domingo 21 abril 2024

La perversión de lo público

por Pablo Majluf

Se prometió mucho que el obradorismo recuperaría el sentido de “lo público”, de la “vida pública” que el neoliberalismo había socavado. La promesa partía de la preocupación por el creciente debilitamiento del Estado. La apreciación era la correcta: el Estado sí se había debilitado, pero era un debilitamiento producto de la democratización y del derrumbamiento del régimen de partido único, no de un vicio neoliberal. La añoranza obradorista era más bien nostalgia por un régimen autoritario.

Es cierto que era necesario fortalecer al Estado –al menos como garante de seguridad–, pero había que hacerlo bajo criterios democráticos, lo cual jamás se conseguiría mediante la restauración del partido único y el encumbramiento de un caudillo populista, camino que inevitablemente degrada aún más al Estado y pervierte la democracia, minando sus instituciones para convertir a éste en el interlocutor único con el Pueblo. 

El ciudadano mexicano vive hoy bajo tres amenazas que podríamos llamar el Triángulo antidemocrático. La primera es el régimen en sí mismo, su caudillo, su destrucción institucional, su desfalco de las arcas públicas. La segunda es la militarización, que en el mejor de los casos fue un intento desesperado por recuperar ese Estado, pero que implica la latente posibilidad de que ese poder se torne despótico. Y la tercera es la permisividad con el crimen organizado. Las tres están ligadas y las tres son un peligro para las libertades y la República.

Lo evidente es que el camino tomado no ha contribuido a recuperar “lo público” en sentido virtuoso, sino todo lo contrario. El ciudadano mexicano se ha tenido que retraer aún más hacia lo privado, teniéndose que encargar de cada vez más asuntos: seguridad, salud, justicia, educación y hasta electricidad, además de pagarle tributo a un Estado que no le da nada a cambio. 

Tiene razón Óscar Constantino cundo afirma que el obradorismo sí reivindicó en cierto modo el sentido de lo público, pero lo hizo de forma antidemocrática. “En las tiranías”, escribió, “lo público crece en detrimento de lo privado… de ahí que el pastor predique cuántos pares de zapatos debe tener la gente o si debe abstenerse de aspirar a lujos”. Constantino sostiene que los autoritarismos de corte moral como el obradorista sí “expanden lo público”, pero convirtiendo a “la moral privada en un tema público. No solo menoscaban las libertades económicas, sino las de actuar y pensar. Lo público es bueno y generoso; lo privado es malo y egoísta”.

Vivimos una clara perversión de lo público y una constante intromisión en lo privado. Es un contrato que no vale la pena: el Estado cobra, pero no sirve. El individuo hace todo por su cuenta, mientras el reyezuelo está hasta en la sopa. Si los individuos nos encargamos de todo, no queremos pagar impuestos ni mucho menos que nos zumbe todo el día una mosca.

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