sábado 25 mayo 2024

Mojoneras del pasado

por Ricardo Becerra Laguna

Soy de los que creen que las sociedades necesitan cerrar episodios, concluir procesos, para poderlos llamar pasado. De lo contrario están condenadas a padecer eso que Norbert Lechner llamó alguna vez el presente continuo. 

No hablo de símbolos ni de rituales, aunque puede ser que tengan un lugar, hablo de hechos, de construcción de memoria y de política. Esos cierres han sido todavía más necesarios en países que han sufrido el drama de las dictaduras y de los autoritarismos más extremos. Por eso, entre siglos, numerosas naciones, especialmente de África y América Latina, constituyeron comisiones de la verdad para clausurar un capítulo negro de su historia y dar paso a una cierta reconciliación social.

Y aunque los resultados ha sido mixtos y muy desiguales, creo que vale la pena recordar esos experimentos de la memoria porque tal vez, los volvamos a necesitar. 

Muy conocida fue la Comisión para la Verdad y la Reconciliación en Sudáfrica, que investigó las violaciones de los derechos humanos en los años del apartheid. El informe, de 1998, responsabiliza de la gran mayoría de las violaciones al Gobierno blanco del Partido Nacional. En Argentina, la Comisión Nacional Sobre la Desaparición de Personas investigó los crímenes de la dictadura militar entre 1976 y 1983. En su informe de 1983, la comisión, presidida por el escritor Ernesto Sábato, identificó a 8 mil 960 desaparecidos, señaló que el número podía ser mayor y elaboró una lista de mil 351 represores. En El Salvador, la ONU designó a una comisión en 1991 tras 12 años de guerra civil entre el Gobierno y el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional. De las 22 mil denuncias de violaciones de derechos humanos que estudió la comisión, el 5 por ciento fue atribuido a la guerrilla, el resto fueron cometidas por El Ejército, sus escuadrones ayudados por kaibiles.

La comisión de Guatemala estudió más de 8 mil testimonios y 42 mil 275 muertes de 36 años de guerra civil. En su informe recordó el papel que jugaron EU y Cuba en la guerra sucia. Y en Perú (2003), una comisión llegó a la conclusión de que más de 69 mil personas murieron o desaparecieron en la guerra que ensangrentó el país entre 1980 y 2000.

Pero quizás el ejercicio de memoria histórica más estremecedor de todos sea el “Informe Valech”, testimonio de más de 27 mil torturados durante la tiranía de Pinochet, presentado 14 años después de que la dictadura en Chile diera paso a la democracia recobrada, es decir, en un periodo de tiempo en que la mayoría de los verdugos seguían vivos y las víctimas, también. 

Hace treinta años, el presidente de Chile, el socialista Ricardo Lagos, encomendó a una comisión de ocho personas, presidida por el obispo Sergio Valech, la elaboración de un informe con un capítulo especial sobre las torturas ejecutadas por aquella tiranía. 

Chile ya tenía experiencia en este tipo de ejercicios. En 1991 se gestó el informe Rettig sobre las desapariciones y ejecuciones durante el régimen de Pinochet, pero no contemplaba las torturas. José Antonio Gómez, ministro de Justicia de Lagos, dijo: “En mi familia, como en tantas otras de Chile, sufrimos casos de presos, exiliados, torturados…, pero lo que finalmente he escuchado, he leído… es tan brutal que no se puede dimensionar” y remató Lagos: “¿Cómo pudimos vivir con esto 30 años en silencio?”. 

Leer a ese documento sigue siendo tremendamente duro (puede verse aquí “Informe de la Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura” https://bit.ly/3EFXlFv). Con tono descriptivo, narra casos que ilustran los métodos de tortura, sin identificar el nombre de las víctimas en cada caso ni tampoco el de sus torturadores y realiza un admirable análisis del contexto histórico con la crítica a dos actores que no cumplieron con su deber: la Corte Suprema por abdicar en la dictadura de su misión de impedir los abusos, “con funestas consecuencias”, y la prensa, que favoreció el clima de impunidad, (también recuerda que hubo 230 periodistas que sufrieron prisión política).

“Eso ya no ocurre en Chile”, me dice un amigo desde Santiago. “Cometemos otras barbaridades pero ya no ésas”. Ésas, forman parte del pasado; los Informes de memoria histórica colocan una mojonera y conviene recordarlos de vez en vez (ahora que recién se cumplen 50 años del golpe militar) porque cómo he dicho, en algún momento necesitaremos llamar también “pasado” a los horrores del presente. Eso espero.   

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