lunes 04 marzo 2024

Nada es para siempre

por Tere Vale

¿Ante la desigualdad, la pobreza y el desamparo, qué podemos hacer más que aferrarnos fuertemente a las mentiras? Freud decía que los humanos, frente a la injusticia, la muerte o la impotencia, inventamos las religiones y en los peores momentos de nuestra existencia es cuando más nos acercamos a ellas. Al menos, en esos terrenos de la fe, hay una promesa de que después de esta vida tan complicada nos garantizan una eternidad un poco más equitativa. Parecería que entre más jodidos estamos más urgencia tenemos de buscar soluciones preferentemente fáciles y/o mágicas que nos resuelvan, aunque sea en la otra vida, nuestras desazones. Esta es una reacción evidentemente emocional que poco o nada tiene que ver con la razón. Y ahí comienzan los verdaderos problemas.

Todos hemos visto o pasado por situaciones así de una u otra manera. ¿Quién no ha tenido una amiga a la que su pareja le pega, veja o maltrata y que, sin embargo, se niega a dejarla porque “pobrecito, él es bueno en el fondo, ha estado muy estresado, o es que su pasado lo condena, pero—dicen justificándose—ya todo va a estar bien”? Esta distorsión perceptual muchas veces no tiene remedio.

En este estado mental crepuscular no se ve, ni se escucha ni se piensa. Es como si las personas afectadas estuvieran atadas a un pensamiento equivocado, erróneo, del que no pueden o quieren deshacerse ya que funciona como una defensa en contra de su difícil realidad. Así están las cosas.

Es en estos momentos, cuando este tipo de fenómeno se reproduce a nivel social, cuando puede surgir el anhelo por los caudillos y los gobernantes todopoderosos que, aunque digan solo mentiras, denigren o lleven a un país entero al despeñadero, son adorados incondicionalmente sin que haya ninguna lógica de por medio.

Dado lo anterior (ojalá y me equivoque,) es probable que México seguirá lidiando con la corrupción, la ignorancia y la ineficiencia. Para una ciudadanía de baja intensidad, poco o nada comprometida, es mucho más cómodo dejar todo el control y toda la responsabilidad a ese liderazgo autoritario del que depende todo. Para los pocos que se dan cuenta del hechizo, también dejarse llevar resulta más cómodo que seguir en pie de lucha. Dejarse llevar, dicen muchos, es también resignarse y adaptarse a lo inevitable. Total, con una sociedad en trance ya nada tiene remedio.

En días recientes hemos podido comprobar lo que es capaz de conseguir un autoritarismo exitoso: silencio, complicidad y obediencia. Hemos presenciado el dominio absoluto de un individuo sobre los demás, y como el miedo obliga a la sumisión y a la abyección completa. La combinación de ambición, codicia y amenazas es una mezcla letal y sus derivadas nunca son buenas.

Yo, solo por hoy me ilusiono y lucho con lo que es bien sabido: que nada es para siempre.

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