lunes 26 febrero 2024

Los motivos de la maldad

por Regina Freyman

El comportamiento humano es una cueva brumosa. Con el afán de responder llanamente los actos que proferimos o los que acometen nuestros congéneres, reducimos a dualidad aquello que es más un enramado contextual, el nudo que se forma en una cabellera por las incidencias del viento, del roce, del trato. 

Juramos ser buenos, pero no es posible, escupimos de infernales a los ajenos sin restricción, pero lo cierto es que una trama de argumentos se teje para crear el gobelino de nuestra absolución moral. Con todo esto no me confieso ni sentencio, sólo pienso con el ritmo de mis dedos hoy que vivo en un país dividido, en un mundo violento. Nos faltan valientes, valientes para refrenar la tentación de perdonarse o sobre estimarse. 

Eran tramas cinematográficas aquellas de caníbales o mafiosos en el poder, eran tele seriales dónde cabezas rodaban como advertencia o refrigeradores con delicatessen humanos. Los tiroteos masivos era una rareza y la dictadura una cabalgata que había quedado en el pasado. 

La caja de Pandora se estrelló y las ficciones del horror se escaparon como cucarachas. Las respuestas pueden ser muchas pero todo atentado tiene su patina de ficción, más aún cuando tomamos la voz y nos sentimos excluidos de todo mal. 

Un pepe grillo cómplice susurra: “Si das una mordida es porque tú sí tienes motivos, ya te han robado demasiado”; “Acepta esa chamba y cállate la boca, al final quién alimenta a los de casa”. La voz puede subir de tono y se convierte en un dragón que lanza argumentos de viejas historias que abren como ganzúa el picaporte. Los demonios no viven afuera, te habitan y basta con prestarles poco a poco atención, compadecer tus duelos demasiado o alimentar tu ambición con esa gula voraz que susurra “tantito más”. Alguien afuera capitaliza y divide, o te seduce y muerdes el anzuelo; luego como los bichos atraídas por arañas, hilos viscosos te atrapan sin remedio. 

Cuentan los vecinos de Andrés Filomeno Mendoza Celis, el caníbal de Atizapán, que era servicial, buen vecino; de vez en cuando les regalaba carnitas. Cuentan los amigos de Gertz que es una finísima persona; aunque un pariente un poco incómodo. Los hombres en el poder con su proliferación de grillos se autoproclama jerarcas de los cielos mientras las filas de muertos les piden morada. 

Pero toda perversión vive en los otros, “yo”, me siento bueno, victimado por la injusticia, agraviado por el abandono, limitado por mi origen, azuzado por mis sacrificios. Dispuesto a salvar al mundo con mis convicciones. 

La voz del mal comienza con la desconfianza, un brillo en los ojos que mira al de enfrente como culpable: la inocente competencia de los hermanos; las groseras intenciones de los compañeros de clase; la molesta vulnerabilidad de la que “mi pareja se aprovecha”; la afrenta del hijo desobediente; la palabra inadecuada que rompe la realidad en que me atrinchero, esa donde soy el bueno, esa donde los crímenes se esconden bajo la cama. 

En el mundo poblado y temeroso de la post pandemia, el orbe no es global sino fragmentos, ínsulas que no son siquiera Barataria, retablos oscuros donde soy santo contra mil demonios. Un espacio de ficción donde las horas marcan al son que le permito a mis delirios.

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