domingo 21 abril 2024

Lilia Prado, la mujer dual

por Marco Levario Turcott

Decir “Lilia Prado” no sólo convoca a una mujer hermosa y evoca el tiempo en que brilló. Hay decenas de artistas con el mismo efecto de asombro y añoranza. Pero Leticia Lilia Amezcua Prado, su nombre completo, es algo más que pasatiempo de anticuarios –es parte del Cine de Oro mexicano- e imagen de cachondos, tuvo los peldaños más bonitos de la época si descartamos o aunque sumemos a Evangelina Elizondo, Rosita Quintana o Ninón Sevilla.

Lilia Prado es la rebeldía sin aspavientos y la libertad sin teorías o catecismos. Alguien sin proclamas ni poses que, al respetar su esencia, dio algo más que su versatilidad como actriz dramática y de comedia de teatro, cine y televisión, bailarina y cantante, por lo que fue vedette en la mitad de los años 60, cuando los productores cinematográficos dejaron de considerarla redituable. Una diosa en la pista que, con el gesto duro y sus entreabiertos labios, hizo que los hombres rindieran su voluntad ante ella.

Nació en Saguayo, Michoacán, el 30 de marzo de 1928. Desde niña quiso bailar y trabajar en un circo pero murió su prima con quien se fugaría de casa para alcanzar la meta. Lo bueno es que tuvo reposo para definir su nombre artístico y merodear los estudios de cine a los 12 años hasta ser extra en 1940. Estudió actuación en el INBA pero no concluyó porque su talento innato le abrió paso desde “Tarzán y las sirenas” con Johnny Weissmuller hasta “Tres veces mojado” (1989), la última película en la que participó a los 61 años.

El cinéfilo o el nostálgico avezado ya notó que faltan tres vetas clave de la actriz en la pantalla grande, una es la actuación de Lilia Prado en tres cintas dirigidas por Luis Buñuel y otra el fracasado intento de sustituir a Blanca Estela Pavón como compañera de Pedro Infante debido al fallecimiento del ídolo de Guamuchil. La tercera vertiente es que no brilló en el extranjero porque le dio flojera aprender a hablar inglés.

Junto a Silvia Pinal, Lilia Prado tiene el mérito de actuar en tres laureados filmes del director español: “Subida al cielo” (1952), “Abismos de pasión” y “La ilusión viaja en tranvía”, ambas de 1954. Aunque fuera nada más por eso, la actriz ya tiene su lugar en la mejor butaca del séptimo arte más aún cuando a lado de Infante filmó “Las mujeres de mi general” (1950), “El gavilán pollero” (1951), “Los gavilanes” (1954) y “La vida no vale nada” (1954). Por cierto, el final de “Las mujeres de mi general” es uno de los mejores de la década, en mi opinión, por su carga de dramatismo.

Lilia Prado, su belleza hosca y coqueta, su ser inmaculado y, simultáneamente, sus ojos de vampiresa. La mujer indescifrable. La maldad de quien desacata los designios del macho o la heroicidad de quien los enfrenta. La adelita del general o la frívola rumbera que mira para sí en vez de estar a la sombra de Adalberto Martínez “Resortes” en “Rumba caliente” (1952). La actriz dramática y de comedia que en esas lídes compartió créditos con Mario Moreno “Cantinflas”. La que no nació para casarse pues su matrimonio duró dos meses. La imagen pública que, en el retiro, negó entrevistas. Intensa y fiera, jamás se quejó por ser mercancía de olvido. Una feminista que jamás se planteó ser feminista. La mujer dual. La que captó millones de miradas y murió sola el 22 de mayo de 2006.

Al principio dije que Lilia Prado dio algo más que su versatilidad artística. Dio su vida.

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