jueves 29 febrero 2024

Libertarismo en México

por Pablo Majluf

Ahora que Javier Milei –el autoproclamado libertario argentino– ganó las primarias en su país, se ha especulado en la opinión pública si el libertarismo es viable en México. La pregunta es apropósito de la coyuntura argentina, pero el libertarismo nos llega desde hace mucho de Estados Unidos y su larga tradición libertaria en forma de teoría política, cine y literatura.

Hay libertarismo de izquierda y de derecha, pero la conversación en torno a Milei gira alrededor de dos de sus corrientes principales. El minarquismo, un Estado reducido a su mínimo necesario, sólo garante de la seguridad, la justicia y la propiedad privada, donde el máximo valor es la libertad individual; y el anarcocapitalismo, la versión más extrema, que propugna la abolición del Estado y la primacía del libre mercado incluso sobre la seguridad y la justicia.

El libertarismo es filosóficamente fascinante. Hay una tradición fantástica de pensadores libertarios desde Thoreau y Nozick hasta Konin y Rothbar. Sin embargo, no hay ejemplos de países donde se haya instaurado un sistema libertario ni siquiera en su forma más moderada. Incluso los países que califican más alto en el Índice de Libertad Humana como Nueva Zelanda, Suiza y Australia, tienen Estados fuertes con muchas más funciones que sólo la seguridad y la justicia. De modo que no tenemos referentes. En el fondo, el libertarismo sigue siendo una utopía.

Lo que sí hay son individuos, colectivos y comunas libertarios (conocí varias en el noroeste de Estados Unidos) que por voluntad propia han prescindido hasta el máximo posible del yugo del Estado: desde armarse para seguridad propia y salirse del sistema fiscal a través de formas alternativas de dinero, hasta emanciparse de la red eléctrica e instaurar sus propias leyes comunitarias. No obstante, siguen circunscritos dentro de un Estado preeminente.

La ironía es que el libertarismo sólo es posible en países en donde ya hay un Estado garante de la seguridad y la propiedad, países que ya llegaron a un acuerdo civilizatorio de paz y armonía; países post-Hobbes, digamos, en los que alguien ya monopolizó la violencia. En países que siguen en la lucha constitutiva como México, donde el crimen organizado y los bandidos itinerantes pueden extorsionarte, robarte tu propiedad y matarte sin que nadie te defienda, el libertarismo individual es una quimera. Muchas zonas del país, de hecho, no están bajo control del Estado y quien manda no son ciudadanos libres que intercambian productos en una aldea sino los señores de la guerra.

Lo trágico –y esto le concedo a los libertarios mexicanos– es que el Estado aquí habitualmente no sólo no defiende a los ciudadanos ni su propiedad, sino que incluso ha sido cómplice y socio de los agentes expoliadores. En teoría podría funcionar el minarquismo, pero forzosamente habría que transitar antes por la construcción de un Estado garante. En términos históricos, estamos en ello.

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