viernes 01 marzo 2024

Las hojas de Kaurismäki

por Germán Martínez Martínez

Es curioso que una historia de amor con final feliz como Hojas de otoño (2023), la nueva película de Aki Kaurismäki (1957, Finlandia), sea tan bien recibida entre cierto público. El consenso vigente en el medio intelectual —expresado por muchas de sus figuras públicas— es la crítica y aun descalificación del amor romántico, frecuentemente tildándolo como gran engaño. El fenómeno puede llevar a algunos a blandir discursos biologicistas para reivindicar la inevitabilidad del amor y explicar la relativa multitud de espectadores conmovidos por el complicado encuentro entre Ansa (Alma Pöysti) y Holappa (Jussi Vatanen). Pero no hace falta hacer eso —ni caer en peroratas sobre el autor, que probablemente resultarían falsas al mínimo análisis— basta con examinar el filme. Aunque acercarse al cine puede implicar dimensiones más allá del material audiovisual, se trata, ante todo, de ver películas. Hacerlo, aunque lo parezca, no es fácil.

Una reacción habitual en la comunidad cultural mexicana es dar por hecho que cintas como Hojas de otoño serían afines a sus predominantes concepciones de izquierda. Claro que el director puede simpatizar con sus visiones, pero eso es irrelevante si lo que a uno le interesa son los filmes. Asumiendo, se tiende a ver los personajes de Kaurismäki —como Holappa y Ansa— exclusivamente como proletarios. Ambos lo son, pero sólo temporalmente, pues su inestabilidad de ingresos y una especie de desempleo crónico los revela como miembros del lumpenproletariado, pues incluso cuando consiguen trabajo lo hacen fuera de las normas. Esto, por ejemplo, poco tiene que ver con el pseudodiagnóstico en boga que recurre al neoliberalismo como comodín explicativo de cualquier mal social. Podría decirse que Ansa pierde su trabajo por virtud, pues tiene ímpetu solidario con sus compañeras en el supermercado en que laboran (y también con extraños que se alimentan de desperdicios de ese comercio); en cambio Holappa —de quien nadie parece conocer su nombre de pila— además de alcoholismo, padece el ser impulsivo e imprudente, no es fundamentalmente víctima de algún monstruo de colmillos capitalistas. A su alrededor hay jóvenes sin escrúpulos que podrían agravar su ya precaria situación, pero también gente que lo ayuda con necesidades básicas. Alguien le dice a Holappa que si Ansa está interesada en él: “debe estar desesperada”. Sin embargo, por sobre su condición económica, Holappa, Ansa y su amor se encuentran en una encrucijada más desafiante, ligada al destino, no sólo al contexto. La adversidad que irrumpe en su vida sin escándalo —sobre todo la de Holappa— resulta casi determinante. La suerte, no sólo la voluntad, importa.

Alma Pöysti y Jussi Vatanen son los protagonistas de la cinta.

El capitalismo funcional de Finlandia da sustento a que estos personajes —al margen del margen socioeconómico— tengan condiciones que no difieren en exceso de las clases medias bajas latinoamericanas. Lo que no significa que falten problemas. En Hojas de otoño, el infortunado Holappa, lejos de ser atendido en un hospital gubernamental, es probablemente paciente de un hospital de beneficencia social religiosa, privado, a cargo de “diaconisas”. Cuando surge un conflicto en el supermercado, Ansa afirma ante el gerente que ni siquiera tiene periodo de aviso para dejar su puesto, pues están en contratos de cero horas, es decir sin certidumbre alguna de continuidad. El guardia que ha denunciado a las empleadas que se llevan alimentos caducos se justifica diciendo que sólo cumple órdenes (como escribió Paz alguna vez: “rompe la solidaridad de los asalariados”). Otra de las empleadas asegura que, de cualquier manera, sus sueldos dan lo mismo que formarse a recibir comida en la beneficencia (que también suele ser privada). En un país hispanoamericano, ¿Ansa habría heredado el diminuto apartamento en que vive; le habría sido posible costear el proceso legal de sucesión o habría sido víctima de la corrupción de su país y el abogado que la representaba habría terminado adueñándose de la propiedad sobornando a algún juez?

Kaurismäki es sutil comunicador, por ejemplo, deja saber que alguna comida que Ansa cenaría está en el límite de su caducidad, pues tiene el etiquetado de baja de precio que por esa razón ella tiene como tarea colocar en los productos. En esto, ¿hay diferencia respecto a lo que hacen directores ordinarios con cuadros siempre funcionales para conducir al público? El director de Hojas de otoño se maneja en códigos establecidos global e históricamente, como el intercambio de miradas que de inmediato lleva al espectador a descubrirlos como futuros enamorados. Hay, no obstante, un elemento de ironía que se constituye como diferenciador a través del constante humor de la cinta.

Ansa, interpretada por Pöysti, adopta un perro y lo nombre Chaplin.

En Finlandia, país con estado de derecho y por tanto con ciudadanos que tienden a seguir las normas, Holappa fuma justo frente a un letrero que lo prohíbe. Ansa se pone en posición de tener que decir que es hermana de Holappa, para agregar que lo sería “en la fe”, cuando revela no conocer su nombre. Después, por recomendación médica, ella lee en voz alta para él —que se encuentra en coma— escogiendo al azar un artículo con el encabezado: “Un abogado se comió a su novia”. En otro momento, Holappa describe la serie de novelas Histeria ártica (1967-1968), de Marko Tapio, como “cuentos para niños”. Hasta las referencias cinematográficas se vuelven gesto humorístico en Hojas de otoño: quienes salen de un cine comparan lo apenas visto con Bresson y Godard moviendo a risa —pues lo mostrado en pantalla parece absurda cinta de zombis, aunque sea Los muertos no mueren (2019) de Jarmusch— y, al final, descubrimos que el perro de Ansa se llama Chaplin. El director pone de cabeza, o al menos agita un poco, sus materiales.

Claramente, el amigo de Holappa es ridículo cuando se pone sus lentes oscuros o al acercarse —sin titubear— a la mujer que le ha hecho un halago por mera cortesía. ¿Kaurismäki crea personajes ridículos o muestra el ridículo que es cualquier vida? En la época actual, en que se otorga calidad ofensiva a diversas afirmaciones y en que hay vivales que tergiversan hechos para señalar a otros en falta —convirtiéndolos en agresores simplemente por hablar— el persistir en exhibirnos como seres risibles es un acto necesario, aun cuando se confunda con cierta dinámica de humor consensuado —e imbécil— al interior de un diminuto segmento social.

Vatanen, en el papel de Holappa, con su amigo Huotari.

El comentario cliché sobre películas de Kaurismäki es aludir a la reiteración del colorido, el tipo de imágenes —como la recurrencia de chamarras de piel— y los personajes en márgenes de la sociedad. Una manera de intentar salir del lugar común es preguntarse, Ansa y Holappa, ¿son personajes marginales o, paradójicamente, son significativos nadie por ser individuales más que representativos? En muchos sentidos todos somos nadie: hasta quienes dan por hecho su propia importancia son, a final de cuentas, nadie para la mayoría de los demás seres humanos. Los de Hojas de otoño son personajes de tal clase que tanto Ansa como el público tienden a creer que Holappa podría ser asaltado y perder la dirección del domicilio de Ansa que ella ha anotado en un papel. En la película de Kaurismäki hay una atmósfera existencial característica.

De hecho, uno de los méritos del cine de Kaurismäki es su alejamiento de la realidad social, aunque semeje reflejarla. Tras succionar su cigarrillo, Holappa exhala sin soltar humo por nariz ni boca. En Hojas de otoño no hay plena correspondencia con hechos contemporáneos: adelantándose a su producción y estreno, un calendario en la cocina de la taberna California indica el año 2024, pero en ese u otro establecimiento hay una rockola, la música que oyen los personajes suele no ser de su país ni de su tiempo, los carteles de películas son de décadas pasadas; Ansa cotidianamente escucha un radio de transistores que, salvo que se conservase sin desperfecto alguno, sería más costoso que un dispositivo nuevo; aunque ella oiga y la abrumen los reportes sobre la invasión rusa en contra de Ucrania iniciada el 24 de febrero de 2022 —las notician aluden a sucesos clave y al presidente en funciones desde 2019— tales hechos no son el centro de su vida, sino apenas trasfondo, aunque la sobreinterpretación podría aludir a la amenaza histórica que los rusos representan para los finlandeses.

También hay elementos en Hojas de otoño que podrían dar vuelo a lecturas desde las visiones de género: según la amiga de Ansa los varones proceden del mismo molde roto: “todos los hombres son cerdos”. Quizá esto sea tangencial, en cambio al menos una perspectiva puede encontrar conmovedor el acercamiento entre Holappa y Ansa. Ante la sugerencia de tomar un café, ella acepta, pero advierte que no tiene el dinero para pagarlo. Cuando Ansa lo invita a cenar a su casa se ocupa en comprar una pequeñísima botella de vino espumoso para hacer especial la ocasión, mostrando distinción al pronunciar los nombres “aperitivo” y “digestivo” durante la cena. El erotismo parece ausente pero no las intenciones de ambos: tras su primer encuentro Holappa cuenta a su amigo que Ansa y él casi se casan y ella —al confirmarlo bebedor— le expresa que eso es decisivo para que ella no quiera una relación, apelando a trágicos antecedentes familiares. La crítica al amor desde posiciones posfundacionales apelaría a que estas son necesidades inventadas, confundiendo lo falso con lo imaginario: el carácter del amor no es menos fundamental por estar vinculado a nuestros deseos. La alegría del amor o, al menos, la calidez de su promesa trasciende asuntos que —estando presentes en la película— son accidentales.

Hay obras que generan unanimidades. Existe, sin embargo, gran diferencia entre el aparente consenso que algunas provocan a través de décadas, siglos y hasta milenios y la que existe alrededor de películas de temporada, particularmente cuando los lapsos son cada vez más pasajeros. Hace falta apreciación que supere los tópicos. Concentrarse en supuestos contenidos sociales y políticos puede llevar a desatender lo que distingue a una obra artística. Para mencionar sólo un par de factores más, ¿de qué depende la atmósfera de un relato audiovisual? Las cintas convencionales suponen generarla a través de recursos como la musicalización. En cambio, Kaurismäki confía en los sonidos ambientales, sean del desdoblar de papeles de correspondencia o del abrir o cerrar de una caja de fusibles eléctricos. Asimismo, Hojas de otoño tiene la virtud de construir un ritmo y un tono, una suerte de tempo: animosidad que no es énfasis melodramático, ni contemplación —con todo y reflejo de nubes en el agua— sino continuidad de una nada en que pasa mucho, un sosiego que no es tranquilo sino tenaz como las dificultades.

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