domingo 03 marzo 2024

Lilly y Xóchitl

por Pablo Majluf

Lo que verdaderamente sacó a Lilly Téllez de la contienda opositora no fue el método, sino Xóchitl Gálvez, cuya irrupción ha forzado varios descartes anticipados de aspiraciones sin posibilidades. La apuesta de Lilly era aglutinar el voto ajeno al establishment panista –un poco como Fox en 2000– en un vis-a-vis contra Creel; pero ese boleto se lo arrebató Xóchitl y el apoyo empresarial que tenía la abandonó. 

La verdad es que Lilly era inviable como candidata y –no digamos– como presidenta. Suponiendo que lograse sortear a Creel, hubiera sido muy difícil representar una candidatura de coalición a partir de la apuesta ideológica. Además, siendo francos, Lilly llegó a la política por la vía populista. No me refiero sólo a la invitación de López Obrador, sino a que era una outsider, una personalidad mediática y estridente. El equipo detrás de ella –gente inteligente y seria– la quiso llenar de filosofía política para darle sustancia. El producto final no fue muy verosímil. La gente sospechaba que Lilly era sólo un vehículo y fue difícil tomarla con seriedad. 

La batalla rumbo al 2024 no será ideológica. No será entre izquierda y derecha, sino entre pasado y futuro, demagogia y unidad, democracia y autoritarismo, pobreza y modernidad, competencia e ineptitud. Sin embargo, eso no quiere decir que no quede pendiente la discusión ideológica con otro tipo de plataforma y en otra coyuntura. Lilly no era la “derecha moderna” que afirmaba ser –tampoco creo que fuera de ultraderecha–, pero eso no quiere decir que, en efecto, no se necesite una derecha moderna y liberal. El conservadurismo serio es una tradición venerable y muy necesaria para cualquier sistema político, sobre todo en latitudes tan revolucionarias y poco institucionales como la nuestra. Una derecha moderna y liberal tendría por principio que defender continuamente a la Constitución, a la democracia, al mercado, al individuo, a la libertad y al orden. 

La candidata ajena al establishment ahora es Xóchitl, de corte progresista sin ser ideóloga. Su reto es no caer en la tentación de ofrecer un obradorismo redux y bien ejecutado. Sin duda sería una tontería discursiva despotricar contra toda la agenda del obradorismo, especialmente contra los programas sociales que tienen tan contenta a la gente. Pero también es riesgoso acercarse demasiado con ánimo de capturar al votante obradorista, porque la gente puede preferir al producto original y los opositores quedarse huérfanos. La apuesta debe ser claramente opositora y distinguible.

Aunque no parezca, cierta semilla de una derecha moderna ya está en Xóchitl, quien es una mezcla de igualdad de oportunidades y esfuerzo personal. La izquierda obradorista es clientelar, detesta a las clases medias, al esfuerzo individual, al éxito económico, a la aspiración, a la riqueza. Xóchitl entiende la necesidad de nivelar el piso de entrada con apoyos en educación, salud, pensiones –bandera histórica de la socialdemocracia–, pero también de dejar al individuo forjar su destino con esfuerzo, trabajo, arrojo, ganas e inventiva. En la anhelada meritocracia aspiracionista estaría la comunión entre Xóchitl y aquella agenda pendiente.  

También te puede interesar