lunes 26 febrero 2024

La venus dorada

por Marco Levario Turcott

El viento de las antillas de verano trae consigo la voz de Ninón Sevilla. Es húmeda y fresca como ese ritmo con el que México bailó el mambo con ella y, bajo la batuta de Dámaso Pérez Prado, también la rumba en los años 50 del siglo XX.

La sonrisa de Ninón resplandece junto a las lunas de la Habana que alumbran los resquicios donde ella bailó a escondidas de sus padres. Entre esos riscos, por cierto, bullen varios secretos: uno revela que se llama Emelia Pérez Castellanos pero adoptó su nombre artístico en honor de la legendaria escritora y cortesana francesa Ninón de Lenclos, una libertina mesenas del arte. Otra clave develada es que ella, sin saberlo, encarna el talento de las grandes bailarinas y tiples de los años 20 del siglo pasado quienes, desafiaron la moral imperante además de proferir palabras que sólo eran permitidas para los hombres. No exagero: Ninón es heredera de Lupita Vélez y de Mimí Derba, entre otras a quienes debemos la facilidad con la que, ahora, las mujeres declaman sus ideas y deseos.

La biografía de Ninón Sevilla podría ser tema de viejos si sólo desvalijamos el baúl, más aún frente al desconcierto de quienes ahora no conocen ni su nombre e ignoran que la danza de una mujer o su burla del poder en algún teatro o carpa eran blasfemias en el porfiriato y luego fueron motivo de alegría de revolucionarios como Pancho Villa, para seguir con las tiples. O, ya en el gran despegue económico de mediados del siglo pasado, podríamos hablar de la candela de quienes, como Ninón, encendieron fuego y alegria a las noches mexicanas para disgusto de las almas puritanas. Tampoco exagero aquí: Ninón es una de las artistas que abrieron brecha a la libertad que ahora tienen las mujeres para vestir como deseen sin que pese el veredicto de los fantasmas que aún persisten en dictarle a los demás los cánones de la decencia.

Pero los tiempos cambian. Incluyendo al pasado. En esa ruta, las décadas de los 40 y 50 ya no son lo que eran: un carnaval expresado sobre todo en las grandes ciudades del país, donde los quiebres de cintura y las piernas de las rumberas (y también las cabareteras del México de noche) convulsionaron los valores que situaban la falda en los tobillos. La fiesta fue de tal calado que, en los años 70, inspiró a los creativos de los espectáculos nocturnos y las pistas fueron invadidas otra vez por lentejuelas y plumas, con movimientos más atrevidos e incluso el desnudo femenino se intaló como otra afrenta para la Liga de la Decencia y Uruchurtu, el “Regente de hierro” del Distrito Federal. Sin embargo, en los años 20 del presente siglo, la rumba y el mambo están descoloridos, en blanco y negro, si acaso concitan a nuestros abuelitos. La elegancia de Meche Barba o la cadera trepidante de María Antonieta Pons poco o nada le dicen a los amantes del reguetón. Es más, el Distrito Federal ya no se llama así, los trajes de rumberas están en tiendas de disfraces, las palmeras iridiscentes de los centros nocturnos han sido taladas y Tongolele, por cierto, es añoranza de las exóticas que trasladaron el jolgorio al cabaret.

El murmullo afroantillano de Ninón no se escucha nostálgico, aclaro. Si existe una huella inalterada al paso del tiempo es que todos o casi todos creen que sus tiempos fueron mejores. En realidad, “La venus dorada”, como le motejaron en la cúspide, hace otro anuncio mientras se despliega el mar en la arena: para ser como ella fue debió aparecer en el cine como víctima del pecado o presa del hombre que la usó. Le tenía que poner precio al dolor de su pasado y lastimar al amor sincero:

Aquel, que de tus labios,
La miel quiera
Que pague con diamantes su pecado
Que pague con diamantes su pecado
Vende caro tú amor,
Aventurera

Eso dice Ninón, insisto, y como cada quien escucha lo que quiere, yo también oigo que ella es parte de nuestra identidad nacional y no me refiero a la que forjó el oficialismo de aquel entonces para dotar de símbolos y bandas sonoras al crecimiento económico sino a la que vemos en el cine que exhibe la doble moral, desde mi punto de vista de manera involuntaria.

El esquema es tan básico da escalofríos: la vida comprende adversidades y existen dos rutas para asumirla: la honestidad o la avaricia. La mujer hermosa cede a sus propios encantos y privilegia su atractivo para abandonarse a ella misma y usar el deseo de los hombres. De este modo y sólo así, puede mirarlos y sonreírles, coquetear y despreciar al hombre honrado y humilde. La admonición es contundente: buscar riquezas y suscitar concupisencia es cosa del diablo mientras que ser pobre implica casi una condición divina.

En casi una treintena de filmes donde Ninón participó, son una constante los castigos o las enseñanzas para enderezar el camino gracias al arrepentimiento. Así, redimirse es el único destino posible para alcanzar el perdón de Dios y la comprensión de quien siempre estuvo enamorada de ella a diferencia del canalla que la engañó. El culebrón funcionó, tenía base social. Como dijo David Román en su libro “Sensualidad. Las películas de Ninón Sevilla”, la rumbera cubana es parte de los primeros intentos del cine erótico mexicano junto con una pléyade de figuras femeninas que, por cierto, se mueve entre las antípodas (¿lo son realmente) de la madre y la prostituta.

El hombre sí puede pecar. De acuerdo con el guión no hay nada más natural que mire las piernas de la venus dorada, las más bonitas del mundo según un sondeo que incluyó a Marlene Dietrich. Ninón Sevilla sabe el furor que provocan esas hermosas columnas suyas y nos mira sonriente y coqueta. Su boca desprende un vaho de Cohiba mientras con su acento cubanísimo dice que es mexicana como el mole y el mariachi de Plaza Garibaldi, en la CDMX, que tanto le gustan. Habla entusiasmada de su comida con Carlos Monsiváis y lo bien que el cronista habló de ella. Todo eso y más, lo dijo a Cristina Pacheco en 1979. Yo, por mi parte, sólo lamento que no hubiera querido posar para Diego Rivera, quien la quiso pintar con los senos al aire, ataviada en su faldón de muselina y sus cosas de rumbera. Entiendo, no obstante, que el tiempo marca límites y los tuvo hasta una estrella como Ninón Sevilla. Y más aún, ese mismo tiempo despide una fragancia de desquite pues nunca jamás en la vida veremos desnuda a la Venus dorada.

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