viernes 21 junio 2024

Marcelo Ebrard, Alicia Bárcena y la política exterior de México

por María Cristina Rosas

México vive ya el proceso de sucesión presidencial donde el partido dominante mueve sus fichas para determinar quién ocupará la máxima magistratura del país a partir del 1 de diciembre de 2024. Los suspirantes -ahora llamados “corcholatas”- a la candidatura presidencial están renunciando a sus cargos como lo establecen las reglas de Morena y con el acuerdo, en principio, de los susodichos. El resultado de los comicios en el Estado de México con la victoria de Delfina Gómez que echó al Partido Revolucionario Institucional (PRI) de su bastión más importante, permite anticipar que el/la próximo/a presidente/a de México será uno/a de los/as “corcholatas.”

Marcelo Ebrard fue el primero en anunciar su renuncia a la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE). Previamente había insistido en la importancia de definir las reglas para contender por la nominación del partido en el poder y pidió “piso parejo.” Su renuncia provocó lo que era previsible: la renuncia de los demás. A continuación, Morena realizará consultas para determinar, quien será el/la “bueno/a”.

Al calor de la sucesión presidencial ha sido necesario hacer nombramientos en las carteras vacantes. Es así que la bióloga Alicia Bárcena Ibarra, ex jefa de gabinete del entonces Secretario General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) Kofi Annan, ex Secretaria General de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) y ex Embajadora de México en Chile, llega a la jefatura de la SRE. Será la cuarta mujer en la historia de la dependencia -tras Rosario Green, Patricia Espinosa y Claudia Ruiz Massieu- en presidirla. Es de destacar que de manera reiterada el presidente López Obrador mencionó en distintos momentos que invitaría a Bárcena a ocupar el cargo que ahora finalmente aceptó. ¿Por qué no aceptó antes? ¿Por qué hasta ahora?

El presidente López Obrador siempre ha sostenido que la mejor política exterior es la política interna. La Constitución en el artículo 89 fracción X señala que entre las facultades y obligaciones del presidente figuran “dirigir la política exterior y celebrar tratados internacionales, así como terminar, denunciar, suspender, modificar, enmendar, retirar reservas y formular declaraciones interpretativas sobre los mismos, sometiéndolos a la aprobación del Senado. En la conducción de tal política, el titular del Poder Ejecutivo observará los siguientes principios normativos: la autodeterminación de los pueblos; la no intervención; la solución pacífica de controversias; la proscripción de la amenaza o el uso de la fuerza en las relaciones internacionales; la igualdad jurídica de los Estados; la cooperación internacional para el desarrollo; el respeto, la protección y promoción de los derechos humanos y la lucha por la paz y la seguridad internacionales.” Esto es importante recordarlo dado que el/la canciller en turno no se puede salir del guion que marca el presidente. Si el presidente considera que la mejor política exterior es la política interna, ese es el guion al que se debe ceñir el/la titular de la SRE.

La gestión de Marcelo Ebrard como canciller ha sido de altibajos. Él, como se recordará, fue jefe de gobierno de la Ciudad de México en los tiempos de la primera pandemia del siglo XXI, el A H1N1 que se originó justamente en el país. Ebrard hubo de lidiar con la suspensión de actividades escolares, económicas, culturales, deportivas y otras más en la capital de país, aunque por breve tiempo, dado que la enfermedad pudo ser contenida, a diferencia de lo ocurrido con el SARS-CoV2. Con todo, lo sucedido en 2009 permitió a Ebrard adquirir experiencia en el tema de la gestión pandémica. Cuando dejó el gobierno de la ciudad de México, se sabe que se vinculó a iniciativas de cooperación internacional sobre gobernanza. 

Con estas experiencias en el bolsillo y ya como titular de la cancillería en el actual gobierno, cuando la pandemia del SARS-CoV2 llegó a México, Ebrard se transformó en el funcionario más importante del gabinete presidencial. Fue el responsable de gestionar la obtención de vacunas para inmunizar a la población, siendo México de los pocos países del mundo en lograr una diversa proveeduría de los biológicos que permitió al país hacer frente a los estragos de la enfermedad. Ebrard también concentró la gestión de la agenda migratoria cuando el gobierno estadounidense que presidía Donald Trump, amenazó a México con sanciones comerciales si no contenía las olas de migrantes con destino a Estados Unidos, en territorio México. Según Mike Pompeo, entonces secretario de Estado de Trump, Ebrard aceptó que México se convirtiera en “tercer país seguro” de facto, a cambio de no recibir sanciones comerciales, esto sin el conocimiento de la embajadora de México en Washington en ese tiempo, Martha Bárcena Coqui.

La estrella de Ebrard brilló durante la pandemia y la crisis migratoria con Trump, en parte por la inexistencia del secretario de salud -formalmente es Jorge Alcocer, si bien la gestión de la pandemia desde esa dependencia recayó por entero en la figura del controvertido Doctor Hugo López-Gatell y de la secretaria de gobernación a cargo de la ministra Olga Sánchez Cordero, a quien su paso por la dependencia le ganó el mote de “florero.” Con el declive de la pandemia y el cambio de administración en Estados Unidos, la estrella de Ebrard se fue apagando. La Embajadora Martha Bárcena decidió retirarse y su lugar fue ocupado por el camaleónico Esteban Moctezuma Barragán en febrero de 2021, coincidiendo con el inicio de la administración de Joe Biden en Estados Unidos. Asimismo, López Obrador realizó un importante cambio en su gabinete tras los comicios de medio término de 2021. Sánchez Cordero dejó el cargo a un personaje de la entera confianza del presidente, el ex gobernador de Tabasco, Adán Augusto López Hernández, quien hoy también es uno de los “corcholatas.”

Ebrard, sin embargo, no desapareció del todo. El hecho de que el presidente viaje muy poco al exterior llevó a que Ebrard lo representara en infinidad de foros, cumbres, reuniones bilaterales y demás. Esto le ha dado al ahora ex canciller, una mayor exposición internacional, donde es una figura crecientemente conocida que ha acumulado numerosas experiencias y establecido vínculos que podrían serle de utilidad en algún momento.

Más allá de ello, Ebrard se plegó a las decisiones del presidente en el nombramiento de embajadores y cónsules en diversas plazas a nivel internacional. Muchos nombramientos han sido políticos, con personajes carentes de experiencia y que han generado crisis diplomáticas en más de una oportunidad, trátese de España y Perú, para citar dos casos muy conocidos. El intervencionismo de México en los asuntos internos de otros Estados ha sido recurrente en el actual gobierno -desde aquella felicitación a Lula Da Silva cuando aun no se había realizado la segunda vuelta electoral ni se tenía confirmada por las autoridades electorales su victoria en los comicios de Brasil-, pasando por la recepción de Evo Morales como asilado político en el marco de la crisis política en Bolivia, o bien, de manera más reciente, la abierta injerencia mexicana en Perú. Es muy posible que Ebrard no estuviera del todo de acuerdo con la manera en que el presidente conduce la política exterior, pero el que calla, otorga.

En este marco es que llega Alicia Bárcena a la cancillería mexicana, prácticamente en la recta final del gobierno de López Obrador, lo que, en principio la exime de diversas controversias simple y llanamente por los tiempos políticos. Tener a una persona tan experimentada en los asuntos internacionales, sobre todo en los de corte multilateral, es una buena noticia. Bárcena es una figura ampliamente conocida en el mundo y en América Latina gracias al trabajo desarrollado en Naciones Unidas y la CEPAL. Ha sido reiteradamente considerada como posible candidata a la Secretaría General de Naciones Unidas, donde sus posibilidades se mantienen más o menos vigentes. Antonio Guterres culminará su segundo mandato al frente de la ONU, si no sucede otra cosa, el 31 de diciembre de 2026, que es un tiempo razonable para que Bárcena prepare su candidatura, si bien su suerte dependerá ciertamente de quién será el/la candidata/a de Morena a la presidencia y dónde quedará ella a partir del 1 de diciembre de 2024.

Bárcena se sabe que buscó la candidatura para presidir el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) luego de que el titular de esa dependencia, el cubano-estadounidense, Mauricio Claver-Carone debiera dejar el cargo en septiembre de 2022 por haber mantenido una relación “impropia” con una subordinada. Sin embargo, Bárcena es ampliamente desconocida en Estados Unidos y las razones porque las que tiene visibilidad en algunos círculos políticos de ese país, no son las mejores. Tras la muerte de Hugo Chávez, presidente de Venezuela en 2013, Bárcena expresó que la región latinoamericana era un mejor lugar gracias a él. Tras el deceso de Fidel Castro en 2016, Bárcena llamó “Gigante” al comandante y replicó “¡Hasta la victoria siempre!” En 2018 afirmó que había que trabajar para profundizar las relaciones entre América Latina y la República Popular China -país al que Washington considera su “enemigo público número uno.” Estos pronunciamientos fueron hechos por Bárcena como funcionaria de la CEPAL. Claro, la CEPAL no es un organismo con tanta visibilidad internacional. Sin embargo, cuando alguien aspira a tener el plácet de Estados Unidos para ocupar un cargo tan importante como la presidencia del BID, todo lo que esa persona hay dicho antes, podría ser usado en su contra. No es necesario insistir en que para un gobierno como el estadounidense, que mantiene tantas diferencias con los regímenes de Cuba, Venezuela y la RP China, que una funcionaria como Bárcena los alabara, es considerado un error de proporciones bíblicas para decir lo menos.

Con todo, esta puede ser la razón que explique por qué sólo hasta ahora Bárcena ha aceptado presidir la cancillería por el tiempo que le queda a la administración de López Obrador. Es una oportunidad que ella tendrá para empaparse más sobre la relación bilateral con Estados Unidos, y tal vez cambiar la imagen que se tiene de ella en los círculos más influyentes de aquella nación. 2024 también será año de comicios presidenciales en Estados Unidos. Donald Trump sigue en la jugada, si bien será necesario seguir de cerca el más reciente escándalo que lo involucra y que parece ser mucho más serio que los anteriores. Es muy temprano para saber qué pasará en aquel país. Biden ha dicho que se postulará, pese a su edad, para un segundo mandato. De Santis, el gobernador de Florida, recientemente tuvo un desastroso inicio de pre campaña para lograr la nominación republicana. Todo puede pasar, pero el resultado de la contienda presidencial en Estados Unidos determinará si Bárcena contará con el codiciado apoyo estadounidense para buscar la Secretaría General de Naciones Unidas. Hoy por hoy se encuentra en desventaja frente a otra mujer latinoamericana, la costarricense Laura Chinchilla, ex presidenta de ese país, quien tiene una profusa actividad política-académica en Washington y goza de una mejor percepción que Bárcena. 

En suma: la llegada de Alicia Bárcena a la cancillería mexicana es una buena noticia para la política exterior mexicana. Con su experiencia en los asuntos internacionales, sobre todo los multilaterales, podrá hacer algunas cosas, siempre que no se aleje del guion marcado por el presidente. Podrá representar a México en los grandes foros y eventos internacionales que tengan lugar desde ahora y hasta el 30 de noviembre de 2024 y su rostro adquirirá todavía más visibilidad. Sin embargo, su arribo a la SRE no modificará el carácter residual que la política exterior tiene en el actual gobierno.

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