanto una vocación como una disciplina, un trabajo y una terquedad” (2010). Aplica lo mismo al ejercicio de leer: no es magia, ni sólo placer sino también esfuerzo.

Se fetichiza la lectura cuando se da por hecho, por ejemplo, que la lectura haría buena a la gente; pasando por alto la eventual relatividad de qué sería bueno para los escritores, los lectores y sus conciudadanos. En cambio, aunque la posición de Vargas Llosa sea de tal entusiasmo que algunos lo percibirán como excedido, el proceso que él identifica con la lectura sí apunta a un beneficio concreto, pues sin ella “seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que leímos, más conformistas, menos inquietos e insumisos, y el espíritu crítico, motor del progreso, ni siquiera existiría” (2010). La lectura sería un trabajo, en el sentido de un esfuerzo, además de un descubrimiento: “las mentiras de la literatura se vuelven verdades a través de nosotros, los lectores transformados, contaminados de anhelos y, por culpa de la ficción, en permanente entredicho con la mediocre realidad” (2010). Se trata de una visión que, por supuesto, está en contraposición con la “extendida concepción” según la cual actualmente “la literatura es una actividad prescindible, un entretenimiento, seguramente elevado y útil para el cultivo de la sensibilidad y las maneras, un adorno que pueden permitirse quienes disponen de mucho tiempo” (2001). En vez de esa tendencia, Vargas Llosa considera que ante la literatura es indispensable “una activa participación del lector, un esfuerzo de imaginación” (“Dinosaurios en tiempos difíciles”, 1996). Así pues, la lectura, según el novelista, es recepción activa.

Vargas Llosa durante la lectura de su discurso de recepción del Premio Nobel.

Otro elemento que Vargas Llosa encuentra central en la lectura es que: “un mundo sin literatura sería un mundo sin deseos ni ideales ni desacatos, un mundo de autómatas privados de lo que hace que el ser humano sea de veras humano: la capacidad de salir de sí mismo y mudarse en otro, en otros” (2010). Años antes había afirmado que una sociedad sin una masa crítica de lectores se perdería no sólo del placer estético, sino que “está condenada a barbarizarse espiritualmente y a comprometer su libertad” (2001). Para Vargas Llosa “la literatura no comienza a existir cuando nace, por obra de un individuo; sólo existe de veras cuando es adoptada por los otros y pasa a formar parte de la vida social, cuando se torna, gracias a la lectura, experiencia compartida” (2001). Entonces, la lectura es descrita como desdoblamiento que permite la empatía y la convivencia porque es plena sólo en la interacción entre obra y lectores.

Hay una concepción de lo humano en las disquisiciones del escritor sobre la lectura. El novelista parte de que las personas estamos invariablemente insatisfechas y que “inventamos las ficciones para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que quisiéramos tener” (2010). Como especulación antropológica Vargas Llosa cree que cuando nuestros antepasados empezaron a contarse historias, “en esas rondas de seres primitivos suspensos por la voz y la fantasía del contador, comenzó la civilización” (2010). En Estocolmo declaró que “la literatura es una representación falaz de la vida que, sin embargo, nos ayuda a entenderla mejor”, semejante a lo que había dicho en Lima: “leer buena literatura es divertirse, sí, pero, también aprender, de esa manera directa e intensa que es la de la experiencia vivida a través de las ficciones, qué y cómo somos, en nuestra integridad humana” (2001). Considero que es posible extender lo que Vargas Llosa escribió sobre “la buena literatura” a la lectura: “a la vez que apacigua momentáneamente la insatisfacción humana, la incrementa, y, desarrollando una sensibilidad crítica inconformista ante la vida, hace a los seres humanos más aptos para la infelicidad” (2001). Así, lejos de promover una versión dulce de la lectura —aunque la aluda con amor irrestricto— Vargas Llosa plantea el acto de leer como forma deseable de vida, aunque pueda o precisamente porque aleja al lector de las ilusiones de felicidad. La lectura es manera incompleta de vivir, como las demás, pero con riquezas definitivas para quienes la emprenden con dedicación crítica.

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