viernes 24 mayo 2024

Perú jodido, otra vez

por Pedro Arturo Aguirre

“¿Cuándo se jodió el Perú?”, la célebre pregunta de Zavalita en Conversación en la Catedral sigue en el aire, sobre todo tras la esperpéntica intentona golpista de Pedro Castillo. Pero hasta antes de la pandemia el panorama parecía distinto. El país andino parecía estar “desjodiendose” como incluso lo reconoció el propio Vargas Llosa. En 2019 Perú constituía un raro oasis en medio de la marea de protestas y movilizaciones en Ecuador, Chile, Bolivia y Colombia, y ello pese a su larga y continua historia de conflictos. En los primeros veinte años del siglo la economía peruana creció a una media anual del 5 por ciento (frente al 2.7 por ciento promedio de la región). En 1980, la renta per cápita era de 500 dólares; en 2017 subió a 6,500. La pobreza se redujo del más de 60 por ciento de los años ochenta a solo el 18 porciento en 2018. El turismo recibió en 2019 más de 23 millones de pasajeros, frente a los 10 millones de 2009. Incluso la gastronomía peruana estuvo en auge por todo el mundo y el país empezó a consolidar su ventaja competitiva en la industria textil y a invadir el mundo de la moda “pret-a-porter”. Este apogeo se logró pese a la inestabilidad política, con tres expresidentes (Fujimori, Ollanta Humala y Pedro Pablo Kuzcynski) en la cárcel, en arresto domiciliario o esperando juicio, el suicidio de otro (Alan García) y la fuga de otro más (Alejandro Toledo). ¡Sin duda un elenco estelar! 

Desde luego, no todo fue coser y catar. El auge dio lugar a muchísima corrupción. Además, el país mantuvo su exacerbada dependencia ante el extractivismo (explotación minera exacerbada). El 54 por ciento de la variación del crecimiento económico se explica por el incremento en el precio de las materias primas. Y como ha sucedido en otras naciones de la región, la sobreexplotación agrícola repercutió negativamente en el medio ambiente. Miles de hectáreas de selvas y bosques han sido arrasados para dar lugar a la imparable agroindustria. Finalmente, la pandemia evidenció los vicios estructurales de todo este “boom” y sus efectos amenazan con permanecer durante años. La población peruana registró la tasa de mortalidad per cápita más alta del mundo, con más de una muerte por cada veinte personas infectadas. Quedaron al descubierto profundas brechas y desigualdades socioeconómicas. El Covid golpeó muy fuerte al medio rural y a las clases populares. La renta per cápita se redujo a los 6,000 dólares y el nivel de pobreza rebotó al 30 por ciento. Tal catástrofe ha tenido repercusiones en la de por sí trastornada política del país, reflejada como quizá nunca con el “happening” de Castillo.

Muchas son las cusas de la ingobernabilidad política peruana. Por supuesto, cuenta su deficiente Constitución. El Congreso unicameral tiene el poder de destituir al presidente por la sui generis causa de “incapacidad moral”, las cual de ser aprobada por una mayoría calificada (al menos 87 votos de un total de 130 diputados). Huelga decir la forma cómo se ha abusado en los últimos tiempos de esta facultad. Peor aún, en Perú los partidos políticos prácticamente no existen. Solamente el fujimorismo, agrupado en Fuerza Popular, cuenta con una verdadera implantación a nivel nacional. El fujimorismo tiene mucha presencia electoral, pero no la suficiente como para lograr la Presidencia porque al menos la mitad de los electores lo rechaza hasta con vehemencia. De esta forma, y como dicen los politólogos peruanos, el fujimorismo funciona “en negativo” porque tiene el control de las instituciones, gran peana electoral y una organización en todo el país, pero es incapaz de hacerse del Poder Ejecutivo en las urnas. 

Dieciséis grupos presentaron candidaturas en las elecciones presidenciales de 2021. Todos estos son movimientos más o menos desestructurados, lograron en algún momento su registro electoral al alcanzar mediante recopilación el número de firmas exigido por la ley, la cual -por cierto- no es demasiado estricta en este sentido. Pero estos “partidos” no tienen vida más allá de las elecciones. De hecho, muchos se “alquilan” para los candidatos capaces de pagarles. Son una especie de “vientres de alquiler”, como les han bautizado los peruanos. Esta proliferación de agrupaciones da lugar a once distintas bancadas en el Congreso. Por eso, quien gane en la segunda vuelta de la elección presidencial no tendrá sino una pequeña representación en el Poder Legislativo y eso dificulta considerablemente su capacidad para gobernar. La inestabilidad peruana refleja bien las limitaciones de la segunda vuelta electoral. 

Los desequilibrios y desbarajustes políticos del Perú se ven reforzados por la creciente polarización tanto de las élites como de la sociedad. Cada vez más votantes se ubican en la extrema derecha o en la extrema izquierda. La polarización hace imposible arribar a acuerdos amplios en torno a la agenda de gobierno. Otro problema es la muy arraigada cultura política de darle la vuelta a la ley a como dé lugar, algo tan común en las naciones latinoamericanas. La corrupción, pero también el narcotráfico, la trata de personas y multitud de actividades económicas ilegales contribuyen de manera significativa a fortalecer una enorme heterogeneidad la cual desafía las posibilidades de representación política con capacidad de agregar demandas sociales, y se encuentra en el fondo de la fragmentación de los partidos y agrupaciones. Por eso no basta con simplemente redactar una nueva Constitución para poner fin a los problemas de la gobernabilidad. Se ha discutido y escrito muchísimo sobre cual sistema de gobierno sería mejor para América Latina, si el presidencialismo, el semipresidencilismo o el parlamentarismo, con sus respectivos mecanismos de control y de contrapesos. Pero ninguno de ellos no solucionaría por sí mismo los dramas de la región. Aun así, su adopción merece debatirse, siempre bajo el entendido de sus limitaciones. Encontrar fórmulas constitucionales funcionales no será fácil y podría requerir años de experimentación. Eso sí, una mayor gobernabilidad pasa necesariamente por la construcción de partidos políticos estables, y ningún partido sobrevive sin proteger su identidad y cultivar sus tradiciones. Menos son capaces de persistir si no son capaces de identificar y de canalizar las viejas y nuevas demandas sociales. Lamentablemente vamos en sentido contrario: todo esto se pierde a pasos agigantados y no solo en Perú, sino en todo el mundo.

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