miércoles 28 febrero 2024

Masa y Covid

por Tere Vale

De un día para otro cambiaron todos los referentes: el cubrebocas se volvió parte de nuestro vestuario, casi tan indispensable como usar calzones o zapatos; salir a comer o tomar un café con la familia o los amigos se tornó un evento temerario; ¿ir con una amiga de compras?… algo muy difícil.

En fin, podría hacer una lista interminable de cosas que a mi en lo particular me gustaban, como ir al cine, disfrutar un concierto, ir a jugar a mi casino favorito, babosear viendo aparadores y comprando algo aquí y allá o, muy importante, ir al gimnasio. No les voy a decir que padezco vigorexia ni nada por el estilo, pero aprendí después de una embolia y la pérdida de seres queridos que el hacer ejercicio me mantiene más alerta, más sana, menos deprimida y menos cansada. Sin embargo, todo cambió y los gimnasios son sin duda uno de los negocios más afectados por el maldito Covid.

Y es que el temible coronavirus nos cambió en lo individual, qué duda cabe, pero también nos afectó en lo social, en los eventos masivos y como fanáticos de algún deporte.

Uno de los libros que disfruté enormemente en mis tiempos de estudiante de antropología social, fue Masa y Poder de Elías Canetti, premio Nobel de literatura en 1981. Hoy a unas cuantas horas de que se llevara a cabo el Super Bowl con todo y Tom Brady, el recuerdo viene al caso ya que definitivamente estamos en otra realidad, el mundo, el individuo y la masa han cambiado.

La masa, dice Canetti, siempre quiere crecer y tener más densidad, para que se dé este fenómeno necesitamos sentirnos unos cerca de los otros, ahí no nos da miedo rozar a otra persona, nos encanta casi fusionarnos con el de junto ya que, en ese momento mágico, al integrarnos todos, por ejemplo, en un estadio de futbol somos iguales.

Ahí, lo que importa en ese colectivo gigantesco no es uno, sino la energía y fuerza que podemos generar entre todos. El individuo se funde con los demás y por un rato, unas horas quizá, somos invulnerables, ni ricos ni pobres, ni chairos ni fifis, somos no más una multitud emocionada en un espacio limitado: el estadio.

NFL Football – Super Bowl LV Halftime Show – REUTERS/Shannon Stapleton

Eso sí, en ese recinto una mitad mira a la otra que está enfrente y puede reaccionar con ella o en contra de ella. Las reacciones de un lado afectan al otro y ahí van retroalimentándose, muy emocionados, hasta que termina el espectáculo.

Hoy la masa —las masas— está menguada, muy disminuida. De los 60 mil espectadores que en promedio caben en un estadio en el Super Tazón, sólo pudieron entrar este año 20 mil, una tercera parte. Los espectadores con cubrebocas negro, el personal de apoyo con cubrebocas blancos. El nuevo uniforme de la pandemia. El miedo y la restricción, van detrás de la aglomeración y nos impiden disfrutar de ella sin jugarnos la vida.

De los cinco millones de dólares que costaban los 30 segundos dentro de este espectáculo televisivo (y había cola para poder estar) se bajaron los costos un 20% porque también enfrentamos la imposibilidad de disfrutar de este evento con muchos amigos en la casa o en un restaurante y por lo tanto bajaron los ratings. Bueno, con decirles que hasta el vestuario de la coreografía de The Weekend utilizó el cubrebocas para no desafiar más a los asesinos invisibles. Sí, de plano todo cambió.

Equipos de todo el mundo se han visto afectados, en los estadios la venta de refrescos y cervezas, hotdogs y souvenirs están disminuidas. La Olimpíada de Tokio quedó en mera ilusión y el teatro, los museos, los conciertos, la música, el cine, las galerías, y los deportes en general enfrentan tiempos inciertos y su recuperación se ve larga e impredecible.

Ni siquiera podemos imaginar hoy si volveremos o no a lo que hacíamos los humanos para divertirnos en los primeros 20 años de este siglo. Lo que hemos perdido en cultura y deportes en estos aciagos meses creo que no podemos aún cuantificarlo porque va mucho más allá del dinero.

En medio de esta tragedia mundial, solo aquí en México se destinan en este año, 89 millones de pesos para “remozar” un absurdo estadio de béisbol en Chiapas; o vemos a nuestro presidente (sin cubrebocas) dándose su tiempecito para en medio de la crisis sanitaria, social y económica más importante de los últimos cien años, ponerse a batear.

Irresponsabilidad, egoísmo, ignorancia, ambición de poder, falta de estrategia y de solidaridad. Ni ejercicio, ni vacunas, ni horizonte, ni nada más que brutalidad. La peor de las realidades posibles en dos años y algunos meses de soledad.

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