domingo 21 abril 2024

La piel

por Regina Freyman

Me supe viva cuando sentí urticaria. La piel toda me picaba inflamada por una extraña alergia y creo que entre ardor, rascar y buscar hielos para adormecer las zonas inflamadas, supe que existía una barrera que me daba contención, que separaba eso que soy de lo otro, del mundo. Me recuerdo con mi abuelo en su coche gigante (La tina azul) o en la sala de la casa de Margaritas corriendo de la gran bocina en la que escuchaba audiocuentos o canciones de Cri-cri, a ese gran buda sentado que era mi abuelo con su vaso de güisqui helado que amable y silencioso posaba sobre mi piel para mitigar la comezón. Comezón de vivir, comezón de sentir, recuerdo bien que anhelaba justo no sentir, momentos en que pudiera olvidar que tenía piel o piernas, o brazos, porque el no sentirlos no era que no existieran, era que se movían indolentes fundidos con el todo y sin fronteras.

Oswaldo Guayasamin, “Los amantes”

Nos dicen los expertos que el prurito, nombre oficial de la comezón, no se ubica en ninguna parte del cerebro, lo que lo hace imposible de estudiar a nivel neurológico. Nos cuenta Bill Bryson en su libro El cuerpo, la espeluznante historia real de una mujer que experimentaba comezón crónica en la parte superior de la frente después de un ataque de herpes zóster. La picazón se volvió tan enloquecedora que una noche y entre sueños, se rascó con furia y se arrancó la piel del cuero cabelludo, se despertó y encontró un hilo de líquido cefalorraquídeo que le corría por la cara. Espero que estas palabras no sean un prurito insaciable.

“Everybody Loves Regi”

En la oferta narrativa de la TV la mayoría de las historias son dramáticas por lo que busqué alguna serie que me hiciera reír. Así que volví a la noventera “Everybody Loves Raymond”. Sinceramente me hace reír mucho y me sirve de descanso de tanta tragedia contemporánea o de las demandas de clase. Sin embargo, me percato de lo sexista de la comedia, plagada de micromachismos, básicamente el chiste se sustenta sobre la hostilidad (bulling diríamos ahora) entre los miembros de la familia. Aún así me mata de la risa, o lo hace porque me resulta enormemente familiar.

El programa completo se basa en la competencia, la figura central Raymond es el epicentro de la familia, el hombre norteamericano blanco, profesionalmente exitoso, económicamente robusto, el más productivo y acaudalado de la familia. Su origen es ítalo americano, por tanto posee los beneficios del mundo anglosajón y la idílica sublimación (muy a lo american way of life) de la familia latina. No sólo es un clasemediero que ha ascendido en la escala social al convertirse en un reportero deportivo (segundo lugar en la escala viril) sino que es sexualmente fértil “bendecido” con una hija y unos gemelos. Por esposa tiene a una mujer educada, de mejor clase social que él (tópico en varias Sitcoms por ejemplo Los Simpsons) y físicamente celebrada en su círculo social, símbolo de su éxito. Contra él se miden todos los adultos de la serie, o en concreto todos los integrantes de la familia Barone, comenzando por su mujer Deborah.

Deborah y él parecen tener una estable y amorosa relación de pareja, sin embargo, el chiste constante es la hostilidad que viaja en burlas sexistas. Ella está siempre atrapada en su papel doméstico quejándose de su condición y agrediendo la conducta irresponsable del marido, una especie de niño crecido e indolente que busca constantemente escapar del escrutinio de la mamá-esposa y de los quehaceres del hogar.

Por otra parte la rivalidad entre Deborah y Marie (Madre de Ray y de su hermano Robert ) es otra vertiente del humor, Marie se burla todo el tiempo de la incapacidad de su nuera por cocinar y llevar un hogar como ella solía hacerlo; mientras Deborah vive atormentada por la constante intrusión de su familia política que reside en la casa de al lado y no permiten a la pareja privacidad alguna, “la familia muégano”. La frase Everybody Loves Raymond, aunque es pronunciada en algún punto por todos los personajes, parece haber sido acuñada por Robert el hijo primogénito de los Barone.

Robert un policía gigantesco resiente y envidia la atención que recibe desde pequeño su hermano Raymond, favorito de mamá y quien mejor concretiza las aspiraciones de papá. Robert no tiene el éxito de Raymond, al principio vive en casa de los padres y a pesar de su tamaño y profesión es un hombre sentimental. Es probable que su carácter más vulnerable y meloso haya alejado a Frank su padre, que se inclina hacia el carácter irónico y desvergonzado de Raymond.

“Everybody Loves Raymond”

Frank es veterano de la guerra de Corea y si hay alguien que me haga reír hasta ahogarme es él. Su conducta hacia sus hijos, nuera y fundamentalmente hacía su mujer es realmente de una violencia verbal subida, ingeniosa pero devastadora. El gran Peter Doyle con su enorme físico y magnífica actuación, es capaz de llevarnos por los tonos más altos de la risa y a momentos bajarnos hasta el drama (muy pocas ocasiones, dado que el personaje, si bien es un gran manipulador, juega poco el rol de la víctima) cuando habla de cómo ha tenido que hacerse duro para enfrentar su condición de excombatiente pobre, sólo de ese modo podía salir adelante. Hoy simplemente sería inadmisible que en una serie de TV se permitiera la cantidad de chistes machistas en contra del físico regordete y envejecido de la pobre Marie; o las alusiones homosexuales hacia sus hijos cuando se muestran vulnerables.

La serie me hizo percatarme de varias cosas, la más evidente es lo mucho que la sociedad ha cambiado de entonces a hoy; la forma en que es muy común en familia (en la mía lo era y tal vez esa familiaridad es la que mayor risa y dolor me causa) disfrazar el amor de microagresiones, bocaditos envenenados que promueven el resentimiento familiar ¿Será la cercanía? ¿El evidente abuso de intimidad? ¿Será condición necesaria de estar juntos que se admitan formas veladas de competencia y agresión?

En mi casa las agresiones eran así. Mi papá nos molestó a mi hermana y a mí desde que éramos casi bebés. Nos llamaba Caca Nieves y Pipicienta; luego se ufanó por años de que nos hizo firmar un documento en el que prometíamos no casarnos hasta que cumpliéramos 35 años (el chiste fue para nosotras, si tan sólo le hubiéramos hecho caso). Paty mi hermana y yo buscamos por años el maldito papel para destruirlo, pero como muchos de los misterios de mi papá, entre ellos dinero que le escondía a mi mamá, se lo tragaron los libros, su escondite favorito y que al tener una considerable cantidad, se convertían en una playa que sepultaba secretos incluso para él.

Para mi pobre hermano que nació con la piel morena a diferencia de nosotros, mi padre tuvo mil y un bromas para señalar la diferencia, sé que buscaban quitar peso al hecho en un país veladamente racista pero no lo logró jamás, muy por el contrario. Además Tomás era hasta cierto punto como Robert noble, dulce y eso siempre marcó una diferencia con mi papá, llaga que se iría abriendo como herida hasta la muerte. Nos cuenta Bryson que la piel consta de una capa interna llamada dermis y una epidermis externa, su capa más externa se llamada estrato córneo, está formada completamente por células muertas. “Es un pensamiento cautivador que todo lo que te hace adorable ha fallecido”, dice Bryson pero justamente es cúmulo de células muertas lo que nos pinta de color. Es en un polvillo inerte en el que se sustenta el racismo.

Sé que esto parece chiste pero fue el principio de muy tristes agresiones que aún no estoy preparada para contar y que en este momento me desviarían de la epidermis, nombre que daré a esta sección de mi historia. Como dije finalmente cada trozo que escriba aludirá a una parte del cuerpo, esta es la oportunidad para la piel.

Por su parte mi mamá no podía vernos sin reprender nuestro aspecto o señalar nuestras torpezas. La crueldad familiar era la más sabrosa de las botana en las comidas entre tíos y tías donde cada tragedia era un gran chiste y una mejor historia. No miro con puritanería esto, y menos con resentimiento, en gran parte eso nos ayudó a desarrollar una visión humorista de la vida que en lo personal me permite sobrevivir y restar importancia a mi existencia. Pero me convirtió en una microagresora que hasta hoy se percata y se confiesa.

No es esto un acto de contrición, sólo de reconocimiento, lo hecho no puede ser deshecho. No pretendo aquí sino verme de cuerpo entero en la medida de lo posible.

En gran medida reconozco que he sido como Raymond, celebrada como la mayor, la güerita de la casa y que abusé de ese poder en muchas ocasiones para lastimar a mis hermanos, al pobre de Tomás lo vestía de la nana Tomasita y lo molestaba en complicidad con los vecinos; a mi hermana Patricia le hice terribles martirios de niña maldita, desde hacerle tomar pipí hasta censurarla ya casada. Recuerdo que un día me hizo notar que mi primer comentario hacia ella era siempre una crítica. Creo que después de ello me esmeré por evitarlo, me estaba convirtiendo en mi mamá.

Mis hijas y pareja no han sido la excepción, practicando un juego conocido, molesté mil veces a mis niñas, permití que mis hermanos y papás lo hicieran también. Desde hacer llorar a Mariana provocando que siempre perdiera en el juego de cartas de La Bruja, hasta hacer cómplice a Andrea de mis transgresiones de mujer adúltera.

Criminales

Nuestra piel es un cosmos, tan sólo en nuestra dermis habitan una variedad de receptores que nos mantienen literalmente en contacto con el mundo, se llaman corpúsculos de Meissner, son una especie de banda, un cuarteto, se llaman Krause, de Pacini, Ruffini y Merkel. No se trata de políticos ni periodistas. Son un quinteto hipersensible que responde a diversas percepciones, los imagino como cantantes de coro entonando diferentes. Meissener es un soprano que responde a la presión y textura; Pacini es más como barítono su melodía provienen de las vibraciones y presiones más profundas; Ruffini y Krause, son como Simón y Garnfunkel uno canta del frío, otro responde al calor.

Soy incapaz de escapar a mi piel, estoy convencida de que su enorme poder para condicionar mis estados de ánimo, sensible o irritable. Lo más difícil de vivir en la playa ha sido acostumbrarme a lidiar con mosquitos, con la humedad o el calor intenso; cambiar de ambiente y el encierro que vivimos por el virus de Covid-19 me ha reconectado con el cuerpo, escucho la silenciosa comunicación de mis poros y el eco de mis recuerdos. Tal vez por ello estoy segura de que todos nuestros problemas como especie se fundamentan en la falta de reconocimiento al cuerpo, eso somos y ahí estamos, diseminados en particulitas mínimas que tocan una gran melodía que la mente, otra forma de partitura, arregla en la historia que desplegamos con la suma de los días. El poder de ésta y la obsesiva necesidad por construir patrones, nos ha llevado a transponer células por letras, por bytes por bloques, metáforas reconstructoras para armarnos y desarmarnos.

El escritor Thomas Harris crea a un personaje confeccionando su modus operandi del zurcido de varias historias de criminales reales. Jame Gumb alias Búfalo Bill, asesinaba mujeres gorditas para quitarles la piel, esa era la materia prima del vestido de transexual que el sistema le niega por medio de la cirugía de sexo. Del estrangulador Jerry Brudos, toma la idea de hacerse un traje del cuerpo de sus víctimas, Burdos se ponía la ropa de todos sus femeninos cuerpos del delito. De Ed Gein, la idea de guardar como tesoros pedazos de los cuerpos mutilados; parece ser que con ellos elaboró una máscara y vestido de mujer. De Ted Bundy, fingirse accidentado para atrapar a sus víctimas. De Edmund Kemper, asesinar a los abuelos solo para saber qué se sentía, y del mexicano Alfredo Ballí Treviño la estrategia de pedir y dar aventones. La piel entera se horroriza al pensar estas historias, horrorización es el proceso que provoca que el pelo de los mamíferos se erice.

No sé en qué punto todos esos corpúsculos se pusieron a tocar una sonata lúgubre y dulce la noche en que mi hermano terriblemente enfermo en el hospital, no podía dormir, había adelgazado más de 90 kilos gracias a la ridícula intervención que se practicó. Su deseo era verse delgado y con ello ser más amado. Suena estúpido ¿no? Desde Baudrilliard hasta Lipovesky y muchos más, estudian cómo es que hombres y mujeres de hoy asociamos delgadez con belleza y estatus. Las dietas constantes fueron en mi casa una práctica acompañada de cualquier tipo de drogas y rituales. Ambos compartíamos el gusto por las mentes criminales, nada novedoso si vemos la oferta narrativa, ambos compartimos el pánico de convertirnos en obesos, réplica del buda que fue mi abuelo. Como prisionero de su propio crimen, mi pobre hermano padecía de hambre y de sueño. No sé cómo se me ocurrió contarle la historia del Monstruo de Toluca, el infeliz feminicida, de ahí comenzamos a tejer historias de criminales, las aberraciones ficcionales de Harris, la verdadera maldad de Bundy, etc. La piel se horrorizaba mientras yo le acariciaba la cabeza con ternura.

–Qué rico Rejas, no pares.

Esa noche supe que comenzaba nuestra despedida y el final de muchos cuentos de horror, de honor y de dulzura.

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