viernes 24 mayo 2024

Madame Bovary, una obra maestra, y el suicidio

por Marco Levario Turcott

Madame Bovary es una espléndida fotografía literaria de la sociedad francesa de mediados del siglo pasado, un documento histórico incluso, pero es algo más de acuerdo con la reseña memorable de Mario Vargas Llosa, “La orgía perpetua”, el ensayo más completo que he leído respecto de la creación de Gustave Flaubert.

Coincido con Vargas Llosa: además de la referencia personal que, inevitablemente, el lector hace de sí mismo en la lectura de este trabajo y del significado de la historia –publicada por entregas en la Revue de París– se haya la estructura perfecta, como dijera Henry James –el maestro de la creación de atmósferas– que nos permite asimilar a un personaje de ficción, la señora Emma Bovary, con un realismo que se sobrepone a muchos otros personajes reales, tanto, que escritores como Vargas Llosa tienen la marca indeleble de ella en su vida.

Madame Bovary es el último eslabón del romanticismo y el primero del realismo, para decirlo en el confort de los esquemas y así proseguir para signar la perfección estética de la prosa a la que aludió Milan Kundera para sintetizar el referente que fue para la siguiente generación de escritores a Flaubert; Marcel Proust por ejemplo. Pero más allá del cómodo y algo simplón veredicto, se encuentra la atmósfera vital y con ello la tragedia desde luego generada por las expectativas rotas de una mujer quien, así como Alonso Quijano fue soliviantado por libros de caballería, fue acicateada con las novelas de amor para caer en la cuenta que su vida era tan aburrida e intrascendente. Es la decisión de Emma en la que me detengo, la de trascender su vida jugueteando en la espalda del amante León, como haría con los dedos si tocara ese piano que decía que tocaba para buscarle atajo a la diferencia entre la vida y la literatura (y he aquí una paradoja: con el personaje de ficción que es Emma, Flaubert traza una vida real) lo que le suscita su propio desengaño: el de sus circunstancias de señora pudiente deudora de los mejores comportamientos, el del esposo, Charles, convencido de que las apariencias y su cuidado es el reto que a los seres humanos nos delinea la vida, y el del amante que mira en ella el disfrute de la carne sin buscar la trascendencia o retar a la moral y las costumbres de aquella época (que en más de un sentido prevalecen) y que condena las fantasías y la concupiscencia que Flaubert aboceta en Emma; tanto como su desesperación y angustia al mirar las consecuencias que tiene el desdoble de su vida de señora y el desfogue en privado sin su marido.

La ejecución literaria de Flaubert alcanza la perfección, en los vericuetos donde Emma anda en la casa; la tenue oscuridad, los murmullos que le persiguen, la desesperación sin salida. “¿Cómo puedo hacer una escultura?”, se preguntó Miguel Ángel, “simplemente retirando del bloque de mármol todo lo que no es necesario”, y eso es lo que hizo, en efecto, el escritor: empleó exactamente las palabras requeridas, fonética y gramaticalmente, para dejar que las vidas que ahí estaban tuvieran su propio despliegue, así, como si incluso cobraran albedrío. Y en ese estado de desesperación que tiene Emma, tenemos empatía con ella o al menos consideración, sino es que incluso compartimos, vamos, comprendemos su última decisión: el suicidio. Incluso, como el último reto de Flaubert a la sociedad francesa, un reto de él y sin duda de Emma: resistirse a ser tratada como trofeo de guerra o pieza de exhibición (y en todo caso aceptarlo frente a la mirada procaz del amante que ella acepte).

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10 de septiembre, Día Internacional para la Prevención del Suicidio

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